Opinión

El PRI a prueba II / Memoria de espejos rotos

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Your day breaks, your mind aches,

there will be times when all the things she said will fill your head

You won’t forget her …

For no one – The Beatles.

 

Hace un año usé este espacio para hablar del PRI y de los retos que enfrentaba luego de la derrota general de las elecciones locales del 5 de junio de ese año, cuando se disputaron 12 gubernaturas, casi un millar de alcaldías, y alrededor de 400 escaños legislativos locales. Esta elección significó una posibilidad de aprendizaje para el PRI, que -vemos a un año- no se supo aquilatar. Los casos de sus exgobernadores prófugos, indiciados, o vinculados a proceso dieron prueba de ello. El suceso del socavón carretero en la México-Cuernavaca, también. La violencia sin cesar y el alza en las cifras de muertos vinculados al crimen, también. Sólo por cotejar, pongo el vínculo de aquella Memoria de espejos rotos de junio de 2016 para que sea usted quien juzgue los actos al paso del tiempo. Ese texto está disponible en este enlace: https://goo.gl/aYUqN2

A un año de distancia de aquella derrota electoral, el PRI se prepara mediante su XXII Asamblea Nacional, para perfilar los términos con los que abordará la elección presidencial 2018. Esta Asamblea se celebra cada tres años, y es el órgano supremo del partido. En esta ocasión, la asamblea se llevará en discusión preliminar por temas durante el 9 y 10 de junio en distintas sedes, para concluir el sábado 12 en la CDMX. Los temas se dividirán en cinco mesas que debatirán en igual número de ciudades: Campeche (estatutos), Guadalajara (visión de futuro), Mazatlán (rendición de cuentas), Saltillo (declaración de principios), y Toluca (programa de acción).

La importancia práctica de toda la asamblea radica en la mesa de Campeche, porque será en esta en la que se debatan las reformas al artículo 166 de su estatuto interno, mismo que regula la selección del candidato a presidente de la República. Esta es la mayor de las batallas intestinas que afrontará la asamblea priista, porque de ahí se asumirán los términos en los que llega a la elección de 2018. Históricamente, estas asambleas priistas no han sido “miel sobre cornflakes”; recordemos -por ejemplo- la XIII con Miguel de la Madrid en la presidencia de la república, en la que la Corriente Democrática (Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas) irrumpió en el cisma partidista que terminó en la creación del PRD; o la XIV, con Salinas de Gortari en la presidencia del país, en la que Luis Donaldo Colosio intentó “democratizar” al partido, con el desenlace de todos conocido. Así, otras tantas asambleas se han debatido entre la voz de Tlatoani priista en turno, y las intenciones de una base que busca democracia interna contra una oligarquía de militantes que buscan candados a la participación. En la última, la XXI, Peña Nieto jugó costosas cartas ante su militancia, con el número de las reformas estructurales (concretamente, con el histórico cambio de la postura del PRI ante la inversión privada en los energéticos), sin embargo, en mucha parte del voto duro pesa un ánimo de decepción por las derrotas electorales recientes. Una militancia dividida, con decepción y anhelos, augura una asamblea reñida.

En esta mesa, de los estatutos, se juega la batalla mayor. Los bandos son prácticamente dos: quienes “desde arriba” pugnan por mantener los “usos y costumbres del priismo” en la selección de perfiles (candidatos con larga militancia, apoyo de los sectores, elegidos por “unidad” y voto de calidad del ejecutivo; es decir, perpetuar el dedazo); y los que quieren que se quiten candados a la militancia y se abran candidaturas externas o “ciudadanas”, mediante voto efectivo de las bases militantes. El primer escenario (en de la preservación del dedazo) favorece a grupos y perfiles como los de Osorio Chong, o Luis Videgaray. En el otro bando, quitar candados de militancia e invitar a externos a las candidaturas, favorece a perfiles como los de José Antonio Meade, Nuño, o –incluso- José Narro. En este manglar también nadan las aspiraciones de Ivonne Ortega.

