Opinión

Debate electoral / Ciclo Electoral

La materia electoral, así como otras instancias de la vida, está regida por ciclos. El ciclo mayor de cada seis años que se ve reflejado en las elecciones de presidente de la república, gobernador, senadores; el ciclo menor de cada tres años en donde se eligen ayuntamientos y diputados, tanto federales como locales.

Pero también el ciclo que cada proceso electoral nos muestra su vigencia. Inicia al finalizar el año calendario, se prepara la elección, se realizan varias actividades tendientes a preparar el día de la jornada que, finalmente, sucede. Los conteos, resultados preliminares, cómputos, resultados definitivos y entrega de constancias. Incluso, el ciclo se cierra hasta resuelto el último medio de impugnación interpuesto, pues ya resulta común a estas alturas, que los candidatos que no fueron favorecidos con el triunfo, acudan a los tribunales a tratar de revertir el resultado.

Y así los procesos, ya sean estatales o federales, reflejan en su estructura cíclica una serie de actividades que se modifican en cuanto a que la ley que regula dichas acciones se reforma constantemente, para mejorar la mayor de las veces, aunque en esencia la premisa básica sigue siendo la misma: garantizar el voto libre y secreto con los principios de certeza, independencia, imparcialidad y objetividad.

Estos ciclos virtuosos se ven aderezados con otros que ya se han vuelto parte del sistema: el ciclo que siguen los candidatos ganadores, los perdedores y sus respectivos partidos políticos. Cual puesta en escena, cada uno de los actores en la misma ya tienen su argumento preparado y se encuentran listos para salir al proscenio a afirmar tajantemente que la democracia mexicana se ha consolidado en la elección o que se ha realizado el fraude electoral más grande de la historia.

Corría un chiste en las redes sociales la noche del domingo pasado. Decía más o menos así: “La democracia mexicana es la mejor del mundo… todos resultaron ganadores”. Y es que en esta obra muchas veces llevada a escena, lo primero que tienen que salir a decir los contendientes es que han obtenido el triunfo, siguiendo algo así como el manual del perfecto candidato. Es más, si existiera dicha publicación (lo ignoro aunque definitivamente no lo descartaría por completo) contendría las frases más socorridas que se utilizan para el momento: “Los resultados en nuestras actas nos favorecen claramente”, “Podemos asegurar que la tendencia ganadora es irreversible”… lo malo para la causa es que el contrincante leyó el dichoso manual y acaba de decir lo mismo.

Las actividades se adivinan pues, por cíclicas. A la vez que el candidato ganador, pero sabedor de no ser favorecido con las tendencias exigirá un recuento total de votos en los cómputos oficiales de los consejos y pretenderá restarle una validez nunca concedida a los ejercicios estadísticos, su homólogo ganador-ganador alabará la pulcritud del sistema en su conjunto, felicitando a cuantos se encuentre a su paso, mientras espera confiado que durante el ejercicio ininterrumpido del miércoles posterior al de la jornada, la actuación de la autoridad solamente sirva para ratificar el añorado triunfo.

La obra no concluye ahí, pues en el ciclo de las cosas aún falta la actuación del órgano jurisdiccional tras la impugnación de aquel que no obtuvo la mayoría de los votos. El partido, respaldando al candidato perdedor, se lanzará desde las tribunas que se le permitan, a través de los políticos ya electos, diputados, senadores, gobernadores correligionarios, simpatizantes, adherentes, militantes y otros tantos, tratando de hacer que el público en general entre en la vorágine del supuesto, pero nunca sustentado, fraude.

Lamentable que esos ciclos no virtuosos se sigan sucediendo en nuestro sistema democrático. En días como el domingo pasado donde se pusieron en marcha millones de voluntades de funcionarios electorales, ciudadanos, militantes, candidatos, medios de comunicación, votantes, ayudantes, observadores, vigilantes y demás, todavía es posible encontrar argumentos que, sin sustento alguno, borran de un plumazo las extenuantes jornadas que se traducen en un trabajo de servicio a la comunidad.

Esta obra ya la hemos visto con otros personajes en escena. Increíblemente en ocasiones el que aparece de villano en una entidad es el héroe de otra y viceversa. La comparsa de uno aquí es el enemigo del mismo allá. Es por eso que al final el público se harta de un guión que ya conoce y que no le queda más que escuchar a quien lo dice, teniendo que poner atención en si el personaje de la obra resulta el guapo de la película o el maloso. Hoy. Porque mañana, en un nuevo ciclo electoral, es probable que se inviertan los papeles.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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