Opinión

De la supuesta obediencia / Opciones y decisiones

 

“Ustedes los latinos están formados, están hechos para la obediencia”. Así me espetó el Dr. Gary Bergthold, instructor del programa Positive Negotiation/ Negociación Positiva, del autor David E. Berlew, entonces asociado al MIT de Boston, Mass., bajo la firma Situation Management Systems, Inc., de Plymouth, Massachusetts, EUA., seminario realizado en Santa Cruz California, siendo el verano de 1984, y al término de un ejercicio de asertividad, sobre los “estilos de influencia positiva”. Su afirmación era sin duda una provocación para iniciar la discusión.

Cualquiera de nosotros que participábamos en dicho seminario, latinoamericanos todos, nos sentimos empujados a un rincón emocional intolerablemente incómodo. Pues, en términos coloquiales, el maestro nos estaba azorrillando al tocar una fibra por demás íntima de nuestra cultura. El punto clave al que quería llegar el Dr. Bergthold era evidenciar el contraste entre “la cultura anglo-sajona” más asertiva y “la cultura latina” más obediencial. Supuestos que, para no objetar en blanco o en falso, vale la pena referir a la muy actual relación de Donald Trump con México.

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Todo inició en la propia campaña política por la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. Valga la referencia a la expresión lenguaraz e insolente del entonces pre-candidato republicano de los Estados Unidos a la Presidencia, Donald Trump, sobre todo cuando se refería a México y sus inmigrantes, a los que generaliza como ilegales, criminales e indeseables. A quienes, dice, que impedirá ingresar a “su” país, anteponiendo un gran muro férreo de unas mil millas; y del que a cada invectiva de la parte mexicana, alude que no tan sólo elevará otros 3 pies más de altura, sino que hará pagarlo en su totalidad a los mexicanos. Este gran petardo de denigrante y peor oratoria, le valió ser contestado por otro ingenioso y pícaro lenguaraz, el expresidente Vicente Fox Quesada, quien no tuvo tapujo alguno para espetarle a la cara: “yo no voy a pagar por su f—-ing Wall”, en puro español mexicano: “su chingado muro”. Nunca antes mejor contestado argumento, tan falaz como distante del rigor y belleza estética de “lo eikos”/lo verosímil (Nota mía: LJA. Esa retórica indeseable. Sábado 05 de marzo, 2016).

Entonces, ¿en qué quedamos? El tema de la obediencia, así puesto, se inclina más a invocar rasgos culturales o contra-culturales cuyo fondo sería dominantemente etnocéntrico. Y ya sabemos que todo etnocentrismo resulta a la postre en un reduccionismo social que enaltece o descalifica a la persona involucrada, en razón de sus hábitos conductuales más profundos, asimilados de su entorno comunitario.

Reflexión que hace remontarnos a aquella consigna del virreinato español en México, cuya clase criolla dominante acuñó como: “acátese, pero no se cumpla”, refiriéndose a la normas impuestas por el centro imperial de la corona española. En tal supuesto, para el pueblo sólo quedaba la obediencia. Y de aquí se desprende la otra salida ingeniosa de las etnias indígenas y mestizas, “ser ladinos”… te digo que sí, pero no te digo cuándo. Un claro escamoteo de la obediencia pasiva e indigna.

No obstante esta supuesta diferenciación étnica respecto de la obediencia, investigaciones más profundas muestran que, en general, las sociedades moderna y contemporánea caminan pasivamente sobre el pavimento de la obediencia mecánica, de facto. Con esta idea en mente nació el llamado “experimento Milgram”. El Experimento de Stanley Milgram fue realizado para explicar algunos de los horrores de los campos de concentración de la segunda guerra mundial, en donde judíos, gitanos, homosexuales, eslavos y otros enemigos del estado fueron masacrados por los nazis. El problema de fondo: “En los juicios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales de guerra declararon que simplemente cumplieron órdenes y que no podían ser considerados responsables de sus actos. Los alemanes: ¿fueron realmente malvados y desalmados o se trata de un fenómeno de grupo que le podría ocurrir a cualquiera en las mismas condiciones?” (Fuente: El Experimento de Milgram: la Obediencia a la Autoridad. https://goo.gl/q9R4Ea). Dicho experimento fue traído a la pantalla en un documental, del mismo nombre.

