Opinión

Realidad y ficción / Debate electoral

Imagine Usted la escena: Es el día del informe presidencial. Toda la clase política quiere estar en ese momento, en ese lugar. El señor presidente se dirige al legislativo con un discurso que sintetiza los logros de la administración, participa del estado que guarda la nación y establece o refrenda compromisos para lo que resta del mandato.

En el público se puede apreciar a la crema y nata de la política, todos los senadores y diputados prestos a escuchar al titular del ejecutivo, quien se presenta con su gabinete legal y ampliado. Gobernadores, embajadores, invitados especiales. Todos. Absolutamente todos. Menos uno.

Ante la posibilidad de una contingencia, y pensando que el Poder Ejecutivo no puede quedar acéfalo ni por un instante (con todas las implicaciones que puede haber) antes de una ceremonia de tal magnitud el propio presidente designa a una persona que se quede fuera del evento, por si el posible, pero poco probable hecho de que, metafóricamente, se derrumbara el recinto y no solo falleciera él, sino el vicepresidente, los demás miembros del gabinete e incluso el todo el legislativo y que no fuera posible proveer el mecanismo para la sustitución del ejecutivo, y entonces este “sobreviviente designado” tomara las riendas de la administración y así volver una catastrófica parálisis en una ausencia superable en minutos.

Esa es la premisa sobre la que se establece la recomendable serie estadounidense Designated Survivor (sin título en español, aunque uno muy aproximado sería el de “Sobreviviente Designado”) que nos muestra la historia de un miembro del gabinete presidencial de bajo perfil, titular de la cartera de vivienda, proveniente de la iniciativa privada y que hasta el punto en que comienza la serie, se deja entrever que su trabajo desempeñado va acorde a su personalidad gris y mediocre, lo cual se convierte en un lastre ante la posibilidad de la reelección del presidente, de tal suerte que justo el día del informe se anuncia su inminente salida del gabinete. Pero antes, tiene que cumplir con su última y más indigna de las misiones encomendadas: ser designado como el que no va a la fiesta para quedarse a cuidar el changarro.

El protagonista, Thomas Kirkman (interpretado por Kiefer Sutherland), por una parte se nota aliviado ante la posibilidad de disminuir la presión que significa ejercer un puesto de tal nivel, aunque un dejo de molestia se deja entrever por no estar considerado para acudir al festín que se desarrolla a unos metros de donde se encuentra, impedido de placearse, de saludar con efusivas palmadas en la espalda a conocidos y desconocidos, a los líderes, a la prensa. Acompañado de su esposa, con unas palomitas de maíz y cervezas, se dispone a ver el informe presidencial como quien ve un partido de futbol, hasta que, de manera previsible, una explosión acaba con el recinto oficial y el supuesto se convierte en realidad.

Varias cosas son rescatables de la serie, que se encuentra disponible en su primera temporada y con el anuncio del rodaje de por lo menos una más. Quizá la más relevante sea la transformación de un ciudadano partícipe del gobierno, tomador de decisiones de alto nivel pero eminentemente administrativas, en un político que ahora tiene que cuidar formas y fondos. Y además no en cualquier político, sino en el más importante del orbe, el hombre más poderoso del mundo, sea lo que sea que eso signifique.

Otro de los elementos distinguidos de la serie es la operación de la maquinaria gubernamental, donde cada elemento humano, por ejemplo, se identifica como un engrane que hace que funcione ese monstruoso ente que gobierna al país. Cada quien sabe lo que tiene que hacer, incluso ante la adversidad conocida de que su cabeza ha sido arrancada de tajo, y que la nueva, prendida con alfileres, habrá de, igualmente haciendo su deber, demostrar de la misma manera que los demás, que la maquinaria no puede darse el lujo, ni siquiera, de bajar la velocidad, ya no digamos detenerse.

Esta serie, inscrita dentro del género del drama político, se une a la más famosa House of Cards, serie en la que se relata la historia del diputado Francis J. Underwood y su ascenso al poder. Al final ambas series, una con más fortuna que la otra, tratan de mostrar al público los recovecos del Ala Oeste de la Casa Blanca, lugar enigmático donde se han tomado decisiones que han cambiado la vida del mundo entero. Esa fascinación por conocer las entrañas del aparato gubernamental, las componendas, los arreglos, las negociaciones, los triunfos y fracasos de la política interior y exterior hacen de ambas series, dos de las más exitosas en su género de los últimos años.

En ellas la figura alrededor de la cual giran los acontecimientos es el presidente de los Estados Unidos. En ambos casos el arribo al poder fue circunstancial y no por una elección democrática, lo que provoca que en sus respectivas series, posean un déficit de legitimidad. Ambos se colocan, en la ficción, en la Oficina Oval con todas las prerrogativas de los anteriores ocupantes, legalmente son titulares del ejecutivo, sin embargo, carecen en cierto momento de la trama de ese concepto político que, sin embargo, van construyendo capítulo a capítulo, en suspenso como quien desactiva una bomba en menos de veinticuatro horas, o bajo premisas a veces tan frágiles como las cartas que soportan a otras en un castillo de naipes que apenas subsiste con el riesgo siempre latente de su desmoronamiento.

No abundo en detalles, esperando que en este tiempo que para algunos es de descanso si no han tenido la posibilidad, tengan la oportunidad de verlas. Además no soy especialista en crítica televisiva por lo que no podría emitir una opinión más técnica de la realización. Pero las recomiendo en tanto que ambas son el reflejo de una actualidad, en la que al final de cada capítulo cobra vigencia ese dicho popular que reza que la realidad siempre supera a la ficción.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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