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Comunidad

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Atardecer

Esta es tu ciudad, le dije a mi hijo, en algún momento en que quise contagiarle mi entusiasmo por el esplendor de los atardeceres, y tu ciudad es hermosa, como tú. No me respondió lo que esperaba (preguntas sobre el nombre de las nubes, los tonos de rosa y azul, o la mezcla de luz de sol con la noche en descenso), ¿Tú de dónde eres, papá?, me cuestionó en cambio; Yo soy tuyo, de ti, evadí abrazándolo. Ya en el auto, muchos minutos después, volvió a preguntar, no se conformó con la declaración paterna de amor, insistió con el lugar de origen, no me quedó más remedio: Soy del DF, nací en la Ciudad de México, soy chilango. Después tuve que explicar cosas que me parecen innecesarias, desde por qué sigo llamando Distrito Federal a la capital de la República hasta qué quiere decir chilango y por qué lo uso mal.

Mi hijo tiene cuatro años, uno espera que se olvide de esas cosas, la experiencia me enseña que dentro de poco surgirá el tema de nuevo, cuando le cuente a un desconocido que su papá es chilango, con la misma facilidad con que le cuenta a la gente que su papá no sabe cortarse las uñas, que se raspó el codo en una resbaladilla o que lo operaron de la espalda (enséñale tu herida, propone invariablemente); cuando vuelva a preguntar, repetiré que soy de él, si insiste, me las arreglaré para explicar lo que dice Joseph Roth: “La verdadera patria del escritor emigrado es la lengua en la que escribe”, prefiero hablarle del fulgor inasible y el lenguaje a enfrentarlo con que su papá no es de aquí.

Hasta ahora, nunca he tenido que mentirle a mi hijo, pero si puedo, evitaré el tema sobre el lugar de origen para compartirle una idea que me parece mayor que el orgullo por la patria chica: uno es de dónde están las personas que amas, uno pertenece donde está la gente con la que formas comunidad; prefiero eso a enredarme en una discusión sobre si los chilangos somos estúpidos porque pedimos quesadillas con queso; o que no encuentro relación alguna entre el fenotipo y si tu código postal empieza con 06; no quiero perder el tiempo de conversación con mi hijo en naderías, prefiero explicarle otras cosas, prefiero que me enseñe el mundo a su manera, que imponerle el mío.

Además, ya perdí mucho tiempo con quienes me cuestionan por mi lugar de origen. Ya soporté una cantidad innumerable de ocasiones en que el primer señalamiento fue sobre la inseguridad que se vive en la capital de la República (y a todas ellas contesté: aquí se han metido a robar a mi casa cuatro veces, me han asaltado dos ocasiones y me robaron el carro); me hartan las anécdotas sobre perros amarrados con longaniza hasta antes de que llegáramos nosotros… A mi hijo le resumiré todas esas horas perdidas en que es más importante hacer comunidad que discutir si alguien es como es porque no es de aquí, si la maldad viene con los de afuera, que para construir un lugar digno en donde vivir es necesario borrar las distinciones entre ellos y nosotros, que es más importante conocer el nombre del vecino, auxiliar al prójimo, que distinguir de dónde viene, si es de la casa de junto, del otro barrio, de una colonia distinta, de una ciudad diferente, de otro estado.

Aunque no quiera, estoy obligado a tratar con mi hijo el asunto, antes de que la duda sobre mi lugar de origen sea una simple pregunta que surge por mirar el cielo y se torne una explicación sobre un comportamiento, una distinción: ah, es que tú eres chilango.

 

Madrugada

Tras el cierre de edición llevé a una compañera de trabajo a su casa, ¿por qué?, porque colabora conmigo, porque era de madrugada, porque tengo auto, porque puedo y porque quiero. Una de esas madrugadas, de regreso, en una calle con poca circulación, dos mujeres esperaban un taxi en la esquina, le hacían la parada a cualquier cosa que las dejara atrás. Manejé en reversa, bajé la ventanilla, las invité a subir, ¿a dónde van?, las llevo. Eran una mujer mayor y una joven, madre e hija, llevaban un niño de brazos.

La joven nunca habló, estaba más ocupada con su bebé; la mujer mayor fue la que me explicó que iban a la terminal de autobuses, que el Seguro les había dado los pasajes de camión para que atendieran al niño en no recuerdo dónde y de qué; bastaba con que las acercara, pues ya faltaba poco para la salida de autobús. Las dejo en la terminal, a esta hora no van a encontrar taxi.

