Opinión

¿Por qué no les creemos a los mentirosos? / El peso de las razones

 

“¿Jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?”, preguntan los abogados a los testigos en los juicios orales en Estados Unidos. Y es que deseamos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¡Vaya aspiración! Para los animales humanos la verdad es un bien fundamental: deseamos creer cosas verdaderas porque creer algo es ya creer que ese algo es verdadero o al menos probable, y porque tener creencias verdaderas nos es útil para conseguir algunas de nuestras innumerables metas. El problema es que para alcanzar la verdad muchas veces dependemos de los demás.

Una buena parte de nuestro conocimiento sobre el mundo es producto del testimonio oral o escrito de otras personas. El resultado del partido de la noche anterior que no vimos, los hechos relatados en las noticias locales, la fecha de caducidad de un producto que tenemos en el refrigerador, la hora del día cuando no tenemos un reloj a la mano, los diagnósticos médicos, el contenido de un medicamento, lo que afirma un testigo en un juicio que determinará la inocencia o culpabilidad de una persona, gran parte de las conclusiones del trabajo de científicas y científicos, todos ellos son casos en los que predomina la presencia del testimonio. Sin testimonios, nuestro conocimiento se vería fuertemente empobrecido.

El testimonio es un factor externo al individuo que afecta su proceso de formación de creencias y constituye un factor que preserva y transmite información no sólo de individuos a individuos, sino de generación a generación. Dicha información puede ser de importancia científica o histórica. En caso de que se trate de información científica, podemos percatarnos que el testimonio es económico, pues nos permite ahorrar tiempo de experimentación y confirmación de hipótesis: la repetición de todos los experimentos del pasado sería prácticamente imposible. El testimonio supone, por tanto, confianza compartida entre los integrantes de un grupo o comunidad. En este sentido, también el testimonio es un factor externo que acorta distancias temporales y espaciales.

A pesar de la importancia del testimonio, nos percatamos día con día de su fragilidad: los testigos pueden mentirnos. Con esta constante posibilidad en mente, los animales humanos buscamos la manera de detectar falsos testimonios.

El detector de mentiras o polígrafo fue creado por primera vez por John Augustus Larson (1892-1965), un empleado a tiempo parcial del Departamento de Policía, quien cursaba su doctorado en fisiología en la Universidad de California en Berkeley. Mientras estudiaba los interrogatorios que se llevaban a cabo en el Departamento de Policía de su localidad, se le ocurrió la idea de un dispositivo que detectara el nerviosismo de una persona cuando estaba siendo interrogada a través de los cambios en su presión arterial y sus frecuencias respiratorias. Larson diseñó finalmente un método para registrar esta información en un rollo de papel que posteriormente podría ser evaluado. Debido a que Larson nunca solicitó la patente de su invento, ésta quedó en manos de Leonarde Keeler (1903-1949). Keeler creció en Berkeley y fue discípulo de Larson. Una vez que fue empleado de tiempo completo en el Departamento de Policía, comenzó a probar maneras de mejorar el polígrafo. Diseñó un primer dispositivo para registrar la presión arterial y fue el primer estadunidense en recibir una patente, en 1925, de un detector de mentiras. Después de que su primer dispositivo se perdiera en un incendio, Keeler recibió fondos de la Western Electro Mechanical Company, con los que fabricó y vendió con éxito detectores de mentiras a todos los departamentos de policía del país. Keeler también fundó el Keeler Polygraph Institute en 1948. Además de dirigir la escuela, continuó trabajando como consultor el resto de su vida.

Los polígrafos actuales emplean software para ayudar con la realización de la prueba, así como con la evaluación de los resultados. Pero, ¿funcionan? Aunque la American Polygraph Association afirma que el dispositivo es preciso en más del 90% de los casos para la detección de mentiras, este porcentaje de aciertos ha sido puesto en duda por muchas científicas y científicos. En primer lugar, el polígrafo registra respuestas emocionales, las cuales pueden incluir miedo, ansiedad y otras emociones. Pero, ¿acaso una respuesta emocional específica en es un criterio incuestionable para detectar mentiras? Por esta razón, entre otras, la Suprema Corte de Estados Unidos restringió el uso de polígrafos en procedimientos judiciales en 1998. De manera adicional, no está permitido el uso de polígrafos por parte de las empresas cuando buscan contratar empleados honestos. Los críticos del polígrafo señalan también la existencia de técnicas y fármacos que permiten a los testigos vencer al dispositivo. No obstante, la American Polygraph Association afirma que existen beneficios en el uso de detectores de mentiras: los solicitantes de empleo son más honestos en completar las solicitudes cuando la poligrafía es parte del proceso. A nivel psicológico, esto tiene sentido. Si un candidato piensa que puede ser atrapado en una mentira, entonces es mucho menos probable que mienta. Pero ¿esto se debe a la eficacia del polígrafo o a la creencia del testigo de que puede ser atrapado en su mentira? La segunda opción parece más prometedora.

