Opinión

Gadgets y hartura / A lomo de palabra

 

A JAIR, por la recomendación

 

El 16 de agosto de 1964, Isaac Asimov (1920-1992) publicó algunas predicciones en The New York Times. En una nota que tituló Visit to the World’s Fair of 2014, el escritor norteamericano nacido en suelo soviético daba a conocer cómo imaginaba que sería el mundo medio siglo después. En general, apostaba porque los artilugios tecnológicos -curiosamente empleaba el vocablo gadgetry, es decir, un montón de gadgets– “continuarán descargando a la humanidad del trabajo tedioso”. Y aunque entre tedio y aburrimiento hay una relación de sinonimia casi perfecta, Asimov alertaba: “La humanidad sufrirá gravemente de la enfermedad del aburrimiento…” Pronosticaba, pues, una paradoja: que en el futuro la tecnología aminoraría el tedio y que el futuro sería aburrido. El bioquímico y autor de cientos de libros de ciencia ficción y de divulgación científica, a todas luces, le dio en el clavo…  Eso sí: no fue el primero en atisbar lo que se nos venía encima.

Gracias a la película de Carlos Carrera con guión de Vicente Leñero, es muy famoso el argumento de la novela O Crime do Padre Amaro; sin embargo, su autor es poco conocido en México: José Maria Eça de Queirós, a quien, si tuviéramos que guardarlo en un cajón, habría que echarlo en uno con el rótulo “realismo naturalismo decimonónico”. El escritor, quien nació junto al mar, en la ciudad portuguesa de Póvoa de Varzim (1845), ha sido valorado como el mejor novelista de su país, laurel que seguramente nadie le escatimaría hasta hoy de no haber transitado por este mundo un tal José Saramago. La cortedad de su vida -la tuberculosis lo mató antes de que cumpliera 55 años- no impidió que Eça de Queirós publicara un buen bonche de novelas, relatos y crónicas. Acabo de leer un volumen en el que se compilan todas sus narraciones breves, Cuentos completos (Siruela, 2004). Entre las 17 historias incluidas, Civilização -inicialmente publicado por entregas durante octubre de 1892 en el diario Gazeta de Notícias de Río de Janeiro-, un magnífico cuento que sería la semilla de la novela A cidade e as serras, publicada en forma póstuma en 1901. El protagonista, un afortunado:

Un lindo río, murmurante y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadones y de champán helado, más dulzura y facilidades de las que la vida ofrecería a mi camarada Jacinto.

Acaudalado, rodeado de amigos y bienaventurado en amores, el hombre era, según el narrador de la historia, “el más complejamente civilizado, o, mejor dicho, aquel que se había provisto de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual”. Vivía en un palacio, estudiaba las enseñanzas filosóficas de Shopenhauer, organizaba tertulias y disponía de una opulenta biblioteca —25 mil volúmenes con “todas las obras esenciales de la inteligencia… e incluso de la estupidez”—. La descripción que hace Eça de Queirós del “gabinete de trabajo” de Jacinto, el corazón de la morada, no se acoquina frente a los textos más imaginativos de Julio Verne:

Su silla, grave y abacial, de cuero…, alrededor de ella pendían numerosos tubos acústicos, que… parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de finca. ¡Nunca recuerdo sin asombro su mesa, toda recubierta de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar estampillas, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacre, encintar documentos, sellar cuentas! Unos de níquel, unos de acero, relucientes y fríos… Él consideraba que todos eran indispensables…, así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, y los directorios, atestando una estantería aislada, alta, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal y a la que yo le había puesto el Farol.

Y luego, lo que “más completamente le imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter civilizado”: la gadgetry, “los grandes aparatos, facilitadores del pensamiento”:

…la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, y aun otros, todos con metales brillantes, todos con largos hilos. Constantemente sones cortos y secos tintineaban en el aire templado de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlin, dlin, dlin! ¡Crac, crac, crac!… Era mi amigo comunicándose.

Además de todos estos dispositivos en los que se prefiguran las maravillas multimedia disponibles hoy en cualquier smartphone, Jacinto, un metrosexual adelantado, disponía de un bien surtido arsenal para socorrer “las operaciones de alindamiento”: peines y cepillos especiales, paños, grifos, vaporizadores, fuentes… Con todo, el treintañero, sano y rico, bien querido e inteligente, apertrechado de cultura y dueño de los más desarrolladas invenciones de su siglo, vivía en un “bostezo perpetuo y vago”. En concordancia con lo que Asimov prevería casi un siglo después, Eça de Queirós cuenta que el hipercivilizado Jacinto sufría de aburrimiento salvaje:

¡Era doloroso testimoniar el hastío con el que él, para apuntar una dirección, tomaba el lápiz neumático, su pluma eléctrica, o, para avisar al cochero, cogía el tubo del teléfono!… Claramente, la vida era para Jacinto un cansancio: o por laboriosa y difícil, o por poco interesante y hueca.

El diagnóstico más atinado del mal que aquejaba al protagonista de Civilización lo aporta Grilo, su fiel sirviente: “Su Excelencia sufría de hartura”.

Asimov, recio ateo, no creía que nada nos espera después de la muerte, así que no temía las eternas penas del infierno… En dado caso, pensaba que “el aburrimiento del cielo sería aún peor”.

 

@gastroibarra

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Germán Castro

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