Hablamos poco, la mujer mayor insistía en que Dios existe, se lo decía a su hija más que a mí, ¿ya ves?, pedí un milagro y aparece el joven, que ni va para allá y nos va a llevar, ¿verdad que sí, joven? Le tuve que contestar que no creo en Dios, que me pareció que estaban desesperadas y en esa esquina a esa hora no iban a encontrar transporte. Pues igual Dios lo va a bendecir por hacer esta cosa buena, por detenerse. Llegamos a la terminal de autobuses, me quiso dar un billete, lo rechacé; me reiteró la bendición y le recordé que faltaban unos minutos para que saliera su camión. No me dijeron sus nombres, no les di el mío.

Cuando le tenga que explicar a mi hijo por qué no creo en Dios, tendré que explicarle con una historia, seguramente elegiré la del aventón nocturno que di a esas mujeres y su bebé enfermo, le diré que los milagros son otra cosa, que las bendiciones siempre se agradecen y que uno debe hacer por el prójimo lo que esperas que hagan por ti, que los cimientos de la comunidad están en la reciprocidad. Llegado el momento, me costará más trabajo explicarle por qué no tuve miedo, por qué me desvié “tanto” de mi destino, lo fácil es definir que mis actos responden a la idea de comunidad.

 

Noche

Los monstruos no existen, ¿verdad papá?, me anunció para enseguida explicarme por qué tenía que dejar la luz prendida en las noches y por qué le tiene miedo a los monstruos: es que son de mi imaginación, y sé que ahí están. Tardamos un buen rato en dormirnos, platicando acerca del miedo y la imaginación, hasta que cerró los ojos a la lámpara que a mí me aleja del temor: la conversación.

Menos mal que no me preguntó si yo tenía miedo. La primera respuesta hubiera sido que no, pero estaría mintiendo, sentí esa punzada cuando me preguntó que de dónde era, la he vuelto a sentir en estas semanas, cuando leo comentarios en las notas que La Jornada Aguascalientes ha publicado sobre la agresión de la policía contra los normalistas. He vuelto a sentir miedo cuando el gobernador declara que su administración ganó terreno en la Escuela Normal Justo Sierra porque ahora podrán entrar más aguascalentenses, sin importar las aptitudes académicas, Martín Orozco se siente orgulloso de que ya no serán tantas las estudiantes de otros lados, nueve de cada diez, como se ha encargado de señalar su gobierno a través de una infografía infame; la misma sensación de angustia cuando María Teresa Jiménez se congratula por los comentarios del gobernador de Michoacán sobre las agresiones sufridas por los normalistas michoacanos en Aguascalientes (“Espero que después de la garrotiza que les pusieron por allá en Aguascalientes ya le piensen un poco estos jóvenes”), cuando la alcaldesa respalda el actuar de la policía porque vino gente de otros lados, de fuera a irrumpir la paz social. La misma alerta cuando alguien justifica el discurso de odio de los gobernantes diciendo que a los aguascalentenses los caracteriza que son xenófobos.

¿Eso le voy a explicar a mi hijo si un día se deja invadir por el odio? No importa, está bien, odia, tú eres de Aguascalientes, es natural que rechaces a los otros, a los que no son de aquí, a los que no son gente buena como tú. Ni siquiera he pensado en que algún día platicaremos de la violencia institucional, de la ineptitud clasista del gobernador y la alcaldesa de Aguascalientes cuando abonan con su silencio a una atmósfera violenta, cuando se tornan cómplices del clima de odio al remarcar la diferencia entre los de aquí y los de allá.

Si me hubiera preguntado si tenía miedo, le hubiera dicho que sí, como hace décadas no sentía, porque en estos días me han hecho sentir fuereño, porque remarcan que su padre es chilango, porque a pesar de que creo en formar comunidad y actúo en consecuencia, los monstruos existen, es la incapacidad de sentir el nosotros, y esa falta de imaginación comienza por palabras y un día se transforma en violencia.

La siguiente vez, seré yo quien le diga a mi hijo que me enseñe, que por favor, nunca apague la luz.

 

@aldan

Edilberto Aldán

Director editorial de La Jornada Aguascalientes @aldan

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