Opinión

Pitayando / Cinefilia con derecho

 

 

Vine a Comala porque acá vendían pitayas… bien pudiéramos parafrasear a Juan Rulfo en el centenario de su nacimiento, pues el pueblo rulfiano seguramente estaba habitado por una rica variedad de plantas del desierto: magueyes, nopales, garambullos y los hermosos pitayos, una cactácea en forma de un enorme árbol lleno de brazos alargados que se extiende por algunas zonas áridas del centro y norte de México. El calor seco de mayo, ese que hace a los que llegan al infierno regresar por su cobija, permite que los Stenocereus queretaroensis, den un fruto tan excéntrico que nadie creería pueda nacer aquí, donde el agua es tan escasa, donde el llano se torna en llamas. No sólo es delicioso en su sabor, es una joya en medio de la nada, pinta con sus colores extravagantes (rojo carmín, rosa mexicano, amarillo oro) una región donde predomina lo pardo.

Jalpa, municipio de Zacatecas, en estas épocas en que la canícula nos abraza y nos abrasa, es un lugar por excelencia para conseguir este deleite, el camino de Aguascalientes hacía allá es sublime, y recuerda el páramo de Pedro Páramo, de un lado las sierra del Laurel y de Nochistlán, del otro lado la de Morones, todas, prolongaciones de la Sierra Madre Occidental, con menos bosque pero más cactáceas, una región semidesértica que más adelante conecta con el cañón de Juchipila y que forma parte de la accidentada región que nos lleva hasta la también agraciada barranca de Huentitán.

La plaza Aréchiga, en Jalpa, guarda en todo su esplendor esa preciosidad de los pueblitos mexicanos (con artesanos de alfarería, bordado y deshilado principalmente) y en mayo y junio, llena de vendedores con decenas de canastas repletas de pitayas. Es domingo, no sólo hay turistas, los vecinos de comunidades menores de la comarca, vienen a surtir su mandado aquí, maldita y natural ley de la oferta y la demanda, el precio de esta rica especie de tuna, sube, si entre semana se puede adquirir a tres pesos cada una, el día de hoy cuesta a cuatro. Más aún, pedimos cien, cuando nos cobran, el cálculo es mayor, informa el vendedor que él no dijo cuatro, sino cuatro cincuenta, un palero que tiene a la mano, rápidamente afirma que es verdad, somos engañados como viles turistas, sin chistar pagamos, el rico sabor lo vale.

Me documento para este artículo y encuentro en youtube montones de videos caseros, pequeños documentales de directores, guionistas y camarógrafos; a veces son anónimos, caseros, ni siquiera toman conciencia de su actividad creadora, sin la menor edición o con cámaras de ínfima calidad, el único fin de su narrativa es llevarnos a sus pequeños mundos que, sin esta red social, nunca conoceríamos. Fuentes de primera mano, tan importantes, que llevan al periodismo Gonzo o a la microhistoria, a experimentar una nueva forma de explotar o abordar sus géneros y subgéneros. Del tema, hay uno que llama mi atención “Como Cortar Pitaya en el Cerro-Pitayas Frescas” del canal de Las delicias de Lupita: los protagonistas, apoyados de un carrizo, obtienen, limpian, pelan y comen, con suma facilidad. Nada más falso, al menos para este articulista 100% citadino, en el camino de regreso de Jalpa, me detuve en un cactus y tumbé dos o tres de sus suculentos productos, no sólo es lo complejo de mantener la vista en lo alto y atinar al indicado para poderlo arrancar, sino que, una vez en el suelo, se encuentran forrados de temerarias, filosas y delgadas espinas; la compleja labor de limpiarlas, me hace pensar que esos cuatro cincuenta pagados, fueron en realidad una ganga. Se aprecia aún más, porque para llegar a producir, es necesario que una especie de esta naturaleza crezca durante por lo menos diez años, según nos narra otro de esos videos que cuelgan aficionados.

Hay regiones jaliscienses cuya población obtiene recursos de la venta de esta atractiva especie, como Techaluta o Azqueltan, su producción es sólo en mayo y junio y en la ciudad de Guadalajara, el costo de cada manjar puede llegar a los diez pesos o más. Incluso se organizan ferias en honor a esta delicia, como lo hará del 6 al 8 de junio, Jalpa, según se puede apreciar en la página web del ayuntamiento. Con mi caja llena de pitayas, me siento en el pasto de la Plaza Principal, un grupo norteño ha posicionado sus instrumentos al lado del hermoso quiosco (tiene una singular escalera de caracol para subir a su primer planta) imagino también a Juan Preciado comiendo estos frutos escarlatas, quiero pensar que no todo fue para él sufrimiento; sabemos que no volveremos a comer pitayas hasta el año que entra, así que entre mi hijo, esposa y yo, decidimos dejar sólo cáscaras donde antes había cien de estas fenomenales frutas.
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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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