Opinión

Trágico amor de madre / Análisis de lo cotidiano

Todavía no nos acostumbramos al suicidio. Es alentadora la sorpresa y el dolor que sufrió nuestra sociedad ante la noticia de la muerte de una joven madre, afortunadamente no nos hemos insensibilizado ante la tragedia. El martes de la semana pasada, una mujer de 24 años asesinó a su pequeña hija ahogándola en una cubeta con agua y después se ahorcó. Dejó cartas póstumas explicando sus razones y a manera de rúbrica dejó la argolla matrimonial sobre las notas. No comentaremos el caso en particular porque no es ético hacerlo en este espacio, lo que sí haremos será analizar el hecho social. En primer lugar, por muy impactante que sea este suceso no es el primero. Ha sucedido en muchas ocasiones aquí en nuestra noble y pacífica ciudad. Por supuesto que ha ocurrido en infinidad de veces en el resto del país y en el mundo. Pero vayamos a lo nuestro, a nuestra tierra. Hace unos cinco años otra joven mujer asfixió a dos hijitas cubriéndolas con almohadas y después murió intoxicada con somníferos. Muy impresionante resultó el caso de la abuela, quien en pleno centro de la ciudad selló las rendijas de puertas y ventanas, abrió las llaves de gas y después encendió un cerillo haciéndose explotar junto con dos nietecitas. Recién nacidos arrojados en los contenedores de basura, tampoco son novedad, aunque nos siguen produciendo espanto. Los comentarios en los corrillos sociales y en algunos medios de comunicación son reiterativos e irrelevantes, que si la madre no tenía sentimientos, que ya no existen los valores, que si se ha perdido el temor de Dios y cosas por el estilo. Considero que ya es tiempo de hacer algo verdaderamente efectivo. El problema no está solamente en la persona, decir que mató y se mató porque estaba deprimida es igual que decir nada. Es un diagnóstico ligero y parece más una evasiva que una razón. El fondo del conflicto es mucho más elaborado, se trata de una persona que sí, en realidad tiene depresión, pero que además está sufriendo abandono, agresión, desamor y privaciones extremas. En los casos de mujeres que asesinan a sus hijos y se matan, el problema está siempre en su relación de pareja. El factor común es que se trata de mujeres abandonadas, maltratadas, incomprendidas por la pareja y por las familias de ambos, que nunca reciben atención psicológica y además que nunca son protegidas por las autoridades. Nuestras leyes tienen establecidas sanciones muy severas para el hombre que abandona a su mujer e hijos. ¡Qué bien! El problema es que no existe el instrumento legal que obligue al marido y padre a cumplir con tales leyes. El hombre con la mayor facilidad puede dejar su hogar, irse a vivir con otra mujer, tener otros hijos y a todos dejarlos en desprotección. Puede irse a Estados Unidos con el pretexto de trabajar y estando allá olvidar a su familia. Puede hacerlo impunemente, no habrá quien lo reduzca al orden y le haga mantener a su familia. No solamente eso, no hay quien le obligue a tomar psicoterapia para que se responsabilice de sus hijos. Aún más no existe la terapia de pareja obligatoria en casos de violencia intrafamiliar, para que los cónyuges resuelvan su conflicto o se divorcien saludablemente. Peor todavía no hay poder humano que apoye económicamente a las familias abandonadas. Las instituciones de “…Apoyo a las familias.” pueden argumentar que sí, que sí se está haciendo algo. Con los hechos observados, resulta claro que no es suficiente. Las pláticas sobre valores, la asesoría legal a quienes asisten a las instituciones oficiales, las marchas y los eventos públicos con discurso y pancartas no han funcionado. Se requieren: 1. Reestructurar el Código Civil para que los jóvenes que deseen contraer matrimonio no reciban pláticas pre-matrimoniales, sino talleres de terapia de pareja, con orientación legal para saber protegerse. 2. Ampliar la cobertura de asesoría en vida conyugal a mujeres y hombres para la solución efectiva de la conflictiva vida matrimonial, en centros de salud y centros sociales comunitarios. Incluso haciéndolo obligatorio a las empresas para que lo hagan con sus empleados. 3. Talleres obligatorios a hombres violentos, cuando son acusados de agresión. La detención, el encarcelamiento o las multas no sirven para nada. La verdadera solución está en que se les obligue a cursar psicoterapia y sean dados de alta hasta que la institución de salud mental lo determine. Asimismo, que el curso sea apoyado por el patrón o la empresa donde labora el marido violento. 3. Que, en los casos de abandono, exista una dependencia oficial encargada de localizar al cónyuge abandonador y se le fuerce a cubrir las necesidades de sus hijos y la pareja dejada. 4. Que el juez establezca claramente al cónyuge violento, que no puede amenazar verbal ni físicamente a la pareja o hijos, que sea efectiva la restricción del acercamiento y 5. Que los hijos reciban atención psicológica en todos lo casos. Como se verá, la solución existe. ¿Se antoja difícil? Lo es, pero es posible y sobre todo ante el espanto que nos están produciendo los casos que vivimos, es estrictamente necesario hacerlo. Es función de esta sociedad.

 

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Héctor Grijalva

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