Opinión

$$$ Money $$$ / H+D²

 

El sábado pasado gran parte del mundo miró la “pelea de box” entre un tal Mayweather y un fulano McGregor, los nombres verdaderamente son los de menos, ellos cumplen un guión a la perfección, insultarse, aparecer como dioses paganos, acicalarse para salir en revistas y escenificar durante cientos de horas de transmisión todo aquello que el hombre común fantasea, ser ídolo, amado y odiado, aplaudido y abucheado, ellos siguen su papel como monos con bombín mientras sus paseadores hacen negocios para vender su circo. Esto una vez más demuestra la inmaculada habilidad que tienen los grandes medios y sus empresas de instalar contenido en el imaginario popular creando torres de naipes sostenidas por la mercadotecnia con una impresionante maquinaria económica, el show mediático circense -para otorgarle un término adecuado- no pudo tener mejor epicentro que la ciudad de Las Vegas que es quizá una de las mejores muestras de la decadencia del imperio gringo y destino añorado por todos aquellos lacayos y colonizados culturales, tercermundistas encantados por los cantos de la sirena que gime sexo, dinero, enajenación y violencia.

La pelea tuvo un sólido ganador; la conquista cultural y la idea del éxito económico como único rumbo posible para salir de la aberrante ignominia, éxito exhibido entre mansiones, autos de alta gama, fajones de billetes tirados en la cama del pent-house en el hotel Hilton entre collares de oro sólido y prostitutas, la locura neo-capitalista en todo su esplendor, la miserable riqueza de la manipulación mediática, un mundo de seguidores babeantes que sueñan por un instante vivir las vidas que se muestran en las pantallas de plasma contempladas hasta la saciedad y que sueñan con manejar esos autos, vestir esos trajes, tocar los culos de esas mujeres cosificadas y ser el bravucón que despotrica y escupe, sueños embelesados por el himno gringo que retumba al comenzar el combate.

Este fenómeno de manipulación y enajenación claramente no es nuevo ni mucho menos oculto, sin embargo una vez más los titiriteros conectaron un nocaut bastante técnico y preciso a su larga lista de victorias, dieron un golpe certero en su demostración de que todo aquello que quieran vender e instalar por sus medios de comunicación será comprado y adquirido sin chistar, sea una pseudo pelea de box, encumbrar a presidente a un multimillonario nacional-racista, inventar armas de destrucción nuclear para invadir un país, desaparecer torres gemelas o derrocar presidentes latinoamericanos necios y obstinados en no venderles petróleo barato para seguir manteniendo a su ejército genocida que es el sostén de su hegemonía.

Este consumo de contenido que mediante su distribución llega a cualquier rincón del mundo solo es entendible con base en las repetidoras locales que compran los derechos de transmisión y llenan su grilla de basura internacional (generalmente series, programas y deportes gringos) y ahí tenemos a las grandes televisoras de este país como cuerpos putrefactos que caminan por el vergonzoso tramo de lo burdo y lo repetitivo, binomio que aún funciona para enajenar y venderle cuanta basura se pueda a una población analfabeta culturalmente, población valiosa como bono temporal para ganar elecciones y mantener el status quo -entre decenas de pícaros detalles más- población que aunque la clase burguesa y dominante aborrezca es el sector al que más procuran manteniéndole entretenido entre peleas colosales diferidas, partidos moleros de futbol, cándidas novelas de personajes reales de la farándula ficticia y programas matutinos de entretenimiento soso y clasista.

Al final tal vez lo más amargo, lo más jodido, es que lo único que millones de personas buscamos el pasado sábado por la noche no fue nada más que tener la posibilidad de entretención, de evadirnos por un instante de esta realidad dura y exfoliante, de adormecer las ideas y adherir al sinsentido que es la esencia de la vida misma, tal vez evadirse de una realidad llena de golpes, sangre y violencia, que al menos por un instante y al sonar la campana haya un ser entre miles de millones -el que sea es lo de menos- que levante en alto el puño de la victoria, esto a su vez también es la esencia misma del imperio capitalista; el triunfo individual, el éxito que solo puede ser reflejado por el dinero, la historia unipersonal, ganar a como dé lugar, la gloria del ego. Tal vez no sea enajenación ni entretenimiento, tal vez solo sea consumir la ilusión de la esperanza.


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Néstor Damián Ortega

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