Opinión

¿Qué nos pasa? / Debate electoral

 

No pienso utilizar este espacio para hacer una apología del delito. No soy yo quien ha de decidir si El Huevo es culpable de robar, si los balconeros son en mayor o menor medida inocentes, si la autoridad que tantas veces detiene de manera preventiva fuera más dura con la reincidencia, si los medios de comunicación antes de informar se preocuparan por conocer de lo que informan, si la ciudadanía no solo fuera paladín de redes sociales, si los políticos advenedizos no debieran de hacer declaraciones a diestra y siniestra tratando de llevar agua a su molino, si el resto de nosotros, aquellos que no hemos sufrido los embates de la delincuencia, no fuéramos tan apáticos.

Voy a utilizar este espacio para la reflexión. Quiero escribir para mí mismo. A la vez quiero que alguien me escuche, y no porque tenga la razón absoluta (de una buena vez más vale que nos quede claro que nadie posee la verdad absoluta) sino porque esta es la manera que hoy poseo para mover a la reflexión del lector, cualquiera que esta sea, y porque necesito escribir pensando en el mundo que quiero dejar un día para Patricio y Fernanda, mis hijos.

No sé por dónde empezar. Tal vez fueron las desigualdades económicas que privan, tal vez una mala racha, la falta de oportunidades de un trabajo bien remunerado, las que impulsan que una persona arriesgue su vida para apropiarse de un bien mueble ajeno. Lo piensa, estima las probabilidades, actúa, pero esta vez la situación no es como las demás.

Con esta ya son dos, tres, cinco o diez. En la casa, en el taller, primero fue un susto, arañaron el mosquitero, rompieron un cristal, abrieron la cochera, violentaron el carro y se llevaron un estéreo, luego la batería, dos, tres veces, luego se metieron a la casa, se llevaron lo que pudieron mientras no estábamos. Este fue el relato común primero en los periódicos y la radio, luego le sucedió al primo de un amigo, luego a un vecino o familiar. Finalmente terminó por sucederme a mí. En mi carro, en mi propia casa.

Sospecho quién fue. Son los vagos esos. No lo sé de cierto, pero en los programas de corte policiaco siempre son ellos. Invadiendo intimidades, los conductores son jueces implacables y sumarios, ante ellos no cabe ningún recurso. Son culpables y ya. No ameritan ninguna circunstancia atenuante, ni siquiera es analizado el contexto para emitir la condena. No ameritan defenderse, son la escoria de la sociedad. Lugares comunes, frases prefabricadas, de nada han servido leyes y derechos humanos mínimos. ¿Derechos Humanos? Esos siempre protegen delincuentes. ¿Leyes? Malditas leyes que no sirven para hacer justicia. ¿Veredicto? Culpable. Siempre culpable. ¿Cómplice? El gobierno que los detiene y siempre los suelta. Y ahora hasta los defiende del linchamiento público.

Ciento cincuenta ingresos, doscientos ingresos, ¿Qué más da? Si tan solo nos detuviéramos a pensar. ¿Ingresos a dónde? ¿A la cárcel? ¿Doscientos delitos? ¡Doscientas sentencias! Si hay presos que en su vida no han recibido siquiera una en el largo rato que llevan sometidos a la justicia. Ingresos por faltas administrativas que lo mismo pudieron ser por una agresión que por pura mala suerte. Ingresos al área preventiva que, por lo menos durante esos lapsos previno un mal mayor. Y que, además, fue acumulando un rencor hacia la autoridad, y en este círculo vicioso me fichan, identifican, me sueltan, sospechan, me revisan, me opongo, me fichan, identifican, me sueltan y así. Ciento cincuenta veces, doscientas veces.

Es el mismo sentimiento de hartazgo que provoca en la víctima original. Ese sentimiento de vulnerabilidad que queda después de que han transpuesto el portal y mancillado mi intimidad. ¡Qué fácil fue meterse! Una ganzúa, dos movimientos, un resquicio, y después el recuento de los daños, la impotencia, el coraje, el insomnio los primeros días, y paulatinamente la vuelta a la normalidad, pretendiendo que lo sucedido fuese solamente una amarga experiencia que recordaremos anecdóticamente cuando alguien más toque el tema en la próxima reunión. El problema es cuando la acción se repite una y otra y otra vez. Vivir en la fragilidad es imposible.

La próxima que encuentre a alguien dentro de mi casa, lo mato. Así me juegue la vida. Pasa de ser una frase producto de ese sentimiento descrito a una realidad. Ojalá así se convirtieran en realidad las declaraciones de los políticos que, dependiendo del bando, ya piden libertad, ya piden máxima condena. Si tan solo lo dijeran por convicción ayudarían a resolver el problema.

Hashtag que los suelten, Hashtag libérenlos. Activistas de sillón, no interesados en el tema, porque existen igual cinco o seis temas en la agenda. Interesados en lo que se convierte el tema en redes: un concurso de frases ingeniosas que divierten, efímeras, en lo que dura el tren del mame, es decir, unas cuantas horas, porque, a la velocidad en que se dan a conocer sucesos noticiosos por estas nuevas vías de comunicación, mañana ya habrá otros temas en los que hay que opinar por fuerza. Lastimosamente en este concurso no hay ganador.

Sé también que probablemente yo mismo caeré en alguno de los ejemplos expuestos, unos más reales que otros. En este caso encuentro una serie de culpables, y quizá es mi necesidad humana de creer que socialmente hablando debemos ser más aquellos que procuramos no romper las reglas de convivencia de manera sistemática que a cada uno le encuentro excusas: si hubiera oportunidades y trabajos bien remunerados probablemente se reduciría el número de delincuentes; si el ciudadano atendiera sus obligaciones e interpusiera denuncias ante la autoridad cuando se sienta agraviado el ingreso a la preventiva se convertiría en proceso penal; si tan solo la autoridad concluyera los procedimientos a satisfacción; si no hubiera rezago en el sistema de procuración de justicia y el mismo gobierno capacitara de mejor manera a sus empleados involucrados en dicho sistema; si el medio de comunicación se utilizara responsablemente para generar conciencia y prevención; si ante el hecho la sociedad se organizara para hacerle frente a la situación, si fuera más participativa denunciando cuando observa algo irregular, si siguiera los procedimientos, si cada quien aceptara las consecuencias de sus actos; si tan solo el resto de nosotros dejara de pensar de manera egoísta.

Hoy que escribo esto por la noche, me voy a dormir sabiendo que he redactado una columna que no ha sido de mi agrado, pero que como nunca sentía que tenía que escribir. Temo que mis hijos me pregunten qué está pasando en las calles, pero más temo no tener una sola respuesta para ellos. Cuando en charlas de trabajo la gente cuestionaba la falta de valores, a mí me gustaba responder que los valores no se han perdido, quizá a lo mucho se han diluido en esta vorágine en que se ha vuelto nuestra vida cotidiana. Días como hoy no sé si mi respuesta sería la misma.

Lo único que sé de cierto es que esta descomposición social, multifactorial, no fue de un día para otro, sino que gradualmente nos fue llevando al punto en el que estamos hoy. Entonces la solución ni es una sola, ni la tiene un exclusivo sector de la población, y lamentablemente nos va a llevar años enteros una nueva construcción. Lo que debemos tener en mente es que mientras más nos tardemos en comenzar a revertir la problemática, más nos tardaremos en llegar al punto que queremos como sociedad.

LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

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