Opinión

¿Quieres saber qué pasó aquí? / No tiene la menor importancia

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El modelismo -armar aviones, carros o tanques, dioramas o barcos a escala- es un hobby que puede devenir en un ritual. En mis años de secundaria yo hacía tres cosas y sólo tres cosas: leer cualquier texto que no me pidieran leer en la escuela, andar en bicicleta y ensamblar aviones de guerra. Los sábados por la noche había que cubrir la mesa del comedor con periódico, revisar que las pinturas no estuvieran secas, limpiar navajas, lijas y pinzas, comprobar el funcionamiento del aerógrafo y, por supuesto, sintonzar el canal cinco que transmitía entonces películas serie B sobre animales (arañas, hormigas, leones, pirañas, etc.) que mataban gente.

Después de que llegaba la pizza, siempre pizza, y cuando las hormigas ya estaban en camino de escabecharse a medio pueblo de gringos lujuriosos e incrédulos, había que sacar de la caja instrucciones, alas, turbinas, llantas, cabina, misiles y hasta pilotos; también se debían separar estas piezas de sus marcos de plástico. Lo que seguía era la mejor parte, pintar las primeras piezas, armar conjuntos que después se incorporarían al ensamblado final, pegar, lijar, pintar fuselajes y colocar las calcas. Poco antes del amanecer y justo cuando las pirañas voladoras se cenaban a la chica del bikini, un nuevo modelo se había incorporado a mi selecta fuerza aérea. Sin embargo, entre el desmontado y las primeras pinceladas, había un paso aburrido, poco creativo y en absoluto estimulante que era inevitable: deshacerse de la rebaba.

Incluso los mejores kits vienen con rebaba; muchas piezas cuentan con extensiones sobrantes de plástico que hay que quitar, sea cortándolas con el exacto o lijándolas. Si se omite este paso las consecuencias pueden ser terribles -exagero-: pueden quedar huecos en la pintura o, peor aun, es probable que algunas partes del avión no ensamblen correctamente y queden piezas separadas o chuecas.

Hace siete años los mexicanos conmemoramos el centenario del inicio de la Revolución y el bicentenario del inicio de la guerra de Independencia. Hace siete años el Gobierno Federal interpretó que lo que se hace en las conmemoraciones es gastar mucho dinero y, pues, gastó mucho dinero. Además de la construcción de la famosa, cara y fea “Suavicrema”, y otros muchos proyectos, se decidió románticamente que todo México podía ser un museo, así que bastaba con poner “cédulas” afuera de los edificios para dejar constancia de ello. Más de mil ochocientos atriles con pendón fueron colocados en puntos de toda la nación; cada atril tenía un número de identificación, preguntaba “¿Quieres saber qué pasó aquí?” (también en braille) e indicaba un número de teléfono al que se podía llamar o mandar mensaje para obtener la respuesta. Cada atril -y su correspondiente información telefónica- costó más de 30 mil pesos.

Lo cierto es que la idea no es nada mala; lo que resulta inexplicable es cómo se llegó a la conclusión de que gastar ese dineral era la mejor manera de hacerlo. Lo importante eran los contenidos, investigar, redactar, grabar y transcribir, y poner el resultado a disposición del público por medio de las compañías de teléfono. No obstante, el gasto millonario -porque el costo de los guiones realizados no llegó ni al millón de pesos- se ejerció en los armatostes que sólo anunciaban un número de identificación y un teléfono y que a pesar de su tamaño no incluían ningún dato sobre el sitio donde estaban colocados. El chiste pues fue comprar cosas, gastar en cosas, en anuncios pesados y bastante feítos.

La cosa no para ahí. Después de siete años, algunos atriles, por supuesto, “desaparecieron” (vaya usted a saber a quién le dio el ingenio como para volarse uno de esos cacharros), muchos ahí siguen, descuidados, rotos, estorbosos y todavía muy feos. Ya no sirven, el número de consulta ya no atiende. Son pues rebaba de gobierno.

Gobernar debería ser un conjunto de acciones rituales, con pasos bien definidos y poca improvisación. Una planeación serena y bien pensada no sólo permitiría gastar menos -en serio, haber pagado más de treinta mil pesos por cada trique de ésos es ridículo y grosero-, también evitaría que nuestras calles y ciudades se poblaran de sobras con las que nadie sabe qué hacer. Preguntarse cómo se retirará lo que se ponga, cómo se recogerá lo que se tire o qué le pasará a lo que sobre, seguramente es el paso más aburrido, poco creativo y en absoluto estimulante de la planeación de obras o acciones de gobierno.  

Incluso los mejores proyectos producirán residuos. Arreglar el drenaje puede provocar montones de tierra al lado de las banquetas y huecos con intenciones de bache en las calles. La repavimentación de avenidas tiene como subproducto letreros de “obra en reparación” y conos naranja que son olvidados una vez reinaugurada la vía. Un proyecto no debería declararse terminado si antes no se ha retirado la rebaba que implicó; las licitaciones deberían contener los planes de corte o lijado para ello, y si ya los contienen, deberían hacerse cumplir. Omitir ese paso puede tener consecuencias terribles -ahora no exagero tanto, aunque también exagero-: pueden quedar zanjas abiertas, letreros anacrónicos o, peor aún, cientos de cachivaches inservibles como parásito de las piezas que conforman nuestro hermoso museo nacional.

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