Dados los problemas que presenta el polígrafo, hemos buscado otras alternativas. Paul Ekman (1934-), profesor jubilado de psicología del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de California en San Francisco, ha señalado la importancia de la comunicación no verbal -expresiones faciales y gestos- para la detección de mentiras. Aunque Ekman ha diseñado formas de entrenamiento para la detección de mentiras, sus detractores ya se cuentan por decenas. En primer lugar, su método depende de una teoría de las emociones que es de suyo cuestionable. Ekman piensa que, por ejemplo, nuestras expresiones faciales comunican nuestras emociones básicas y éstas muchas veces contradicen nuestras expresiones verbales. En estas contradicciones entre la comunicación verbal y no verbal -en las microexpresiones, en particular- Ekman piensa que se encuentran los principales indicios de la mentira. Además, ha tratado de contribuir al estudio de los aspectos sociales de la mentira y de las razones por las que mentimos. Ekman trabaja, actualmente, al lado del investigador Dimitris Metaxas en el diseño de un detector visual de mentiras. Sea éste un camino adecuado de estudio o no, los demás nos siguen mintiendo y seguimos creyendo en sus mentiras.  

Sean o no posibles los dispositivos o los métodos para la detección de la mentira, pienso que no terminaremos nuestra búsqueda de una forma de prevenirnos ante los mentirosos. Por ello, es otra la pregunta que deberíamos hacernos: ¿por qué no le creemos a los mentirosos? La respuesta parece obvia: porque nos dicen cosas falsas y nos importa la verdad. Lo segundo parece evidente, no así lo primero. ¿Acaso mentir es decir cosas falsas? No necesariamente. Mentir no es sinónimo de decir, afirmar o comunicar cosas falsas. Siendo sinceros o mintiendo podemos decir cosas verdaderas o falsas. Si partimos de una de las definiciones clásicas -y curiosamente, a la fecha, de las más precisas- del mentir, que debemos a Aurelio Agustín de Tagaste, “miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos”, por lo mismo es posible “decir algo falso sin mentir, si se piensa que algo es como se dice aunque, en realidad, no sea así. Y se puede decir la verdad, mintiendo, si se piensa que algo es falso y se quiere hacer pasar por verdadero, aunque, de hecho, lo sea” (De Mendacio III, 3).

Lo contrario a la verdad no es la mentira, es la falsedad; así como lo contrario a la mentira es la sinceridad, no la verdad. Si un mentiroso no necesariamente dice cosas falsas, ¿por qué no le creemos? Existen al menos cuatro posibilidades. La primera -demasiado trivial- consiste en señalar que el que miente siempre comunica algo falso, al menos con respecto a sus propias creencias: al comunicarnos que cree algo que no cree, nos dice así algo falso con respecto a sí mismo. Pero que la gente diga cosas falsas sobre sus propias creencias no parece un motivo poderoso para dejar de creer sin más en los mentirosos: pueden decirnos cosas verdaderas con respecto a lo que mienten, si están equivocados, aunque nos digan algo falso sobre sí mismos. Una segunda posibilidad es que los mentirosos, cuando mienten, sea más probable que nos digan cosas falsas que verdaderas. Esta posibilidad se basa en el supuesto de que la mayoría de las cosas que creen los animales humanos funcionales son verdaderas, si no fuese así no serían funcionales. De este modo, si la mayoría de las cosas que creo son verdaderas, y te comunico algo que no creo, es más probable que sea falso que verdadero aquello que te comunico. No obstante, esta posibilidad es poco prometedora, en tanto que la verdad no está distribuida de este modo en todos los animales humanos: no me da una buena razón para no creer en general en los mentirosos. Una tercera posibilidad es que no creemos a los mentirosos porque cuando mienten imposibilitan la comunicación y nuestra capacidad de interpretarlos. La mentira atenta contra la comunicación en tanto ésta presupone que los demás me dicen la verdad, y bajo este supuesto puedo interpretar su conducta verbal y no verbal. Esta posibilidad quizá sea prometedora. Una última posibilidad es que no creamos en los mentirosos porque no son cooperativos. La cooperación entre los miembros de nuestra especie ha hecho que logremos cosas que ninguna otra especie ha logrado. En tanto la mentira no es cooperativa, pues la cooperación supone sinceridad, excluimos a los mentirosos. Esta posibilidad, que no excluye a la anterior, también es prometedora.

“¿Por qué no les creemos a los mentirosos?” es una pregunta filosófica. Como tal, no dejará de intrigarnos. Así como no claudicaremos en nuestro intento de diseñar métodos y/o dispositivos que nos prevengan definitivamente de esos seres insinceros y deshonestos que bloquean e imposibilitan la comunicación humana.

*Agradezco a Marc Jiménez y a Francisco Ramírez varias de las ideas de esta columna.

 

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Mario Gensollen

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