Opinión

Duelos / Piel curtida

A dos horas de distancia

“No te quiero como lo habías pensado”, es lo que esperaba escuchar de sus delgados labios cada que le repetía que todo se reducía a algo simple: no me quería de la forma en que yo lo hacía o, al menos, nuestras perspectivas sobre el romance no eran compatibles. Estábamos en una asimetría que volcaría los pesos hacia una de las partes y, aunque habría responsabilidades por asignar de acuerdo a cada una de nuestras experiencias con el otro, no había culpables, sólo éramos dos personas intentando una confluencia que se fragua como deseo de manera individual, pero a la vez colectiva.

Aunque el amor, las relaciones íntimas interpersonales, son experiencias químicas e individuales no pueden escaparse de estar impregnadas de características sociales que se configuran a partir de la colectividad, pasando por normas, expectativas, prejuicios, prohibiciones y estigmas; y es que la asociación también es un recurso de sobrevivencia. Además de sus elementos idílicos, el amor es un fenómeno atravesado por otros tantos. Si intenta viajar solo, identificará que la oferta de hospedajes parte de habitaciones para dos personas, en los centros nocturnos se observa con extrañeza a quien planea estar solo durante la noche, e incluso en los sitios culturales emana la mirada acuciosa ante los solitarios. Es así que pocos escapan a esta necesidad fermentada socialmente, al igual que al desamor, los duelos, que por su cariz trágico merecen ser asumidos con responsabilidad y empatía por ambas partes en favor de una mayor resiliencia, la contención de otras problemáticas y si se quiere, de manera romántica, en honor a un cariño que existió en su momento.

Durante los procesos de negación, ira, tristeza y aceptación se comparte la experiencia dolorosa con familiares y amigos en busca de claridad, como ayuda para emitir una sentencia donde se es juez, acusado, denunciante, cómplice y fiscal; por lo que dejando de lado las relaciones que se concluyen por violencia, las rupturas podrían ser más sanas si se recurre a la honestidad ya que, al expresar de manera directa a la contraparte la visión de lo que se tenía en juego, aunque pueda ser corrosiva e hiriente en principio, ofrece un escenario más nítido, permitiendo que cada uno asuma y señale responsabilidades, minimizando las preguntas y supuestos que roban el sueño y que no logran ser respondidas por el eco.

Es necesario forjar en las personas la capacidad de sobrellevar duelos responsables, donde las emociones se enfoquen a los procesos particulares dolorosos en busca de su sanación, evitando que se transformen en venganzas que pueden llegar a afectar a terceros o incluso dañando más a los afligidos. Por supuesto que las separaciones afectivas, incluso como procesos químicos, se enfrentan a periodos de ansiedad, como el cuerpo que se acostumbra a la dosis de un compuesto y deja de recibirlo o percibirlo, pero también está la capacidad de raciocinio en busca de un ambiente más armónico entre los seres humanos. El mundo tiene bastante odio como para dar continuidad a los duelos sustentados en el rencor.

Durante la última década se ha hablado de un mundo contemporáneo donde impera el amor líquido, una propuesta teórica de Zygmunt Bauman, pero que también se comenta en el día a día al señalar la falta de compromiso. Sin embargo, esto no significa que se cuestionen los divorcios o separaciones que son necesarias para salvaguardar la integridad de las personas o brindar ambientes más armónicos, sino que somete a análisis el desarrollo de vínculos afectivos frágiles, incluso con uno mismo, que buscan satisfacciones momentáneas. La propuesta no es que volvamos al esquema del amor ciego que sufre amargamente por sólo mantener un nexo, sino buscar la libertad, el reconocimiento de sí mismo para consolidar un amor propio que permita situarnos en el mundo para plantear con honestidad y congruencia lo que buscamos en una asociación. Somos seres humanos en busca de encontrar hogares donde se pueda ser y coexistir, incluso solos, pero en caso de desearlo en compañía es correcto y necesario partir de la consciencia, la congruencia y la honestidad, elementos que incluso podrían ayudarnos a reconocer otras formas de convivencia que, insospechadas, darían paso a urdimbres más estrechas.

En un mundo cada vez más complejo en lo económico, donde se expone cada vez más el odio y la individualización se presenta como un falso narcotizante, el amor es una nueva frontera por conquistar para la racionalidad y abriría grandes brechas si se reconoce como un fenómeno holístico. Aún más inhóspito parece el desamor, que no debería traducirse como embate, sino como un desencuentro en un plano particular, reconociendo que, como experiencias, forjan y construyen de alguna u otra forma.

En mi último desencuentro no fue posible evitar las emociones de la tragedia inherente a todo tipo de separación, pero fue esperanzador la capacidad de honestidad que nos brindamos, reconociendo la racionalidad como un recurso para un mejor entorno. El gusto por la ciencia, él por las ciencias ambientales y yo por las ciencias sociales, era algo que nos había acercado, aunque la dualidad se haría presente hacia un cisma que no podría subsanar lo interdisciplinar. Entre el drama que nos aproximó aún más en medio de música y nubes, la libre expresión de lo socialmente patologizado y la búsqueda de un lugar dónde ser sin exigencias, pudimos confluir para reflejarnos y, cada uno, reencontrarse. Nos preguntábamos cantando cómo desprendernos de ese frenesí, de esa química que nos hacíamos sentir, y la respuesta fue sentarnos siendo honestos. Fue así que al término, me abrazó hundiendo su nariz entre la clavícula y mi quijada, inhalando fuerte, como la primera vez que le vi, pero esta vez para despedirse y sumarse a la historia de una propia experiencia en busca de aquello que tanto malestar y bienestar ha producido a lo largo de la historia de la humanidad pero que aún no nos atrevemos a escudriñar.

 

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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