Opinión

Barcelona: una ciudad cosmopolita, abierta y plural / El peso de las razones

A les meves amigues i amics catalans

Forma parte de la historia evolutiva de nuestra especie generar identidades colectivas fuertes y excluyentes. Estas identidades generan odios sectarios: se convierten en armas que posibilitan el tratamiento brutal a cualquier grupo que no sea el nuestro. En su brillante y necesario Identity and Violence (2006), Amartya Sen ve la raíz del problema con claridad: “El arte de crear odio se manifiesta invocando el poder mágico de una identidad supuestamente predominante que sofoca toda otra filiación y que, en forma convenientemente belicosa, también puede dominar toda compasión humana o bondad natural que, por lo general, podamos tener. El resultado puede ser una rudimentaria violencia a nivel local o una violencia y un terrorismo globalmente arteros”. Existe un nexo irremediable entre el reduccionismo identitario -esa creencia de que es posible clasificar a las personas en una única y asfixiante categoría- y la violencia.

Frente a esta llanura sombría -como la llamó Matthew Arnold-, Occidente ha promovido la empatía y la pluralidad. Se trata -en conceptos menos vagos- de considerar dos hechos: los seres humanos somos tanto bastante parecidos (al final, somos miembros de la misma especie), como diversamente diferentes. Sen también lo ve con la claridad necesaria: “La esperanza de que reine la armonía en el mundo actual reside, en gran medida, en una mayor comprensión de las pluralidades de la identidad humana y en el reconocimiento de que dichas identidades se superponen y actúan en contra de una separación estricta a lo largo de una única línea rígida de división impenetrable”.

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El mundo occidental -tiemblo al escribir el inicio de esta oración, porque hablar de un mundo occidental puede caer en el problema mismo del reduccionismo identitario- ha promovido valores que contrarrestan la violencia sectaria: la confianza en la razón, el valor de la diversidad, el pluralismo razonable, el cosmopolitismo, entre algunos otros. Son estos valores los que incomodan a ciertos grupos con identidades fuertes y excluyentes. Haríamos mal en ignorar el problema cultural que está detrás del terrorismo islámico reciente.

Lo que sucedió en Barcelona el 17 de agosto de 2017 no se olvidará pronto. El olvido sería terriblemente injusto, así como la ponderación de la tragedia, su minimización o su análisis abstracto. Resulta injusto y ofensivo hablar de los hechos ocurridos en cualquiera de los sentidos anteriores.

En primer lugar, una tragedia lo es en tanto resulta imponderable. Una tragedia es tal no por el número de muertos, heridos, o el lugar o el momento en el que ocurre. No lo es por la maldad o descuido, imprudencia o negligencia de quienes la causaron. Una tragedia es tal porque, entre otras cosas, nos impide diseccionarla en simples números, estadísticas o cualquier método formal de análisis. Resulta grotesco -por decir lo menos- que algunos hablen de lo sucedido en la Rambla como una desgracia y no como una injusticia. Esta diferencia es importante, nos lo recordaba Judith Shklar: “la diferencia entre desgracia e injusticia a menudo implica nuestra disposición y nuestra capacidad para actuar en nombre de las víctimas, para culpar o absolver, para ayudar, mitigar o compensar, e incluso para mirar hacia otro lado”. En algunos casos, la falta de empatía ha sido supina. He escuchado y leído a más de un economista -que, con sus notables excepciones, muchas veces funcionan como meros burócratas de la ciencia y nublan nuestra comprensión- afirmar que deberíamos dejarnos de preocupar por el terrorismo islámico. Los muertos son pocos -piensan-, y el fenómeno es meramente secundario para considerarlo un problema importante. Con esta actitud más de listillos o pretenciosos que de científicos, nos brindan una imagen errónea de la realidad: frente a una tragedia sus aseveraciones no sólo son poco empáticas o manifiestamente ignorantes, son irrelevantes.

En segundo lugar, y dada la manifiesta imponderabilidad de la tragedia, las comparaciones resultan tergiversadoras. ¿De qué nos sirve afirmar -como se lo he escuchado con vergüenza a muchos de mis compatriotas- que el número de muertos en la Rambla es inocuo si lo comparamos con los muertos en los últimos años en México fruto de la absurda guerra del narcotráfico? ¿En verdad creen estos mexicanos que sus comparaciones nos ayudan a comprender mejor lo sucedido en Barcelona? No sólo no ganamos nada en comprensión, lo perdemos todo moralmente. Hemos sucumbido a la tentación nacionalista o a la tentación ignorante del que sólo ve desgracias, nunca injusticias. Hemos fallado en nuestra respuesta: no hemos actuado, sólo hemos mirado hacia otro lado.

En tercer lugar me inquieta una posible respuesta que nos pone al mismo nivel -al menos en un sentido- que los terroristas. Días después de los atentados en Barcelona, grupos de extrema derecha trataron de manifestarse en la Rambla. Escudados en su fuerte identidad grupal -tanto europea como cristiana- exigían un alto a la islamización de Europa. Justo el problema con los dos vicios anteriores es que nublan nuestra comprensión -racional y emocional- de la tragedia del 17 de agosto. Y esa falta de comprensión abona al cultivo de expresiones identitarias igualmente fuertes que las de los terroristas. El problema es el reduccionismo identitario, no el Islam per se. No obstante, una enorme mayoría de catalanes respondió a la minoría de extremistas de derecha y los obligó a abandonar la manifestación.

Por mi parte, el 17 de agosto no sólo sentí la misma consternación que he venido sintiendo cada vez que sabemos de un nuevo atentado. Me da rabia, indignación y tristeza que una ciudad cosmopolita, tolerante, abierta, plural y diversa en tantos sentidos como lo es Barcelona sufra un ataque de sujetos que sienten una filiación robusta a un grupo identitario reduccionista y excluyente. Pero sé y confío en que catalanas y catalanes tienen la mejor estrategia para combatir esta afrenta: justamente su cosmopolitismo, su apertura y su pluralidad. Barcelona es un buen ejemplo de la práctica de los valores occidentales más necesarios en un mundo cada vez más globalizado y diverso. No olvidaremos el 17 de agosto, y muchas y muchos (me hubiera gustado decir que todas y todos) ese día fuimos catalanes. Y los catalanes no tenen por.

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Mario Gensollen

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