Opinión

Toluca buena gente / Yerbamala

 

“Toluca buena gente

no mata, no más taranta,

quita cobija y echa barranca,

come torta y pide fanta.”

Popular

 

En la idea occidental de una democracia mínimamente legítima y creíble (como la habrían caracterizado modernamente Bobbio o Sartori); para ganar las elecciones no basta con tener la mayoría de votos, sino que todos los votos con los que se gana deberían haberse conseguido legalmente (“haiga sido como haiga” sido, diría un inefable clásico del cinismo autóctono). De igual modo, la credibilidad democrática supone el reconocimiento amplio e inmediato del candidato que resulta ganador, como sucede en la mayoría de los países menos atrasados políticamente. Sin embargo, ninguno de estos dos supuestos básicos de un sistema electoral se cumplió en las votaciones del domingo pasado en cuatro entidades federativas mexicanas, así que la legitimidad de las elecciones como disputa pacífica del poder político, queda en entredicho de modo evidente.

La votación a gobernador y otros cargos de representación política en Nayarit, Coahuila y el Estado de México y las municipales en Veracruz, nos revelan claramente que mientras más gasta el Estado mexicano en organizar procesos electorales que se pretendan limpios, de peor calidad parecen ser los resultados (cabría preguntarnos cómo pretender ser los supuestos ganadores los representantes populares legítimos a partir de votos conseguidos ilegítimamente). Así las cosas, la regresión electoral en México es una penosa realidad en 2017. ¿Quién pierde con el atraso político y quiénes ganan? La respuesta es simple: los mismos de siempre.

Así que con la contradictoria información hasta ahora disponible, es muy posible que el proceso electoral en Coahuila termine ventilándose en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, lo mismo que el del Estado de México, dado que las principales fuerzas políticas, salvo una, señalaron múltiples irregularidades ocurridas durante la jornada. En la entidad mexiquense crece la tensión y la inconformidad por el desaseo con que la autoridad electoral local presentó un conteo rápido técnicamente contradictorio con las tendencias que a esa hora marcaba el Programa de Resultados Electorales Preliminares. A medida que se van conociendo numerosas inconsistencias entre éste y las actas de casilla, así como actos de acarreo de ciudadanos, compra de votos e infracciones de funcionarios electorales podemos ver que un fue un proceso electoral limpio.

Si el INE se desentendió de los comicios estatales, es claro que los organismos locales electorales exhibieron una evidente incapacidad y supeditación a los gobiernos en turno. Lo cual demuestra la inutilidad de la institucionalidad legal vigente y pone una pesada carga en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), que no se ha distinguido en el pasado por su autonomía ni por su independencia, pero que sin embargo es la instancia terminal y definitiva de corrección de la ilegalidad. En él reside la última y remota posibilidad de limpiar los comicios del pasado domingo y de restituir el sentido de una voluntad popular distorsionada sistemáticamente por prácticas clientelares propias de los sistemas políticos mafiosos (Buscaglia, et. al. 2014); innovadas con nuevos métodos de acarreo e inducción del voto, así como de estadísticas “creativas” para imponer unos resultados ya caracterizados por muchos analistas y estudiosos y por procedimientos de conteo sin credibilidad (Crespo, 2008).

De ello depende en buena medida que los procesos electorales del futuro inmediato, y especialmente la elección presidencial que se verificará dentro de unos 15 meses, pueda realizarse con certeza y que los procedimientos electorales sean por fin un mecanismo de solución pacífica de conflictos y no una fuente inagotable de ellos.

Lo cierto, y allí reside una razonable expectativa en un futuro distinto para México, es que después de éstas elecciones ya nada será como antes para un partido de tres colores en agonía permanente pero incapaz de morir, antes acostumbrado a arrasar a sus rivales en ciertos enclaves del país. La Pérdida de la mitad de su votación histórica en el Estado de México, lo mismo que en Coahuila y en Veracruz, además de la severa paliza recibida en Nayarit por una coalición variopinta, así lo confirma. También es promisorio que una hipotética izquierda sumada pueda ser capaz de derrotar ampliamente al aparato electoral del régimen, aun con todas sus trampas. La sombra la pone el antiguo déficit de ciudadanía en México, que produce una alta abstención electoral y un voto nulo (real o inducido) que beneficia sobre todo a ciertos actores. Quede evidente pues el círculo vicioso en el que se encuentra el sistema electoral mexicano: no hay ciudadanía participativa porque no hay comicios creíbles, y no hay comicios creíbles porque no hay ciudadanía participativa.

Ya decía Abraham Lincoln hace más de cien años: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Claro que ni en sus peores pesadillas pudo Lincoln imaginar a la “nueva generación” tricolor, de la que los Moreiras de Coahuila, los Duartes de Chihuahua y Veracruz o el señor Borge de Quintana Roo, no son más que los testaferros más visibles.

COLA. No están solos cuando dicen las Madres y Padres del Movimiento 5 de Junio: “a ocho años del incendio en la guardería ABC, ni perdón, ni olvido. Porque ese día, 49 niñas y niños no debieron morir”.

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Enrique F. Pasillas

Enrique F. Pasillas

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