Cultura

Cañada Honda y lo que hay por aprender / Disenso

El problema de Cañada Honda polarizó, como hace mucho tiempo no veíamos, las opiniones de la sociedad hidrocálida en redes sociales y otros medios de comunicación. El error de pintar un problema entre el bando villano y el bueno, como si todo se tratara de blancos y negros es más o menos común, pero no con la escalada a la que asistimos la semana pasada. Desconfío de estos esquemas. Es evidente que los problemas profundos no se dirimen de manera maniquea. No es necesario tampoco apresurarnos a juzgar a quien señala algo -en ninguno de los “bandos”- sin preguntarnos socialmente cuáles son las condiciones completas del problema.

Comenzando por la importancia de la educación en México, debemos ver los datos duros: en un hogar donde el padre no recibió instrucción alguna, apenas el 33% de los hijos terminarán la primaria y sólo un 5% concluirá estudios profesionales; el 11% terminará con el mismo destino que su padre. Del otro lado del espectro, si el padre terminó la preparatoria apenas 1% de los hijos no irán a la primaria y el 35% terminará la universidad. Para las familias donde el padre fue a la universidad, sus hijos terminarán primaria y secundaria, y el 59% tendrá educación superior. La dificultad de movilidad social en este país hace que el recurso de la educación como medio de ascensión sea capital. Sin educación los hijos terminarán siendo tan pobres como sus padres y la pobreza se perpetúa, en el caso contrario, la educación permite una ascensión social por lo menos paliativa. La situación de la educación rural es evidentemente sensible desde que entendemos esto.

Hay que decir, además, que en México el problema de la inmovilidad social se acentúa por género: las mujeres tienen menos oportunidad de ascensión que los hombres en general. Los hijos terminarán por regla siendo tan ricos como sus padres independientemente de la posición económica de éstos. En el caso de las mujeres más pobres, estadísticamente serán tan pobres como sus padres y en el espectro de aquellas cuyos padres ascendieron socioeconómicamente, ellas no ascenderán tanto como ellos. La relación entre sexo y estudios sólo hace que el problema se recrudezca. No hay mejor receta en México para la pobreza intergeneracional que ser hija de pobres. El ejemplo escalofriante: para los hombres entre 35 y 64 años cuyo padre no tuvo estudios, el 16% no tendrá ocupación laboral, pero el 85% la tendrá. Aquellos cuyos padres terminaron la primaria tendrán ocupación laboral en un 91% y no la tendrán en un 9%. Para los de padre con estudios profesionales, el índice es de 85% con ocupación y 15% sin ella. En el caso de las mujeres, el asunto es así: si el padre no tuvo estudios, 56% estará sin ocupación laboral y 44% con ella. Si su padre terminó primaria, 50% tendrá ocupación y 50% no la tendrá. Si el padre es profesional el 71% de las mujeres tendrá ocupación laboral, y sólo el 29% restante no. Los factores culturales que preservan esta asimetría no pueden ser soslayados cuando hacemos juicios. En Aguascalientes, por cada hombre que gana un salario mínimo hay dos mujeres que lo hacen; en contraposición: por cada mujer ganando más de 5 salarios mínimos hay 3 hombres con ese ingreso. La educación para mujeres de condiciones socioeconómicas bajas es urgente. Es una de las principales armas para abatir la pobreza histórica. Es entendible que las organizaciones feministas asuman la causa, no sólo por el género de quienes pelean la batalla, sino por las implicaciones humanistas que la definen.

La discusión sobre la calidad educativa es otra y no son las normalistas las que deben cargar con ese juicio. Mal haríamos como sociedad en ignorar las limitantes educativas y en no buscar cómo solucionarlas. Las condiciones con las que terminarán trabajando las que vayan a escuelas rurales serán casi heroicas y condición primordial para que las poblaciones rurales tengan algún acercamiento educativo.

Por otro lado, es claro que no todas las acciones dentro de su lucha fueron apegadas a derecho -pero también creo que muchas menos de las que les imputamos socialmente-. Por un lado, no considero que la pinta de paredes sea suficiente para analogarlas como criminales (ni a ellas ni a nadie, inclusive a quienes lo hacen sin una agenda): ojalá nuestros mayores problemas sociales se resolvieran con un poco de pintura; por otro, que deberíamos estar más atentos a analizar qué fue lo que originó esas pintas antes que a las pintas mismas (y esto vale para cualquier grupo que se asuma marginado o desoído); centrarnos en una pared rayada (lo he escrito así para otras causas como las mujeres de la UNAM) no sólo habla sobre nuestra extraña escala de valores, sino a una muy pobre empatía. Las manifestaciones, por otro lado, jamás han pretendido ser amables ni cómodas para la ciudadanía.

Creo, de cualquier forma, que aquellas acciones que constituyen delitos deben ser tratadas con protocolos adecuados y que se les dé el cauce legal que merecen. Pienso lo mismo sobre los policías y su actuación en las detenciones. Esto no es un problema nuevo y no creo que caracterice a los gobiernos en turno: para nadie es secreto el adeudo público que tenemos para la preparación de las fuerzas policiacas en todo el país. Tener protocolos de control es urgente, el apego a los derechos humanos, la capacitación profesional de la que carecen es una larga historia. La reconstrucción de la fuerza policiaca no se hará ni siquiera en una sola administración.

La lentitud de reacción en la mesa de diálogo evidentemente provocó una escalada innecesaria y alarmante. Por otro lado, centrarnos en pensar que el problema ha quedado solucionado sería perdernos la oportunidad de aprender: dados los momentos de la escalada, no creo que haya sido una victoria para nadie. La forma en que muchos medios cubrieron los eventos, generando una sensación de caos a partir del terror y la criminalización automática, la forma en que fuimos discutiendo el asunto como si se tratara sólo de ponernos una camiseta de un bando o del otro, la manera en que mostramos nuestra xenofobia y la incapacidad para escuchar y discutir en términos de construcción a partir de necesidades comunes, todo ello ha sido una oportunidad para sentir profunda vergüenza y, ojalá, aprender algo.

 

/Aguascalientesplural


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Alejandro Vázquez Zuñiga

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