Opinión

Cuevas, el eterno disruptivo | H+D2

¿Qué es la muerte? La caída de un pájaro muerto sobre el mar.

¿Qué es el cielo? El trepidante advenimiento de una palabra.

¿Qué es la vida? Una bicicleta recorriendo ideas.

¿Qué es la nostalgia? La sensación de ser tocado por la punta de una aguja.(*)

 

El espejo, el papel, la tinta, el autorretrato en la búsqueda implacable de la afirmación, la comprobación física estampada en la materialidad para postergar la existencia, la exposición, el escrutinio público, la contemplación, la pertenencia al otro como testimonio de la presencia, el protagonismo como motor y foco, el egocentrismo como fecundador y movilizador, la audacia, la rebeldía, la lucidez, lo sórdido y lo oscuro, la vanidad lúdica, la alegría, la locura y el amor en un trazo, en un cuadro.

El joven rebelde, el autodidacta retador, el talento seductor, el niño terrible del arte mexicano que se presentaba ahí insolente desafiando a los grandes muralistas, el declarador de principios que satiriza e incomoda, que cuestiona las ideas de nacionalismo ramplón, limitado y provinciano, que pone en duda las ideas de progreso de la superficialidad mediocre, que deja atrás el colorido, el folclor, el triunfo de la Revolución y la institucionalización, va directo y sin dudas contra la estética sacralizada de la Escuela Mexicana de la Pintura llena de color y alegorías, se separa como un náufrago y navega en su propias aguas llenas de atrevimiento, aguas balsámicas que compartiría con una generación y con un grupo de jóvenes pintores abstractos, geométricos y neofigurativos, la vuelta al caballete como manifestación de quebrantamiento tornando así a los revolucionarios conservadores, volviéndose así él la vanguardia desafiante, la cultura contestaría en un país adormilado, dócil, costumbrista.

El Mexican boy wonder que mostró otro país, otro Distrito Federal mísero y perturbado, de zonas marginales, de personajes grotescos, siniestros, mutilados, abyectos e ignotos entre carpas, burdeles y barrios enclavados en las zonas rojas llenas de alcohol, prostitución y violencia, imágenes trazadas con carboncillo o tinta negra, de líneas firmes y titubeantes a la vez, estudios interiores de personas reales impensables para las galerías y los museos, para las casas burguesas y las oficinas de los burócratas, él construye su imaginario mediante su observación detallista y ahí plasma a El Carnicero o la Niña paralítica, nos estampa en la cara una realidad incómoda y hostil, divirtiéndose con una sonrisa pícara y sarcástica.

Su constante búsqueda y fascinación por lo sórdido lo llevan a los manicomios, a los psiquiátricos, al pabellón de las ninfómanas, ahí retrata, dibuja a los habitantes de aquellos lugares, logra captar su locura, su separación del mundo, perfila la pérdida de la realidad y la distorsión del cuerpo y de la mente entre pliegos de papel, crayón y tinta.

Visita a las prostitutas en los barrios bajos, las bosqueja, las recorre meticulosamente, las posee en papel y plasma esos encuentros tan efímeros como eróticos, recorre los centros sociales, bebe y fuma con las vedettes de moda entre enemigos y amigos intelectuales, escritores, artistas plásticos, pintores, escultores, grabadores, dibujantes, cineastas, publicistas, gente de la farándula, actores, reporteros, él es todos ellos, es el artista mediático del siglo XX, el performance constante que deslumbraba cualquier territorio donde aparece con el brazalete de cuero y la mirada atenta.

Hipocondriaco, de la polaroid diaria retratando el paso del tiempo en su rostro, del Mural efímero devastado en fuego, el de los performances y happenings disruptivos, contestatarios y parrandeados trazando otro manera de ver el arte, la estética, el compromiso cultural y la libertad creativa, el de los electrogramas tomados mientras hacía el amor, el de los dibujos tatuados con autorretratos suyos en los cuerpos de mujeres que lo admiraban y lo deseaban, el expositor de su semen embotellado y pañuelos sucios con su propio sudor. El de la máquina de escribir negra para su columna semanal llena de amoríos, infidelidades y aventuras. El provocador. El seductor. El artista.

“Allí están los grandes trazos de Cuevas, desafiando, incitando. La gente aguarda algo especial, música o discurso, la diversión que se prolongue. Cuevas permanece un instante más. Desaparece”. Carlos Monsiváis.

 

(*) “Cadáveres exquisitos” con los que José Luis Cuevas jugaba con sus hijas.

Ellas iban poniendo las preguntas y él las respuestas desconociendo la pregunta.

 

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Néstor Damián Ortega

Néstor Damián Ortega

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