Opinión

Contrademocracia / Política For Dummies

 

Según el Latinobarómetro, en México solo el 30% de personas cree que se puede confiar en la mayoría de las personas. En Latinoamérica, las instituciones políticas tienen niveles de desconfianza muy bajos, los partidos políticos 22%, el Congreso 31%, el Poder Judicial 32%, el gobierno 37%, esto, según datos del mismo Latinobarómetro. Según Mitofsky, en México los niveles de confianza son un poco más alto peor aún no así, reprobatorios; del 1 al 10, se confianza en la Suprema Corte en 5.8, en los Senadores 5.2, en la presidencia 5.1, en los diputados 5, sindicatos 4.9 y en partidos políticos 4.8.

Sobre la desconfianza, el Instituto Nacional Electoral estableció una hipótesis en el Informe País: “La hipótesis central de este estudio es que la ciudadanía en México atraviesa por un complejo proceso de construcción que se puede caracterizar por su relación de desconfianza en el prójimo y en la autoridad, especialmente en las instituciones encargadas de la procuración de justicia; su desvinculación social en redes que vayan más allá de la familia, los vecinos y algunas asociaciones religiosas, y su desencanto por los resultados que ha tenido la democracia”.

La desconfianza generalmente se toma como un atributo negativo, como un impedimento para construir tejido social o como un obstáculo para consolidar a las instituciones democráticas. Algunas de esas instituciones basan sus objetivos organizacionales a revertir estas cifras de la desconfianza; por ejemplo los institutos electorales buscan que ciudadanos confíen más en ellos para que participen, los partidos políticos para que voten por ellos, los diputados y gobernantes para que la ciudadanía los legitime.

Esta visión de recuperar la confianza de los ciudadanos se concentra dentro de un enfoque democrático, representativo, como lo afirma Jorge Rocha, lo complejo entonces es cambiar esa visión. La democracia no se consolida con un proceso electoral limpio y con la elección de representantes para que ellos hagan la función de gobierno, y esa visión la tenemos impregnada en nuestro inconsciente, no solo los ciudadanos sino la misma autoridad electoral. Rocha afirma que la democracia electoral es solamente el procedimiento por el cual nace la representación, solamente, sin embargo el 90% de las discusiones que tienen que ver con la democracia en México son sobre las autoridades electorales, su errores, su atribuciones o sus deficiencias: la democracia es vista como ese momento en el que se eligen los representantes y no es solo eso, ni siquiera eso es lo más relevante, por lo que se debe pugnar porque los actores políticos tengan una visión diferente de la democracia.

La democracia debe transformar la vida cotidiana de los ciudadanos, a través de su participación deben resolverse problemas públicos como el alumbrado, los baches, los parques y jardines, el agua potable, la seguridad de la calle y otros factores que impactan en la vida cotidiana. Sin embargo, no funciona así, por más intentos que se han maquinado en la clase política para presentar reformas vanguardistas en participación ciudadana como presupuestos participativos, consultas populares o revocación de mandato, pero los actores principales no tienen esa visión de participación ciudadana: ni los ciudadanos, ni los partidos, ni las instituciones electorales.

Incluso el discurso democrático en Latinoamérica ha construido del concepto de desconfianza una visión negativa, cuando de ese mismo concepto podríamos obtener la transformación de la visión sobre la participación ciudadana, Pierre Rosanvallon escribió un texto: Contra-democracia. La política en la era de la desconfianza, una tesis que debate contra todos esos argumentos y pretende abonar a la transformación de la visión de la democracia. El filósofo francés afirma que “hubo una época en que la vigilancia de los ciudadanos era constructiva, colectiva y política, es decir, preocupada por el bien común. Hoy, esa vigilancia se ha vuelto destructiva, categorial y cada vez más desconectada de lo político”. Ese es el cambio de visión que necesita nuestra democracia, en primer lugar los ciudadanos entendieron que los gobernantes podían solos y que para eso existían las elecciones, hoy es diferente, el ciudadano debe ser un fiscal.

El filósofo afirma que la “contrademocracia” es así no porque se trata de una expresión que se oponga a la democracia, sino que se trata de ejercicios no institucionalizados, expresiones de los ciudadanos más allá de las urnas y este concepto se consolida desde la desconfianza. La contrademocracia no es negativo, es una actitud que construye desde la desconfianza de las instituciones, actitudes positivas. Se trata de no creerle nada al gobernante, desconfiar de él, porque esa actitud llevará a que el ciudadano sea un vigilante constante, incluso en las campañas.

En otras palabras, el discurso del ciudadano debe versar en las siguientes líneas:

 

*No creo nada de lo que prometes, pero me convences, votaré por ti.

*Pero no te creo ni confío que lo vayas a cumplir, por eso te voy a vigilar.

*Te hago una solicitud, pero no creo que la cumplas, por eso te la pediré en reiteradas ocasiones e insistiré hasta que se logre.

 

Esta visión de la democracia afirma que el ciudadano ya no se conforma con otorgarle la confianza al gobernante al momento de votar, sino que todo el tiempo desconfía de él. Aunque se lea negativo, esta actitud podría permitir la transformación de dinámicas entre ciudadanos y gobernantes. Hoy no se trata entonces de legislaciones, se trata de transformar la actitud y la visión de la democracia, se trata, como afirma Rosanvallon de construir el día a día atento al riesgo de corrupción del proceso democrático.

Dentro de esa teoría, podríamos concluir que en México existe un caldo de cultivo para generar esa transformación de cultura política por una que vigile y juzgue a los poderes.

 

@caguirrearias

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Carlos Aguirre

Carlos Aguirre

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