Opinión

El fin de la CDMX II / A lomo de palabra

novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día

Octavio Paz*

 

Decrépita y zagala, la avejentada y diligente, la siempre nueva y cada vez más artrítica, la irreconocible e inconfundible Ciudad de México no ha dejado de mutar desde que, atendiendo las instrucciones que le giró en sueños un terrible dios furibundo disfrazado de colibrí, el guía de un hatajo de parias desposeídos y apestados declaró que entonces era por fin el momento de dar por terminado su peregrinaje, y ahí el lugar para comenzar hacer patria: justo encima y a partir de aquel islote sobre el cual un águila posada en un tunal grande y coposo se estaba despachando a una serpiente. Huitzilopochtli les había cumplido. Pronto va a ser cosa de siete siglos que esto sucedió: de acuerdo al Códice mendocino, en el año II calli, 1325 en el calendario cristiano. Habían transcurrido cuatro ciclos de 52 años desde que partieron de Aztlán los aztecas, quienes luego se llamaron a sí mismos mexicas. La ubicación geográfica precisa del origen norteño de aquel pueblo nahuatlaca es incierta, no así la ironía toponímica con que la memoria y la suerte suelen divertirse: “El Aztlán de los viejos mexicanos, el que hoy llaman Nuevo México”, según dejó escrito don Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1520-1610) en su Crónica mexicáyotl.

 

la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,

   la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos

Octavio Paz

 

En aquel remoto comienzo, la ciudad era muy muy poco, pero algo mucho más que nada, porque siendo apenas una promesa de futuro rodeada de agua ya tenía un nombre magnífico: como los agarró dormidos, fue el mismísimo Huitzilopochtli quien decidió y a través de un sueño ordenó: “le pongo por nombre Tenuchtitlan”. Así lo narra la Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias, en la que se reitera, ¡faltaba más!: “Este nombre tiene hasta hoy esta Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada por los mexicanos se llamó México, que quiere decir ‘Lugar de los mexicanos’”.

 

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra

y nos devora, nos inventa y nos olvida

Octavio Paz

 

La fundación de México-Tenochtitlán -que pudo haber acaecido el 18 de julio de 1327 (Góngora) o nueve años atrás (Anales de Cuauhtitlán) o entre 1314 y 1332 (Códice Vaticano) o el 20 de junio de 1325 (Anales de Tlatelolco)- fue la segunda fundación de México. Los mexicas antes ya habían fundado en falso otro México. La primera ciudad de México, la celeste, fue establecida en Coatepéc, un cerro cercano a Tula. A principios de este siglo XXI, los arqueólogos Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar lograron probar que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, en donde todavía hoy en las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec perdura la tradición oral de que “allí iba a ser México”. Pero por un enojo de Huitzilopochtli que no viene a cuento recordar aquí, aquel México llegaría a su fin porque habría de ser secado, de tal suerte que los mexicas tuvieron que abandonarlo para andar a salto de mata otra vez durante otros años, hasta que hallaron el susodicho islote con el nopal en el que el ave de rapiña devoraba a una serpiente. El segundo México fue fundado con un segundo nombre: Tenochtitlán… Luego, poco menos de doscientos años después, el Imperio Mexica dejaría de existir: “El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, y el fin del imperio de los culúas o tenochcas o mexicas o aztecas ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito…” (Hernán Cortés, José Luis Martínez). Al último Huey Tlatoani de México-Tenochtitlán lo atraparon en el agua, cunado la canoa en la que trataba de escapar con su familia fue alcanzada por el bergantín piloteado por un español de apellidos García Holguin.

 

estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en otra,

idéntica aunque sea distinta

Octavio Paz

 

Cortés y sus aliados indígenas aniquilaron a los mexicas: la población fue exterminada y México-Tenochtitlán destruida. La ciudad dejaría de existir como hasta entonces se conocía. Una vez sitiada la ciudad, para ir cerrando el cerco, Cortés optó por un estratagema con el que fue devastando poco a poco la capital tenochca: “Cada día era un combate, y aunque la ventaja quedaba siempre para los españoles, teniendo que volver a sus campamentos por la noche, la actividad de los mexicanos reparaba… y levantaba nuevos parapetos, con lo que se encontraban los sitiadores en la necesidad de recomenzar cada día la misma obra. Visto esto determinó Cortés establecerse en la ciudad, a medida que… avanzase, y para esto destruir los edificios y cegar las acequias con los escombros…” -elata Lucas Alamán en sus Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana (1844)- “Los auxiliares de los españoles trabajaban con empeño en esta obra de desolación, y los mexicanos viéndolos desde sus trincheras les gritaban: ‘Tirad, tirad nuestras casas; si nosotros venciéremos tendréis que reedificarlas para nosotros, y si el triunfo fuere de los españoles, las levantareis para ellos’”. Y así sería: manos indígenas habrían de eregir la nueva ciudad de México-Tenochtitlán, la novohispana.

@gcastroibarra

 

* Tomo todos los versos del poema “Hablo de la ciudad”, publicado por Octavio Paz en la edición de septiembre de 1986 de la revista Vuelta.

 


Vídeo Recomendado


The Author

Germán Castro

Germán Castro

No Comment

¡Participa!