Para demostrar esta hipótesis, el autor, psicólogo Stanley Milgram creó un “generador de descarga” eléctrica con 30 interruptores. El interruptor estaba claramente marcado en incrementos de 15 voltios, oscilando entre los 15 y 450 voltios. También puso etiquetas que indicaban el nivel de descarga, tales como “Moderado” (de 75 a 120 voltios) y “Fuerte” (de 135 a 180 voltios). Los interruptores de 375 a 420 voltios fueron marcados “Peligro: Descarga Grave” y los dos niveles más altos de 435 a 450 fueron marcados “XXX”. El “generador de descarga” era en realidad de mentira y sólo producía sonido cuando se pulsaban los interruptores. Se reclutaron 40 sujetos (hombres) por correo y por un anuncio en el periódico. Creían que iban a participar de un experimento sobre la “memoria y el aprendizaje”. En la prueba, a cada sujeto se le informó claramente que se le iba a pagar por ir y que conservaría el pago “independientemente de lo que pasara después de su llegada”. Luego, el sujeto conoció a un “experimentador”, la persona que dirigía el experimento, y a otra persona que se la indicó como otro sujeto. El otro sujeto era en realidad un cómplice que actuó como sujeto. Se trataba de un contador de 47 años. Los dos sujetos (el sujeto verdadero y el cómplice) sacaron un papel para saber quién iba a ser un “maestro” y quién un “aprendiz”. El sorteo fue falso, ya que el sujeto verdadero siempre obtendría el papel de “maestro”. El maestro vio que el aprendiz estaba atado a una silla y tenía electrodos. Luego, el sujeto fue ubicado en otra habitación delante del generador de descarga, sin poder ver al aprendiz.

Bajo tales condiciones y supuestos, la pregunta de fondo a responder por el experimento era: “¿Cuánto tiempo puede alguien seguir dando descargas a otra persona si se le dice que lo haga, incluso si creyera que se le pueden causar heridas graves?” (La variable dependiente). Recordemos que los dos sujetos se han conocido, ambos son desconocidos agradables, y que piensan que cada uno podría estar en el lugar del otro, es decir, el maestro podría estar recibiendo las descargas. En la práctica, el sujeto fue instruido para enseñar pares de palabras al aprendiz. Cuando el alumno cometía un error, el sujeto fue instruido para castigar al aprendiz por medio de una descarga, con 15 voltios más por cada error. El aprendiz nunca recibió las descargas, pero cuando se pulsaba un interruptor de descarga se activaba un audio grabado anteriormente. (Cfr., El experimento de… Ut supra).

La demostración del experimento: Durante el Experimento de Stanley Milgram, muchos sujetos mostraron signos de tensión. 3 personas tuvieron “ataques largos e incontrolables”. Si bien la mayoría de los sujetos se sintieron incómodos haciéndolo, los 40 sujetos obedecieron hasta los 300 voltios. 25 de los 40 sujetos siguieron dando descargas hasta llegar al nivel máximo de 450 voltios. Conclusión: Antes del experimento de Stanley Milgram, los expertos pensaban que aproximadamente entre el 1 y el 3% de los sujetos no dejaría de realizar las descargas. Creían que tendrías que ser morboso o psicópata para hacerlo. Sin embargo, el 65% no dejó de realizar las descargas. Ninguno se detuvo cuando el aprendiz dijo que tenía problemas cardíacos. ¿Cómo puede ser? Ahora creemos que tiene que ver con nuestro comportamiento casi innato que indica que tenemos que hacer lo que se nos dice, sobre todo si proviene de personas con autoridad.

Por lo tanto, independiente e indistintamente de supuestas diferenciaciones étnicas o de clase social, en nuestras sociedades moderna y contemporánea estamos modalizados por una clara tendencia a obedecer a personas investidas con autoridad, sea ésta política, social, cultural, religiosa, etc. Por ello viene a cuento la importancia de aprender y ejercer las destrezas inherentes a un modelo de “estilos de influencia positiva”. Porque su aplicación nos rescata de una “obediencia ciega” y nos permite elegir la opción racional y emocional que más convenga.

Concluyo, sin dar por finiquitado el asunto, como lo dije en mi entrega: El grito de la asertividad. LJA. Sábado 30 de Mayo, 2015. Que estoy convencido de que México, junto con América Latina, ya no es la mansa muchedumbre obediente de antaño –así sea con el talante ladino de formalidad y mentalidad colonial-, sino que hogaño tendremos una sociedad más demostrativa, manifestativa del disenso legítimo ante la simulación cínica, y finalmente, sí, más asertiva, según los nuevos cánones de la globalización económica, hegemónica en lo político, y sí, profundamente cultural. La apropiación legítima de los recursos también implica el cambio alternativo de los estilos de influencia positiva, para construir la sociedad asertiva méxico-latinoamericana que ya viene.

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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