Opinión

Bocadillo / Una nación, Underwood

 

En la quinta temporada de House of Cards, vemos un mundo bastante más diferente que el que nos presentaron en 2013, cuando Frank Underwood sólo era un congresista herido y ambicioso. En la vida real, Netflix venía recuperándose de un cambio de negocios donde dejaban de lado el reparto de DVDs por correo para centrar todo su futuro en la plataforma Instant de transmisión bajo demanda. La primera mitad del 2013 fue realmente revolucionaria ya que la plataforma de vídeos entró a competir con cualquier canal de cable premium de la mano de Kevin Spacey con el director David Fincher.

Insisto, un mundo diferente en lo ejecutivo, político y comercial. Trump ni siquiera era un tema y todavía estábamos en la luna de miel para el segundo período de Obama. Ese año hubo sólo tres estrenos grandes de Netflix: Arrested Development, House of Cards y Orange is the New Black. Por supuesto, hubo material exclusivo que no precisamente entraba en prestige television como Lilyhammer o Hemlock Grove. 2014 fue un tanto más alocado, pero Cards recibió su mejor temporada. De ahí en adelanto, presenciamos la mutación a lo dramáticamente risible de un juguete muy caro para Netflix, Spacey y el creador Beau Willimon.

Willimon viene del teatro y antes que productor de televisión, es un guionista que gusta de llenar a sus personajes con frases sobradas. En 2017 es conocida por todos, la anécdota acerca de la necesidad de Spacey por interpretar a Ricardo III para llegar a su Frank Underwood. Y el creador de la versión americana de Cards abrazó a la perfección dicha inquietud. Pensemos en eso un minuto. Tiene ahora todo el sentido como la estética fincheriana de sombras y colores ámbar, hace juego con grandes actores en personajes que son caricaturas de grandilocuencia, perfectamente montados en escenarios amplios, siempre con algo que decir.

Dos nuevos productores ejecutivos han llegado a la serie, también vienen del teatro y la quinta temporada recién estrenada hace buen uso de los nuevos capitanes, Melissa James Gibson y Frank Pugliese. David Fincher no ha vuelto a dirigir un episodio pero todos los directores posteriores retoman sus reglas, desde los montajes sin una cronología fija, hasta el juego de cámaras para revelar que Frank o Claire siempre estuvieron en la sala. Es más, seguro no te has fijado pero te darás cuenta que es cierto: no hay ni una toma handheld. Ni una. Es decir, este efecto tipo Christopher Nolan de cámara temblorosa de noticiero para planos largos.

Frank y Claire son seres absurdos e increíbles. Su América no es la de Trump. La serie adolece de ser una adaptación de novelas británicas de hace casi 20 años, con un desarrollo super-esperanzador-Obamesco y un timing donde un segundo los protagonistas son Clinton y en la escena siguiente tienen medidas más dignas de los Bush. ¿Esto es un verdadero escape para sentir que al menos la gente eligió a un bufón como su presidente en la vida real? ¿Qué estamos mejor sin dos asesinos que manipulan elecciones?

Robin Wright, como es costumbre, es indispensable y un raro caso donde una actriz tiene su mejor etapa luego de los cuarenta, contrario a las odias costumbres de casting en Hollywood. Spacey debería recibir más reconocimiento por hacer un personaje tan arriesgado y con ecos de su vida real. El reparto nunca se acerca a lo grandioso de sus primeros años, pero no molesta. Una nación, Underwood.

 

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Francisco Trejo Corona

Francisco Trejo Corona

Todas-las-cosas-digital en La Jornada Aguascalientes. Editor de /AUTONOMÍA. || @masterq en Twitter

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