Opinión

Capitalismo y democracia / Memoria de espejos rotos

I’ll give you all I’ve got to give

If you say you love me too

I may not have a lot to give

But what I’ve got I’ll give to you

I don’t care too much for money

Money can’t buy me love…

Can’t buy me love – The Beatles

 

Las sociedades occidentales viven un momento aciago. Este momento se ha cifrado por el modelo capitalista y neoliberal que tiende a adelgazar a los estados, a someter los contenidos educativos a las fuerzas del mercado, a dotar de poder a los medios masivos de comunicación, a erosionar la laicidad republicana, a convertir la participación democrática en un asunto de mercadotecnia, a instaurar un régimen consumista, a privilegiar el interés de los consorcios particulares sobre el interés de lo público, a propagar la idea de que el hombre blanco católico debe estar en la punta de la pirámide social, a potenciar el individualismo hedonista sobre la noción de que nos debemos al colectivo, y -en suma- de todas las aristas que convergen en este modelo, esta forma de entender la vida social desde la derecha mercantil y neoliberal.

Hay una noción que es clara: la democracia ha necesitado al capitalismo, pero el capitalismo no depende de la democracia. Explico brevemente. El desarrollo político de las sociedades democráticas, basadas en modelos de gobierno y autoridad que emanan de la representación popular, ha tenido en el liberalismo económico una extensión del liberalismo político; es decir, en las democracias no sólo se elige libremente a quién se le concede la potestad de la representación política, sino que también es requisito que -a la par de ésta libertad política- se garantice la libertad de elegir qué se comercia, qué se produce, y qué se consume. En este sentido, las sociedades liberales de occidente han padecido esta asociación indisoluble entre el libre mercado y el desarrollo democrático. En el lado contrario, la existencia y desarrollo del capitalismo no depende de que su sociedad tenga un régimen democrático o no; se puede vivir en una dictadura totalitaria y aun así elegir la marca de champú que compramos; se puede tener un perpetuo gobierno oligárquico y -con todo y ello- ver que la economía depende de las fuerzas del mercado.

En ese sentido, vemos que la relación entre democracia y capitalismo es una relación desigual. En la teoría se pueden decir muchas cosas, pero en la praxis cotidiana de occidente hay un aspecto que evidencia con crueldad esta realidad: la formación cívica. Mientras que la democracia requiere de ciudadanos cultivados, críticos, participativos, exigentes, involucrados en el colectivo; el capitalismo ha demandado que las sociedades en las que se desarrolla sean pobladas por entes individualistas, consumistas, apáticos, fácilmente manipulables, crédulos, manejados por la mercadotecnia, educados por los medios de comunicación, sostenedores y replicadores del propio sistema que los mantiene en la inopia y la estolidez. Pero ¿puede haber un capitalismo entre gente que tenga las cualidades deseables en la democracia? Sí, por supuesto. Lo podrá haber el día que las industrias, al menos, de energéticos, militares, y farmacéuticas (por nombrar sólo algunas) se decidan a buscar su fortuna en otro lado.

En suma, podemos advertir que -a la larga- la relación entre ambas formas de organización político-económica es incompatible. Al final, parece que la tendencia es que los valores del capitalismo depreden a los valores de la democracia. El costo es alto, y el eslabón más delgado de la cadena es la formación cívica. Una vuelta por las redes sociales nos puede dar cuenta de cuán estúpida es una inmensa cantidad de personas; una vuelta por los “argumentos” de los fundamentalistas de la nueva cristiada del FNF nos puede mostrar cuánta estolidez se ha ido fermentando en la cultura de un grueso sector social; una vuelta por las noticias internacionales nos podrá ilustrar sobre cómo algunas mierdas que creíamos superadas, por ejemplo el racismo o los movimientos supremacistas, son ahora un discurso vigente y beligerante; una vuelta por cualquier lado nos dará en la cara con la repulsiva violencia de género; y sí, una vuelta por la campaña política de la elección que sea, nos demostrará cómo los valores de capitalismo han carcomido a la formación cívica en detrimento de una sana vida democrática.

Parece que nunca nos dimos cuenta de que, mientras la democracia refiere a “Tú y yo”, el capitalismo demanda “O tú o yo”. Ha habido veces en las que no me enorgullece la especie a la que pertenezco.

 

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Alan Santacruz Farfán

Alan Santacruz Farfán

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