Opinión

Educar para la diversidad | El peso de las razones

Los contenidos de la educación deben ser públicos. La anterior es una afirmación contundente que requiere de una explicación detallada. ¿Acaso no los padres son libres de educar como mejor consideren a sus hijos? Sí, pero…, aquí el territorio se convierte en un inmenso pantano.

Por una parte, la educación debe ser esencialmente pública, y debe serlo, en primer lugar, con respecto a contenidos que no sean particularmente contenciosos. La educación matemática y científica, por ejemplo, no debería presentar problemas particulares. No obstante, padres de familia indignados reprochan año con año a las escuelas que se les enseñe a sus hijos teoría de la evolución en sus materias de biología. Piden, los más moderados, que también se les enseñe creacionismo; los más radicales exigen que una de las teorías más importantes y sólidas de la ciencia moderna sea excluida de los planes de estudio. Esa teoría, inmensamente respaldada por la evidencia, entra en conflicto con los prejuicios religiosos de muchas madres y padres.

Los contenidos de la educación deben ser públicos, también, porque es un deber del Estado promover la transmisión de creencias verdaderas y minimizar la propagación de creencias falsas en la población. El impacto de algunos conjuntos de creencias falsas es potencialmente ser devastador para un estado democrático. Adicionalmente, una democracia requiere de una amplia meseta de creencias compartidas entre la ciudadanía para poder afrontar el desacuerdo persistente que se presenta en su interior fruto de la pluralidad. El conocimiento disponible, distribuido socialmente, debe hacerse disponible a cada ciudadana y ciudadano desde su infancia en la escuela. Ese conocimiento, en tanto conocimiento, no debe estar sometido a prejuicios familiares ni sociales.

Pero aquí me interesan otro tipo de contenidos particularmente contenciosos. Tienen que ver con una serie de creencias no contenciosas, pero en especial con ciertas actitudes y rasgos de carácter que un estado democrático debe promover en la ciudadanía. La democracia es un método de toma de decisiones que se fomenta en contextos plurales: aquellos donde las personas frecuentemente están en desacuerdo, y donde las formas de valorar son distintas. La pluralidad es deseable en tanto dicha pluralidad nos permite progresar intelectual y moralmente. Son el debate, la crítica, el diálogo y la conversación argumentativas las maneras en las que las personas que viven en una democracia confrontan sus creencias, deseos y expectativas. Así, si fomentamos la pluralidad, existen actitudes y rasgos de carácter no contenciosos que ciudadanas y ciudadanos debemos poseer, y que la educación básica y media deben estimular.

Una actitud y rasgo de carácter fundamental para la ciudadanía democrática es el respeto a la diversidad. Ante otra persona que piensa y valora distinto, mi actitud nunca debe ser violenta ni excluyente. Por el contrario, debe ser dialógica y abierta. En una democracia resulta impensable censurar la diferencia.

En este contexto no me queda más que celebrar la publicación, por el Fondo de Cultura Económica, institución pública, del pequeño relato infantil Sombras en el arcoíris de M.B. Bronzon. Para los pequeños lectores, este relato busca estimular no sólo la empatía, el respeto y la tolerancia: busca educar en el reconocimiento. La bella historia de Constanza y su hermano Jerónimo promueve la reflexión sobre la diversidad sexual a una edad donde resulta relevante que las niñas y niños comprendan que el mundo es más que los prejuicios que muchas veces les transmiten familiares y maestros. Vale la pena que padres y maestros den a leer a los chicos relatos como éste. Y celebro que una institución pública haga suya la tarea de promover valores objetivos y necesarios en la ciudadanía.  

 

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Mario Gensollen

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