Opinión

¿Dónde habitan los argumentos? / El peso de las razones

 

 

Es común un movimiento dialéctico en nuestras discusiones más acaloradas que consiste en atacar al contrincante señalando que no ha brindado argumentos. Adicionalmente, se le pueden señalar cosas como “Sólo me has expresado tu opinión”, “No me has proporcionado razones”, “Eso es sólo lo que tú crees” … Lo cierto es que, de manera intuitiva, pensamos que los argumentos son garantes de la racionalidad: pedimos a nuestros interlocutores, ante el desacuerdo, que defiendan su posición y no sólo la manifiesten. Lo hacemos, entre otras cosas, quizá porque creemos que una norma importante de nuestra racionalidad consiste en creer cosas para las que tenemos buenas razones en su favor. Así, ante el intento de persuasión de un adversario sobre lo contrario a lo que creemos, pedimos que esgrima mejores razones de las que nosotros disponemos para creer lo que creemos.

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Lo cierto es que no todos los contextos favorecen o son propicios para la argumentación. Ante un necio o ante alguien que todo lo toma a broma los argumentos son armas impotentes (esto lo vio bien, como muchas otras cosas, Aristóteles). También, los argumentos resultan habitualmente innecesarios cuando todas y todos opinamos lo mismo. Ante el consenso generalizado, la argumentación en ocasiones resulta redundante. Aunque no se requiere de manera necesaria el disenso para la argumentación -pues también argumentamos para explicitar presupuestos, organizar el sistema teórico, reforzar lazos humanos y cooperar en la exploración de un tema- lo cierto es que la pluralidad de nuestras sociedades democráticas favorece la ubicuidad de la argumentación. No obstante, también nuestras sociedades democráticas y su posmoderno relativismo pueden hacer un flaco favor al ejercicio de nuestra racionalidad mediante la argumentación.

Ralph Johnson, teórico de la argumentación de la Universidad de Windsor, considera que hay contextos que favorecen especialmente los intercambios argumentativos. En su Manifest Rationality (2000), señala cuatro factores que determinan la mayor o menor incidencia de la argumentación:

En primer lugar, los intereses comunes. Además de nuestros intereses como individuos, los animales humanos compartimos intereses en tanto miembros de la misma especie o del mismo grupo (sea éste una familia, una población, un Estado…). En particular, nos interesa facilitar la convivencia de todas y todos. Como en una sociedad democrática es de esperarse que ciudadanas y ciudadanos tengan preferencias y puntos de vista diversos e incluso incompatibles, la convivencia resulta un proyecto común para el que la argumentación a menudo resulta imprescindible: se puede facilitar la convivencia de muchas maneras, pero al ser la argumentación un reflejo de nuestra racionalidad, coordinarnos por medio de argumentos parece una manera especialmente legítima y poco violenta.

En segundo lugar, los puntos de vista diferentes. Como señalaba al inicio, el disenso no es condición necesaria para la argumentación, pero la promueve. Argumentamos, sobre todo, cuando lo que intentamos justificar mediante argumentos resulta al menos cuestionable. En este sentido, mientras más plural resulta una sociedad mayor es el caldo de cultivo para la argumentación.

En tercer lugar, la confianza en la racionalidad. Por mucho que existan puntos de vista diferentes entre una población, si no existe confianza en la racionalidad, la argumentación no parece una vía prometedora para guiarnos en nuestras creencias. Confiar en la racionalidad significa creer que guiarnos por las mejores razones disponibles es la mejor manera de tener las mejores creencias. Ante el relativismo posmoderno, la argumentación se ve acechada por innumerables vicios epistemológicos: las personas creen que es lícito creer algo simplemente porque ya lo creen, porque quieren creerlo, porque lo creen las y los que pertenecen a su grupo, porque así siempre lo han creído o porque les conviene creerlo. Ante el pensamiento egocéntrico, confiar en la racionalidad, aunque no sea el ideal más alto de nuestra cultura, debe ser una condición presente para que la argumentación se instaure como una práctica que nos permita facilitar la convivencia y resolver conflictos de creencias.

Por último, la apertura al cambio. Argumentar públicamente sería inútil si las personas fueran incapaces de cambiar sus creencias y sus puntos de vista. Estar abierto al cambio -ser falibilista- significa creer que es posible que lo que creemos es falso. Es estar dispuesto a ofrecer razones y escuchar y evaluar las contrarias. Sin falibilismo, la argumentación más temprano que tarde se topa con el inmenso y grueso muro del dogmatismo.

Por mi parte, creo que las condiciones que menciona Johnson nos permiten detectar las características que como sociedad debemos promover. Si la argumentación es un modo especialmente legítimo, en tanto reflejo de nuestra racionalidad, de favorecer la convivencia de las personas en sociedades plurales, deberíamos favorecer a su vez los factores que determinan una mayor incidencia de las prácticas argumentativas. La argumentación se da en el medio del dogmatismo y el relativismo: los dos extremos viciosos de nuestra racionalidad.

 

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Mario Gensollen

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