Opinión

La diversidad enriquece / Agenda urbana

Todos los estudios coinciden en que el éxito de los Estados Unidos ha sido, desde el siglo XIX, haber logrado ser una nación abierta, incluyente y diversa. Con las ciudades pasa lo mismo. En ellas existe una amplia heterogeneidad de grupos socioeconómicos, sociodemográficos, religiosos, étnicos y culturales, y una gran variedad de creencias, preferencias, actitudes, estilos de vida y actividades. La diversidad de ideas e intereses, que constantemente compiten entre sí, hace de las ciudades espacios de confrontación y riqueza. La vida urbana, entonces, se caracteriza por la constante presencia de tensiones y conflictos abiertos entre diferentes grupos que invariablemente negocian día a día en las ciudades. Negar la diversidad, sin embargo, genera actitudes que comprometen el éxito de la vida urbana.

La diversidad urbana es un elemento fundamental para la prosperidad de las ciudades y un catalizador del desarrollo socioeconómico. Así lo sugieren expertos del urbanismo. Jane Jacobs (1961), por ejemplo, sostiene que “…la diversidad no sólo hace que las ciudades sean más atractivas, sino que es la fuente de productividad económica”. Leonie Sandercock (2003), de la Universidad de British Columbia, considera que “la diversidad urbana es la base de una ciudad justa”, y por ello las ciudades deben “permitir y asegurar a personas de diferentes orígenes étnicos y raciales iguales derechos al espacio urbano”. Igualmente, Susan Fainstein (2005), de Harvard, afirma que “…la ventaja competitiva de las ciudades, y por lo tanto el enfoque más prometedor para alcanzar el éxito económico, radica en mejorar la diversidad dentro de la sociedad, la economía y el entorno construido”.

La diversidad urbana, entonces, debe verse como un elemento clave para las ciudades; piense, por ejemplo, en ciudades exitosas e hiperdiversas como la Ciudad de México o Nueva York. En estas ciudades, una amplia mezcla social se relaciona positivamente con la productividad, pues genera una gran diversidad de bienes, servicios, habilidades, experiencias y culturas que fomenta y conduce a la innovación y la creatividad. En otras palabras, “las ciudades abiertas a la diversidad son capaces de atraer una gama más amplia de talento (y, por lo tanto, una mayor diversidad de nacionalidad, raza, etnia, orientación sexual, etc.) que aquellas que están relativamente cerradas. Como resultado, las ciudades abiertas a la diversidad tienen más posibilidades de tener una economía dinámica debido a sus capacidades creativas, innovadoras y emprendedoras en comparación con ciudades más homogéneas” (Nielsen et al. 2016).

Por el contrario, el rechazo a la diversidad resta fortalezas a una ciudad, primero, porque impide la cohesión social y crea sociedades paralelas que surgen cuando las personas viven cerca unas de otras, pero no necesariamente tienen contacto alguno entre sí o participan en actividades conjuntas. Las sociedades paralelas impiden la integración social y cultural de las minorías, detona tensiones y conflictos entre diferentes grupos, y, como menciono anteriormente, promueve actitudes negativas, intolerantes y discriminatorias. Además, el rechazo a la diversidad urbana pone en riesgo uno de los principales atractivos de las ciudades, la movilidad social, es decir, la posibilidad de que individuos o grupos escalen hacia una posición socioeconómica más alta con respecto a los empleos e ingresos, el estatus y el poder. Un individuo es socialmente móvil, por ejemplo, cuando pasa de un trabajo a otro mejor o del desempleo al empleo. Negar la diversidad y fomentar la segregación en términos de ingreso, origen étnico, creencias o preferencias puede impedir un acceso equitativo a las oportunidades que ofrece una ciudad, y así, impedir la movilidad social.  

Entonces, ¿puede una ciudad ser impulsada por la diversidad y equidad? Desde luego que sí. Las ciudades exitosas sólo existen en la medida en que logran convertirse en escenarios para la integración y la sinergia de la diversidad, es decir, en la medida en que son capaces de alcanzar un cierto grado de cohesión con base en sus propias diferencias. Sobre la base de la heterogeneidad es que las ciudades nacen, crecen y con frecuencia prosperan como centros de interacción e intercambio, innovación y desarrollo. Aceptar la diversidad urbana es, quizá, el primer paso para avanzar hacia una ciudad justa que no sólo asegure el pleno desarrollo humano de todos los individuos sino también su propio éxito.

¿Qué posibilidades existen desde la política urbana para producir una ciudad más justa? Muchas. Por ejemplo, una ciudad debe asegurar un acceso y uso justo y equitativo del espacio público. Debe promover la construcción de vivienda asequible a través de políticas de zonificación inclusiva. Puede promover la asignación de recursos para la provisión de vivienda social, invertir en educación y aplicar normas laborales justas y leyes antidiscriminatorias para apoyar el desarrollo de capacidades entre la población. Entre muchas más. En conclusión, el debate en torno a la diversidad debe centrarse en cómo asegurar el éxito de una ciudad más justa.

 

[email protected] / @fgranadosfranco

 

Referencias:

Fainstein, S. S. (2005). Cities and diversity: should we want it? Can we plan for it? Urban affairs review.

Jacobs, J. (1961). The Death and Life of Great American Cities.

Nielsen, R. S., Beckman, A. W., Blach, V. E. M., & Andersen, H. T. (2016). Divercities: Dealing with Urban Diversity.

Sandercock, L. (2003). Toward Cosmopolis: Utopia as construction site. Readings in planning theory

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Fernando Granados

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