Opinión

Negligentes o afortunados / El peso de las razones

La suerte es una mano, ávida, hiperbólica,

un pulgar inesperado sobre el lomo de una pulga.

La suerte es gato manso. Una sola elemental

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partícula de gato. La suerte se relame, arquea el lomo.

La suerte es una exacta catástrofe de aviones.

Una fragancia vana, singular,

un llanto fresco. La suerte es un fragmento de metralla.

Renato Tinajero, Fábulas e historias de estrategas

 

Para la Real Academia Española, negligencia (del latín negligentia) indica descuido, falta de cuidado o falta de aplicación en general. El diccionario jurídico mexicano acota el problema de la negligencia a casos médicos: “Es la irregularidad del prestador de servicios de atención médica, quien, conociendo los procedimientos que resultan convenientes para el diagnóstico o tratamiento del paciente, por indolencia, desidia, descuido, despreocupación u olvido, omite efectuarlos, ocasionando resultados desfavorables en la salud y/o la vida del enfermo. En el caso del perito médico Legista o Forense, se observa, cuando por las causas mencionadas, no efectúan el estudio integral del caso, repercutiendo en una opinión deficiente, incompleta o no fundamentada”. El Cambridge Dictionary precisa que la negligence es una falla de cuidado en nuestras acciones, especialmente laborales, con la que podemos afectar a otras personas. Al igual que la RAE, considera que ‘descuido’ es su sinónimo habitual.

Los filósofos morales han seguido esta línea idiomática. Sólo han realizado una precisión considerable: llaman ‘negligente’ a una acción en la que se falla en un estándar de cuidado.  De manera independiente a si las acciones son laborales o no, han considerado que podemos juzgar una acción como negligente si quien la realiza fue descuidado en un grado que se hubiera esperado que no lo fuera.

El primer problema con nuestro concepto de negligencia radica en su flexible aplicación jurídica. Para la tradición del civil law, de la que deriva el sistema mexicano, la fuente del derecho es fundamentalmente la ley. Por sus raíces en el derecho romano, el civil law considera que una acción debe ser evaluada a partir de la ley vigente en el territorio en el que se llevó a cabo. De manera muy general, el trabajo de evaluación es comparativo: se compara la adecuación de la ley con la acción. En este contexto, puede entenderse que en México se consideren negligentes acciones que atentan contra códigos laborales explícitos de conducta. La práctica médica -de ahí la acotación que realiza el diccionario jurídico mexicano- es de las pocas, debido a las evidentes repercusiones en la vida de terceros, que cuenta con códigos explícitos. Así, la negligencia es una falla específica de la acción con respecto a normas conocidas: una de indolencia, desidia, descuido, despreocupación u olvido. Por el contrario, en la tradición jurídica del common law, el derecho anglosajón, la fuente del derecho es jurisprudencial. De ahí su apego a los inmensos cromatismos y detalles de cada caso. En este otro contexto, la negligencia es un concepto mucho más general y extendido. No hacen falta leyes o códigos explícitos que sean contravenidos por una acción para que sea considerada negligente. Basta que, dependiendo las consecuencias de la acción realizada, a posteriori exista una descripción de la acción como descuidada para ser considerada negligente. Ahora puede entenderse que la negligencia sea un concepto jurídico (y moral) mucho más extenso y flexible en el mundo anglosajón.

El segundo problema de la negligencia, específicamente en la tradición del common law, reside en que termina dependiendo no del descuido de quien realiza la acción, sino de las consecuencias de la misma. Aunque se nos dice que una acción es negligente si quien la realiza no cumplió un estándar de cuidado, lo cierto es que es negligente aquél cuya acción tuvo consecuencias negativas imprevistas. Si mientras veo una película en el piso de la sala con mis amigos, me levanto, piso la mano de uno de ellos y le rompo un hueso, mi acción es negligente porque mi descuido le rompió la mano, no por mi descuido per se. Si me levanté con descuido y no pise ni rompí ninguna mano, nadie me juzgará de negligente. El problema reside en que la negligencia no depende entonces del descuido, sino de la suerte. Un médico que no durmió bien, que no ha comido nada en todo el día, que está atiborrado de problemas personales, que por todo ello descuida el procedimiento en una operación, pero por fortuna no afecta a su paciente, no será juzgado por negligencia. En otro caso, sin que cambie nada más que las consecuencias, el médico será juzgado como negligente si afectó a su paciente. La suerte determina más de lo que podríamos imaginar la vida de los animales humanos.

El concepto de negligencia es un concepto jurídico (en la tradición anglosajona) y moral (en la tradición romana) ad hoc: cualquier acción que tenga consecuencias negativas imprevistas puede ser considerada a posteriori negligente dada alguna descripción. Esta terrible flexibilidad amenaza con volver al concepto inútil. Todos siempre somos negligentes -si nos salen mal las cosas- por el simple hecho de no ser omniscientes: los seres humanos no controlamos en su totalidad las consecuencias de nuestras acciones. Ser humanos es ser descuidados siempre en alguna medida. Es nuestro sino: en cualquier circunstancia siempre podríamos haber sido más cuidadosos. El concepto de negligencia ilumina la naturaleza de muchos de nuestros conceptos morales y su habitual dependencia de la buena fortuna. Para cada acción, o fuimos negligentes o fuimos afortunados: ¡vaya lío!

 

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Mario Gensollen

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