Opinión

Una perra rabiosa / Análisis de lo cotidiano

En cierta ocasión, hace un par de años una amiga se expresó de una abogada que ella conocía, refiriéndose a ella como “una perra rabiosa”. Los que estábamos conviviendo con ella en la reunión nos sorprendimos por la descripción tan agresiva y se lo comentamos. Su aclaración fue, que en realidad quiso decir que era muy buena abogada, que defendía sus casos con furia y gran energía. Sin embargo, que por lo mismo, aquellos que perdían los caso ante ella, la consideraban precisamente una perra rabiosa en el mal sentido de la palabra. No debe ser fácil para un profesionista que por hacer bien su trabajo se le califique con un adjetivo tan insultante. Existen trabajos así, que por su carácter propio colocan al trabajador en ser víctima de insultos, ofensas y en ocasiones hasta de agresiones físicas. El ejemplo clásico es el árbitro de futbol o de cualquier otro deporte que siempre sale perdiendo. Siempre habrá un equipo ganador que puede terminar feliz y un perdedor que insultará al juez, atribuyéndole la culpa de su derrota. Imagine usted ahora como es la labor de los jóvenes de los call center que le llaman a usted por teléfono a todas horas con una insistencia brutal, para decirle que pague sus cuentas pendientes, para ofrecerles ventas que usted no desea, o con mucha frecuencia para buscar a una persona equivocada. Muchas personas que hemos recibido tales llamados hacemos nuestro mejor esfuerzo por responderles con amabilidad, aunque siempre terminamos fastidiados. Otras personas los insultan soezmente. Y el trabajador tiene que resistir, porque las políticas de la empresa le obligan a recibir los agravios, responder con amabilidad y seguir insistiendo. Ocurre con los policías de tránsito que deben multar al infractor, los empleados de banco que informan a un cliente los recargos que la empresa realiza inopinadamente, los meseros del restaurante o bar que tienen que avisar al cliente pasado de copas, que su tarjeta de crédito no pasa, el empleado de la línea aérea que tiene que avisar de un retraso en la salida del vuelo, o que notifica al pasajero del extravío de una maleta, la secretaria del funcionario público que dice a las personas que le han estado esperando durante largo rato, “…que el licenciado no va a venir, o que no les puede recibir, o que se va a retirar porque le salió algo urgente…” Hay una gran población de trabajadores que serán agredidos por hacer bien su trabajo. Imaginemos ahora cómo será su estado de ánimo al salir del área laboral, con qué actitud llegarán a sus casas, cómo se comportarán en el camino. Qué satisfacción tendrán al irse a dormir y sobre todo ¿con qué clase de entusiasmo volverán al trabajo al día siguiente? Resulta claro que aquí tenemos una tarea pendiente. Los patrones necesitan proteger a sus empleados, colocándolos en una labor eficiente, pero a salvo de insultos. Los profesionistas, como los abogados pueden realizar su trabajo haciendo también contacto con la otra parte, haciéndoles sentir que el caso no es personal. Los árbitros de los deportes no tienen mucha defensa, porque ello elige el trabajo, pero pueden protegerse anímicamente antes y después del partido. Los jóvenes de los call center deberán hablar con sus jefes y pedirles cambio de estrategia y si no les escuchen entonces cambien de empleo. Todo trabajo que implique tener contacto con público, clientes, compradores, solicitantes de servicios y en general con personas deben estar preparados para establecer un diálogo armónico y conciliador. Eso es salud mental, de lo contrario si seguimos haciendo las cosas como las hemos estado haciendo hasta hoy, no deberá extrañarnos que sigan aumentando los casos de violencia intrafamiliar, de violencia social, de accidentes viales, de suicidios y de adicciones. El mal siempre comienza al interior de uno mismo, de su casa y de su trabajo. No hay misterio en esto, lo sabemos desde hace mucho, ahora lo que urge es poner el remedio. Lo bueno del caso es que también sabemos cómo solucionarlo, con una intensa y extensa campaña de salud mental llevada a los centros de trabajo, a las colonias populares y a los barrios bravos. Sabemos como hacerlo, donde hacerlo y con quienes hacerlo. Sólo falta hacerlo.

 

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Héctor Grijalva

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