Opinión

Benching, el “amarre” en la sociedad digital / Piel curtida

El desarrollo de las tecnologías, la diversificación de plataformas digitales y el abaratamiento de servicios de comunicación han transformado la sociedad de manera múltiple, tanto que han emergido nuevas prácticas, actores y narrativas que poco a poco van mostrando problemáticas que requieren ser consideradas de manera temprana. Como el benching, que podría traducirse como: mantener a alguien en la banca, una dinámica que expone de manera más contundente las contradicciones de la sociedad global y la necesidad de forjar seres humanos honestos, que sean más capaces de expresar sus emociones.

El benching consiste en mantener el interés o retener a una persona mediante el coqueteo constante sin concretar una relación, es decir: mantener a alguien a la espera… en la banca. Aunque esta práctica podría no ser nueva, se ha intensificado gracias al uso de tecnologías de información y comunicación, particularmente de mensajería instantánea y medios sociales, afectando no sólo a adolescentes y jóvenes.

En este tipo de interacciones participan la persona que realiza benching y la que se encuentra a la espera de las pautas que marque su interlocutor, constriñendo una relación de poder que habla de la paradoja de una sociedad que cada vez tiene más opciones de vincularse e interconectarse pero donde, a la vez, sus integrantes se aíslan o guarecen tras la pantalla de un ordenador o dispositivo móvil, ampliando las posibilidades para sortear la interacción cara a cara y evitar la expresión responsable y congruente de las emociones en un entorno que permita la interlocución del otro; por lo que se presenta un aparente diálogo con mayores interrupciones y espacios que pueden ser justificados por la pérdida de señal o situaciones que se describen mediante mensajes digitales.

Aunque esta práctica podría evitarse de manera rápida y algunas personas la considerarían demasiado infantil y simplona, los textos y productos audiovisuales sobre este tema se han compartido rápidamente, pues su incidencia es un reflejo de las formas de interacción de la vida cotidiana. Por una parte se muestra la llamada “liquidez” de las relaciones humanas actuales, en las que se busca el mayor disfrute con el mínimo de vicisitudes o responsabilidad, y por otra, la ansiedad consolidada por el amor romántico tradicional, el cual plantea una posición más pasiva por parte de las mujeres a la espera de las propuestas, iniciativa y/o resolución del hombre; aunque el benching, como otros tantos fenómenos sociales, no reconoce categorías.

Por ejemplo, anteriormente las personas en la fase de coqueteo podrían tratar de mantener en la espera a otra mediante cartas postales o visitas esporádicas, interacciones que podrían darse por terminadas sin aviso por el hastío. Sin embargo, las tecnologías actuales presentan para los individuos nuevos escenarios: el aparente interés se puede exponer de manera más frecuente sin la necesidad de colocarse frente al otro; ante la esperanza de saber sobre la otra persona, la distancia ya no es pretexto con múltiples opciones de contacto; y aunque los involucrados se encuentren o no físicamente cerca, la supuesta conectividad de la vida moderna ha otorgado una mayor permisividad para mantenerse impávido.

Por más sosa que parezca esta forma deliberada de retención, su recurrencia en nuestra sociedad habla de las necesidades de fortalecer los recursos psicológicos y emocionales de los individuos, pues finalmente quien ejerce el benching recurre a una práctica deshonesta consigo y su contraparte, mientras que la persona receptora se coloca en una posición donde no logra reconocerse como un sujeto capaz de imponer límites para proteger su integridad.

Es así que el benching plantea grandes retos para las personas involucradas: poder manifestar de manera congruente y respetuosa sus intereses, reconocer los mitos del romance, buscar la conciliación y el acuerdo, poner límites, aceptar la fractura de relaciones interpersonales de manera inteligente (resiliencia) y atreverse a terminarlas con empatía, consideración por la otra persona y sin culpa, evitando el: “no… por el momento”.

La sinceridad es un dulce malestar que podría plantear las bases para interacciones más sanas y consolidar las bases para verdaderos diálogos que permitan espacios de encuentro y acuerdo. Si las generaciones más jóvenes en las situaciones aparentemente más banales lograran reconocer la trascendencia de la congruencia y la sinceridad, ¿esto no sería un gran paso para evitar otras problemáticas relacionadas a la deshonestidad, como la corrupción de la que tanto nos quejamos y, a la vez, tanto se replica en nuestra sociedad?

 

@m_acevez | [email protected]

 

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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