Decíamos que la discusión del artículo 166 de sus estatutos internos sería capital. Actualmente ese estatuto sólo permite candidatos externos hasta para el cargo de gobernador; para la candidatura a la Presidencia de la República se exigen al menos diez años de militancia y altas pruebas de apoyo de los sectores del partido. La pugna se dirige a que incluso la candidatura a presidente de la República se le pueda conceder a un externo, reducir los candados que involucran al apoyo de los sectores y que, para tales efectos, sean válidas las votaciones de la militancia. Esta última parte en pugna es la que abandera Ivonne Ortega. De cómo se acomode la discusión de Campeche, y de la forma en la que se lleve a cabo la operación cicatriz, podremos ver qué tan fortalecido resulta el PRI a lo interno; sin embargo, podemos adelantar algunos escenarios.

1.- Se debilita la posición de Peña Nieto en aras de una “democratización”, en un escenario que podría beneficiar a los dinosaurios que controlan gran parte del voto duro; EPN pierde control, pero gana adhesión de sus propias bases. 2.- Se fortalece la posición de Peña Nieto al posibilitar una candidatura externa o “ciudadana” que refresque la devaluada imagen del PRI; este escenario favorece a los perfiles de Meade o Narro. A cambio, el voto duro controlado por dinosaurios se inconforma. 3.- EPN mantiene el control de la selección de candidaturas sin mucha modificación estatutaria, pero a cambio padece la inconformidad de las bases que no ven bien el dedazo desde arriba. En este escenario se favorecen perfiles como Osorio Chong, o Videgaray. En cualquier escenario, la revoltura del río favorece a perfiles como el de Ivonne Ortega, quien no goza de las preferencias del grupo presidencial.

El cómo se ha movido el PRI en los últimos meses nos da cuenta de cómo el presidente acomoda su mano de cartas. Dos indicios: Meade ha sido colocado en cuanto puesto ejecutivo del gabinete ha podido estar. Pareciera que su estancia en las secretarías ha sido un curso propedéutico de lo que puede ser ejecutar la administración federal, amén de que mediáticamente ha estado a buen resguardo. Paralelamente, el nombramiento de Lorena Martínez en la dirección nacional del Movimiento Territorial habla del control sobre el voto duro que EPN pretende mantener. Lorena Martínez tiene un perfil identificado en el grupo de Osorio Chong, llega al MT luego de que no logró la gubernatura de esta entidad y que en Veracruz no pudo paliar la debacle electoral; sin embargo, ha mantenido su lealtad a EPN. Esta baraja nos permite la siguiente especulación: los esfuerzos de Peña Nieto y sus operadores en la XXII Asamblea Nacional estarán orientados en dos vertientes: Bajar los candados y requisitos para la selección del candidato a la presidencia (concretamente los años de militancia y el apoyo de sectores), pero al mismo tiempo mantener los “usos y costumbres” priistas en los mecanismos de selección, como las “candidaturas de unidad” y demás eufemismos que los priistas usan al referirse al dedazo.

Si nuestra hipótesis es correcta, el delfín de EPN está entre José Antonio Meade y Miguel Ángel Osorio Chong. En este caso, hay muchas fuerzas e inercias internas contra las cuales se habrá de enfrentar en la XXII Asamblea. Pero, en cualquier caso, el desprestigio que arrastra el PRI será el enemigo a vencer, primero; y segundo, la contienda electoral en sí misma. Como fuese, es muy poco probable que el PRI retenga la presidencia de la república en 2018; el INE todavía no es el Instituto Electoral del Estado de México, y el electorado del país está presto al voto de castigo. Lo único que falta para cifrar esta derrota es que la oposición presente mejores opciones electorales, más serias y mejor posicionadas (en las que ni Zavala, ni Anaya, ni Moreno Valle, ni Mancera, caben aún), porque -en una de esas- con la debacle priista, hasta AMLO puede hacerse con la titularidad del ejecutivo federal. Y si con el PRI quedamos hasta la náusea con todos los emblemas de corrupción implicados en el priismo, una administración federal encabezada por Morena podría multiplicar a los Bejaranos, los Tláhuac, los Abarca, las Eva Cadena, los Bartlett, y demás figuras execrables en la política nacional.

 

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