Opinión

Política, religión y futbol / Debate electoral

Durante una plática con amigos, coincidíamos en que la política era una actividad apasionante. Me explico: cuando entendemos por política la actividad humana que provee de elementos para el bienestar de una colectividad, resulta relativamente fácil, hablando coloquialmente, tomar bandera y morirse con la de uno. Es decir, en este tipo de temas siempre vamos a tener una opinión, muy válida, y pocas veces vamos a querer cambiar, porque tendemos a creer que la nuestra, si bien no es la única, si es la mejor. Hasta eso: concedemos que puede haber otras opiniones… pero no les damos el mismo valor que a la propia. Y eso nos puede llevar al apasionamiento y, a veces, hasta derivar en violencia.

A las pruebas me remito: en algunos programas que implementamos con jóvenes de bachillerato, próximos a ejercer su derecho a votar, para tratar de inmiscuirlos en la participación política, había un ejercicio muy singular: el instructor contaba una historia catastrófica en la que solamente podías salvar tres objetos personales de distinta valía. Los había muy valiosos económicamente hablando, como un cuadro de Frida Kahlo, o una colección de monedas; los había de un significado emotivo no por ello menos valioso, como el anillo de bodas de sus padres o el álbum de fotografías familiar con imágenes de tres generaciones atrás. Incluso, en el ejemplo había objetos de enorme valía, pero tan cotidianos, que pasaban desapercibidos, como las llaves de la casa, un par de botas, la cartera o tarjetas de crédito.

El ejercicio era simple: en el salón de clases y luego de contarles la historia en la que se vivía la catástrofe, cada joven en lo individual debía elegir, de una lista de 30 cosas, las tres que le resultaran más valiosas/útiles, en lo que se solucionaba el problema sobrenatural. Claro, los otros 27 objetos que no se rescataban, irremediablemente se perdían. Se pedía que, al cabo de un tiempo, dos o tres voluntarios mencionaran cuáles habían sido sus objetos salvados y la razón de ello, discursos que, naturalmente se interrumpían por rechiflas y abucheos, entre señas de aprobación y el jaloneo entre el instructor y los jóvenes que a duras penas querían participar.

Pero el ejercicio no terminaba ahí: se les pedía que, según como estuvieran acomodados en el salón, por filas llegaran a un acuerdo. Solo se podrían rescatar tres objetos por fila y tenían que llegar a la conclusión, dialogando, de cuáles eran los tres mejores objetos por salvar. Aquí se empezaba a notar un cambio entre aquellos que no participaban en la primera fase, y en esta defendían sus razones a llevarse tal o cual cosa. Después de un prudente tiempo de deliberación la fila nombraba un representante para que, según el instructor, las mencionara en voz alta.

Aquí es donde el instructor daba un giro a la dinámica, porque en lugar de que cada representante mencionara sus objetos, los invitaba a salir del salón a que se pusieran de acuerdo y rescataran solo tres cosas para todo el grupo.

Poco importaba si el ejercicio lo hacíamos en un colegio de paga del norte de la ciudad o en un CBTis de un municipio, si estábamos en un grupo numeroso de un Conalep o en un grupo pequeño de algún Cecyt. El resultado siempre era el mismo: Para estas alturas los chamacos ya habían tomado su bandera y estaban dispuestos a lo que fuera con tal de defender lo que ellos creían era la mejor opción.

Aquellos que en un principio no participaban, o que les sacábamos una palabra con tirabuzón, ahora eran todo gritos y palmadas para que su representante prefiriera salvar su inexistente guitarra antes que una mascota imaginaria.

Esa respuesta, siempre la atribuimos a lo apasionante que es la actividad política. Conozco mucha gente, ya instalados en la realidad, con la que resulta verdaderamente imposible platicar dos frases de política luego de haber estado horas y horas hablando de otros temas. Conozco mucha más gente que se muestra seria, ecuánime las más de las veces, hasta que se sienta en una mesa a defender sus ideales y sus convicciones. Se convierten en verdaderos oradores aquellos que eran callados y exigentes los que apenas si pedían las cosas con voz queda.

Pero no debe de sorprendernos. Antes bien debemos de ser receptivos a todas las opiniones que nos rodean. De la misma manera en que uno adopta una posición por gusto, por interés o hasta por conveniencia, otro puede estar haciéndolo de la misma manera por otra postura totalmente contraria.

Qué nos exigen las actuales condiciones en que se avecina el proceso electoral más grande de la historia: que ejerzamos democracia. No hablo de votar simplemente, sino de ejercerla a través de los valores. Sobre todo de tres: Tolerancia, respeto y participación. Tolerar no es sinónimo de aguantar, sino de saber que el otro tiene una postura distinta a la mía, pero igual de válida, la cual debemos considerar, si bien no asumir. Todo ello en un ánimo de acción, de tomar parte.

Eso es lo que se espera de un buen ciudadano. Que podamos hablar, entre otros temas, de política, religión y de futbol respetando nuestras diferencias, validando nuestras preferencias y participando, con el diálogo por ejemplo, para llegar a acuerdos.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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