Opinión

El inventor de la patria / Debate electoral

Nació un día como ayer de hace 129 años muy cerca de esta ciudad. El primogénito de don Lupe, abogado, y de doña Trinidad. A los 14 años se vino a Aguascalientes, junto con sus ocho hermanos a continuar sus estudios en el seminario diocesano, pero pronto se dio cuenta de que su vida no iba a estar consagrada al Señor, sino a la Patria por medio de las letras.

A los 17 años da a conocer su primer poema y un año después ya publica en la revista local Bohemio, aunque no con su nombre de pila Ramón Modesto, sino con el seudónimo de Ricardo Wencer Olivares; luego en El Observador, El Debate y Nosotros todas de Aguascalientes. También en El Regional y Pluma y Lápiz de Guadalajara.

Conoce a Madero en plena lucha revolucionaria de 1910 y se traslada a la Ciudad de México tras recibirse como abogado en San Luis Potosí, sin embargo no logra colocarse en el gobierno maderista y con el golpe de estado Huertista por pretexto se refugia nuevamente en San Luis. En años convulsos, será a partir de que Carranza toma el poder cuando fije su residencia en definitiva en la capital del país. A iniciar el periodo de Álvaro Obregón en la presidencia, y ante una nueva lucha inminente (que no es sino la misma continuada), un oasis cultural se abre en el país al ser nombrado Vasconcelos ministro de educación, lo que resulta conveniente para López Velarde.

En una de las revistas vasconcelistas El Maestro aparece un ensayo de su autoría llamado Novedad de la Patria. En él sienta las bases de lo que será su obra más conocida: Suave Patria.

Digna de análisis es la obra de López Velarde. De sus orígenes recalcitrantes católicos de los que no se podrá desprender el resto de su vida, su obra nacida en el periodo revolucionario se encuentra entre el modernismo y la vanguardia, una exaltación de la patria nunca antes vista, que además buena falta le hace a un país que se encuentra en busca de su identidad. Él ejemplifica la perfecta dualidad de aquel que dejó la provincia para irse a vivir a la capital, tierra única de oportunidades en la industria, pero con el campo en el corazón. Aquel que no reniega de su religión, pero que la vive como buen poeta en su carácter de humano, con todos sus errores y defectos. Aquel que nunca llega a acomodarse en la modernidad por creerse de una época anterior.

Es ahí, en esa delgada línea entre pertenecer y no, donde tiene cabida la efímera obra lopezvelardiana. En su búsqueda personal se encuentra y a la vez encuentra a un México devastado por la lucha fratricida, pero también vislumbra el  nacimiento de una nueva era. El país dejará de ser la extensión territorial para convertirse en La Patria: sube un peldaño más para convertirse en el terruño donde cada uno la apropia para sí, es decir, para darle un significado propio a esa tierra a la que me une un derecho de suelo o un derecho de sangre. Sin querer, a través de su poesía ejerce el valor del patriotismo, ese pensamiento que vincula a la persona con la tierra que lo vio nacer o crecer.

No es que antes de Ramón López Velarde no existiera patria, pero permítaseme esa licencia para dejar de manifiesto que ninguno como él supo engrandecerla a través de las letras. Irla construyendo desde sus escombros revolucionarios, edificándola en lo que resultó ser (y que él no estuvo para verla) pero que seguramente imaginó: esa patria que esboza desde su “Novedad de la Patria” como la que emerge de los treinta años del porfiriato “menos externa, más modesta y probablemente más preciosa”, que se perfilará en la patria impecable y diamantina de su obra más conocida.

Uno de los valores de la democracia que más nos cuesta asumir es el del patriotismo por no tener un referente actual. Por ello es relevante conocer a Ramón López Velarde, el escritor patriótico, que nos muestra, de cuerpo entero, a una patria digna de ser enamorada y que, al contrario de perder vigencia, La Suave Patria se convierte en un clásico por esa atemporalidad de sus conceptos: La patria nos sigue modelando por entero, mientras seguimos escuchando golpes cadenciosos de las hachas, risas y gritos de muchachas y los pájaros continúan con su oficio de carpintero.

La superficie de nuestro México sigue siendo de Maíz y el Rey de Oros sigue viviendo de los recursos inagotables del subsuelo. Las garzas se deslizan y los loros continúan relampagueando. Las horas todavía vuelan en la ahora Ciudad de México, mientras que en provincia las campanadas aún caen como centavos.

Todavía el mutilado territorio se sigue vistiendo de percal y de abalorio; ese territorio tan grande que aún el tren sigue en vía como aguinaldo de juguetería. El barro sigue sonando a plata, y temprano en algunas calles viejas se alcanza a percibir el santo olor de la panadería. Y efectivamente, como en aquellos años vivimos en el establo escriturado por el Dios Niño, y convivimos con los veneros del petróleo que nos cedió el mismísimo maligno.

Esta patria nuestra merece, por el solo hecho de serla, nuestro cariño, cuidado y respeto. La patria somos todos, la patria vale por el río de las virtudes del mujerío, inaccesible al deshonor, vive al día, oculta cadáveres de aves que hablan nuestro idioma. A 129 años de su natalicio recordamos a Ramón López Velarde instando a la patria a ser siempre igual, fiel a su espejo diario. Igual y fiel, pupilas de abandono, sedienta voz. Ojalá, cada quien desde el pedazo de patria que le corresponde, sepa amarla, no cual mito, sino por su verdad de pan bendito, que en palabras del poeta se asemeja a la niña que se asoma por la reja, con la blusa corrida hasta la oreja, y la falda bajada hasta el huesito.

 

LanderosIEE | @LanderosIEE

The Author

Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

No Comment

¡Participa!