Opinión

No hay perdón, Felipe González Ramírez / Cocina Política

Porque tantas, tantas veces se equivoca, que habiéndolo hallado, no se puede despreciar. No hay perdón para el pecado, de quien cruzado de brazos, deja el amor escapar. ¡Ay! Un alma… que salió, a penar.

Estrofa de la canción ¡Ay! De Astrid Hadad.

 

No te perdono, Felipe González Ramírez. No te perdono, porque no merecías morir de esa manera. ¿Por qué te infligiste la muerte más dolorosa? ¿Por qué no un certero disparo en el cerebro a través de la boca? ¿Por qué no el dulce sueño de los psicotrópicos? ¿Fuiste tan católico, hasta el último momento, que con tu dolor, reivindicaste pecados ajenos? ¿Quisiste ofrecer tu dolor por la salvación de las ánimas del purgatorio? No hay perdón.

No te perdono, Felipe González Ramírez. ¿Quién subirá diariamente a Facebook el evangelio del día? ¿Quién amará como lo hiciste, a tu esposa y tus hijas? ¿Quién ennoblecerá la actividad política con su prestigio personal? ¿Quién será como tú, amigo de sus amigos? ¿Quién será ejemplo de que la riqueza económica, no va de mano con la prepotencia y la soberbia? No hay perdón.

No te perdono, Felipe González Ramírez. No fui a tu sepelio. Desde la muerte de mi madre me he vuelto cobarde para asistir a ellos. No hay perdón porque el amor envolvió tu vida, no hay perdón porque el amor validó tu muerte. No hay perdón porque acabaste con un hombre bueno, con un hombre de esta tierra que aún tenía mucho para dar. No hay perdón porque el aprendizaje popular, para tantos desesperanzados que habitan en Aguascalientes, serás el motivo perfecto para su auto-inmolación: me parece escucharlos: si él, que lo tenía todo… No hay perdón.

No te perdono, Felipe González Ramírez. Porque si te perdono, tendré que entenderte. Entender la congoja de tu corazón, que no soportaba ver sufrir a quienes amaba por lo que consideraste errores irremediables. Si te perdono sabré que la carga de ser hijo de un gran hombre, era mucha para tu nobleza, tu bondad, tu bonhomía. Si te perdono, tendré que comprender que para ti “soy capaz de dar la vida por lo que amo” no era, como para muchos de nosotros, un lugar común, una frase pronunciada sin convicción. Si te perdono lloraré contigo, las largas noches en que el orgullo y quizá el peso de tu apellido, te impidió pedir ayuda, o quizá comprenderé que simplemente no sabías como hacerlo, porque nadie te enseñó a decir ¡Me hundo! ¡Auxilio!. No puedo, Felipe, en verdad, no puedo perdonarte sin que tu sufrimiento doble mis rodillas y las lágrimas corran sin cesar y el dolor sea tan profundo que no pueda, como tú, ofrecerlo en virtud de la salvación de otros. No puedo, Felipe. Perdóname por no perdonarte: yo no soy tan buena como tú.

¡Adiós, Felipe González Ramírez! Hay almas como la tuya, que no necesitan el perdón de nadie, porque son plenas de amor. Que salgan a penar las almas, de quienes no abrieron su corazón para dejar entrar ese amor; pero no la tuya Felipe, que se queda con aquellos que tanto amaste, para siempre.

Nos vemos en la próxima.

El rincón de Don Gus. Cuenta Gustavo Arturo de Alba, que el 15 de abril de 1957, transcurría tranquilo en la ciudad de Aguascalientes. Era Martes Santo o sea estábamos en “días de guardar”. Me encontraba preparándome para comer cuando comenzamos a escuchar a lo lejos a un voceador que anunciaba una “extra” de El Sol del Centro; cuando estaba más cerca, Pancha, quien trabajaba en la casa como cocinera y yo, que era el único en el hogar, pues mis hermanos mayores aún no llegaban a comer, alcanzamos a entender que el muchacho decía “ha muerto Pedro Infante, compre su extra”.

Pancha, impactada por la noticia me dijo, “ándele Gustavo, compre el periódico”. Más tardó en decírmelo, que yo en salir a la calle a llamar al voceador y pronto estuvimos devorando las cuatro páginas de la “extra” de cabo a rabo, para enterarnos de la muerte de Infante.

Valga un paréntesis para hacer notar que en rigor el hecho de que El Sol del Centro tirara un “extra” en la tarde, ya de por sí era una noticia extraordinaria. Por lo menos a mis nueve años y fracción era la primera vez que era testigo de ello.

Al poco rato llegaron mis hermanas, sobre todo Lula, que tenía oportunidad de escuchar radio en su trabajo de ayudante de contabilidad en Farmacia Regina, fue salpicando la conversación, durante la comida, con más datos y anécdotas sobre el actor y cantante.

Debo hacer notar que en mi casa no teníamos radio, pues a mi padre no le gustaba, decía que con las canciones que escuchábamos en el cine, era más que suficiente de música y como al cine íbamos por lo menos tres o cuatro veces a la semana, simplemente no extrañaba, algo que prácticamente no conocía.

Cuando llegó mi papá del rancho, la noticia no le cimbró mayor cosa, debido a que como la mayoría de los espectadores de clase media y alta de la época; Pedro Infante era un actor “corrientito”, de la plebe, al igual que Tin-Tan. Algo en lo que lo secundaba la administración del Cine Encanto, el mejor de la época, en el cual, cuando estrenaban alguna película mexicana es porque era protagonizada por María Félix; Arturo de Córdoba; Libertad Lamarque o Pedro Armendáriz. Después en el Colonial seguían otros estrenos como las de Cantinflas; Pedro Infante y algún otro; pero el grueso del cine mexicano se estrenaba en los cines “piojito” o sea el Alameda y el Rex, a los que prácticamente, en esos días no iba.

Antes que muriera Pedro Infante eran pocas las películas que había visto protagonizadas por él, creo que solo Escuela de vagabundos; pero a partir de su muerte el Colonial se volvió una especie de Cineteca anárquica y comenzaron a volver a exhibir sus películas y a estrenar Pablo y Carolina; Tizoc y Escuela de Rateros, que aún no se habían proyectado en público antes de su muerte.

La radio comenzó a dedicarle una hora completa con sus canciones y en la capital de la República, el Canal 2, comenzó a proyectar sus películas de manera reiterada.

Pedro infante era ya un ídolo popular antes de su muerte; pero sin la saturación de la radio y la televisión, no hubiera llegado a penetrar tanto en todas las capas sociales de México. Sin temor a equivocarme, muchos de los admiradores del cine de Pedro Infante nunca han visto una película suya en un cine, sin embargo se conocen al revés y el derecho las tramas de las mismas y, sobre todo, saben que: Pepe, el toro es inocente.

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Socorro Ramírez

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