Opinión

Dios salve al rey / El banquete de los pordioseros

 

Hace algún tiempo escribí en este mismo espacio una reflexión acerca de lo que para tu servidor, son las tres grandes escuelas del rock en toda la historia del género, Frank Zappa y sus Madres de la Invención como uno de los pilares más sólidos en esta inmensa estructura que trasciende por mucho cualquier intento de clasificación de la música, Zappa está, por supuesto, más allá del bien y del mal, como dijera Nietzsche, y con las Madres de la Invención han tocado cualquier cantidad de buenos músicos que oscilan libre y alegremente entre el jazz y el rock.

Otra gran escuela es la del músico inglés John Mayall, esta es una de las mejores formas de entender el blues desde la trinchera de los blancos. Más allá de las capacidades para hacer blues de John Mayall, de hecho, me queda claro que eso no está en tela de juicio, sin embargo, para los puristas del blues, sería un falta imperdonable el que una persona de raza blanca cometiera la osadía de tocar el blues, sin embargo John Mayall nos dice que sí se puede y estoy seguro que esta es la gran aportación de mayal a la música, no tanto sus incuestionables facultades en la música. No podemos o no debemos medir el valor de la propuesta de Mayall desde la trinchera del virtuosismo musical, de hecho el blues no debe juzgarse desde esta óptica, sería un verdadero disparate, al blues se le juzga desde la perspectiva de la sensibilidad y eso es lo que hace de este lenguaje algo casi exclusivo del afroamericano, no puedes cantar el blues con la misma intensidad y con la misma convicción si no has sufrido las injusticias de la población negra en el sur de los Estados Unidos principalmente. Insisto, ahí está el gran mérito de Mayall, músico inglés que estando muy lejos geográfica y culturalmente de todo lo que representa nacer, vivir y morir en la región del Delta del río Mississippi, supo entender casi a la perfección la esencia del blues y hacerla vida, porque estarás de acuerdo conmigo que no puedes cantar dignamente el blues si no lo haces vida, de hecho esa es la única forma, al menos digna, de poderlo hacer.

También por los Bluesbreakers de John Mayall hemos visto desfilar algunos de los músicos más sobresalientes en la siempre inconclusa historia del rock, algunos de ellos son Eric Clapton, Mick Taylor, Peter Green, John McVie Mike Fleetwood, Aynsley Dunbar, por citar solo unos cuantos.

La otra gran escuela, y es a la que me quiero referir en este Banquete, es la fundada por su alteza real Robert Fripp, fundador, motor móvil y cerebro de King Crimson y tomo como pretexto la más reciente visita de esta agrupación a nuestro país hace unas pocas semanas, cinco noches en la ciudad de México, en el Teatro Metropolitan llenaron de música a los afortunados asistentes a cualquiera de estos conciertos, en algunos de ellos, por cierto, sé que no en todos, incluyeron su homenaje a David Bowie con una muy afortunada versión del clásico Héroes del Duque de Blanco.

En realidad yo nunca he tenido la oportunidad de ver a la corte del Rey Carmesí tocando en vivo, aquella vez, la noche del 3 de agosto de 1996, justamente lo que ahora amablemente estás leyendo lo escribí el 3 de agosto, pero de 2017, era sábado y tuve que elegir entre casarme o asistir al concierto de King Crimson, tomé la mejor decisión de mi vida y me casé con Cherry, compañera de mi vida y soporte de mi existencia aún más sólido de lo que siempre ha sido la música, particularmente de la corte real de Robert Fripp, así que no los vi en aquella ocasión y tampoco en alguna posterior, pero sin duda, ya llegará el momento.

Pero la más reciente visita de las huestes de Fripp a nuestro país me impulsa a escribir lo que ahora gentilmente estás leyendo, no los vi, pero he pensado muchas cosas respecto a esta reciente vista. Me queda claro que King Crimson es muchas cosas, es rock, es también música de cámara contemporánea, es música demasiado inteligente para ser degustada en el primer bocado, es música muy exigente, incluso para quien escucha, no sólo para quienes la interpretan, si amigos melómanos, King Crimson es sobre todo Robert Fripp, o sea, así pero no al mismo tiempo, porque los discos publicados por Fripp como solista, sin cobijarse con el mágico manto del nombre King Crimson resultan ser muy diferentes al sonido característico del Rey Carmesí, de hecho, en esto consiste la identidad, no importa cuántos músicos han pasado por ahí, ¿te acuerdos de algunos?, Greg Lake, John Wetton, Adrian Belew, Tony Levin, que por cierto sigue ahí, Trey Gunn que tocó en Aguascalientes hace unos meses, David Cross, Ian McDonald, Bill Bruford, Michael Giles, Peter Sinfield, en fin, no acabaríamos, sin embargo, a pesar de todos estos cambios, el grupo mantiene su identidad, más que su sonido, este evidentemente cambia con la participación de todo el ejército de músicos que han tocado ahí, pero lo interesante es que la identidad es la misma.

En su más reciente visita a México nos sorprendió con ocho músicos, algunos viejos conocidos, como por ejemplo, Tony Levin, Pat Mastelotto, Mel Collins, en fin, nos presentó una propuesta de tres bateristas sin caer en la grosería del exceso, nada, todo en su lugar, si acaso algo habría que extrañarle es la falta de Adrian Belew, a quien yo entiendo como su alter ego, sin embargo King Crimson está ahí vigente y joven recordándonos que el rey no ha muerto, Dios salve al rey.

 

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Rodolfo Popoca Perches

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