Opinión

Troya en ruinas / Por mis ovarios, bohemias

 

La ternura no existe sino para Onán.

Y nadie es misericordioso

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sino consigo mismo.

Nadie es tierno, ni bueno,

ni grandioso en el amor

más que para sus vísceras.

Eduardo Lizalde

 

Para mi Helena: esa Troya te queda chica

 

Hay muchas maneras de comprender el amor. Los teóricos podrán hacer los más eruditos e inverosímiles análisis, o reconstruir su historia, pero en la mayoría de los casos solo es entendido cuando lo sentimos y enunciamos: amor mío. Es lo que se experimenta cuando somos amados y amamos. Cada quien su discurso amoroso.

Mi Helena sufre de amor. Mientras tomamos un trago me cuenta el desasosiego que siente porque su Paris la llevó a una Troya en ruinas donde la ha dejado mucho tiempo sola en espera de su regreso. Las noches que pasaron juntos se han convertido en un recuerdo y tras él viene el reproche del abandono.

Hablar de mal de amores está sobrevalorado. En todo caso, la mezcla de sufrimiento y angustia nos arroja un batido de verdadero amor, tiene que doler para ser real. Aguantar, soportar, esperar, todos los infinitivos que indiquen la valentía con que amamos.

Hablar bien del amor está menospreciado. Ya sabemos de qué van las historias con finales felices. Un cliché que nos hace anhelar a la persona que nos combine, que sus hábitos, valores e intereses sean similares a los nuestros para compartir y descubrir actividades. No hay nada más placentero que conversar, observarse, jugar al cíclope. Esta mezcla nos daría como pronóstico una relación duradera y estable, lo que sigue ansiando el grueso de la humanidad y donde no hay teoría que por más rebuscada, posmo o sicológica nos complemente.

Y si por azares del destino rechazamos esta figura, empezaremos a buscarle por otro lado: poligamia, poliamor, amor libre, rechazo a los celos, al amor romántico, y con esto leer y releer textos que nos ayuden contra esa concepción primigenia, milenaria y cultural de lo que es estar enamorado. Por amor han muerto millones de mujeres en manos de su amado, le repetí a Helena, pero no le importó. No me escuchó cuando mencioné las palabras feminicidio, dominio, autorrealización, libertad, deconstrucción, ni todas esas otras que tratan de romper con el paradigma sentimental.

Bien dice mi madre que no hay que escupir muy alto, pues ni toda la enumeración a Helena me ha servido de mucho para huir de ese lugar común y donde me cae el escupitajo en la cara: vivir el desamor. Ese estar sin el otro. ¿Cómo le hablo a Helena de rupturas culturales si yo misma me encuentro tantas veces en la absoluta necesidad de aquel? Si el amor ha sido producto del patriarcado también lo es el desamor. He visto a las mejores mentes de mi generación morir de amor. Héteros, gays, lésbicas. Académicos e ignorantes, blancos y negros, pobres y ricos, todas las combinaciones posibles.

Egoísmo. Esa palabra sí la escuchó Helena y comenzó la queja. Es que Paris es un egoísta. Es incapaz de mostrarme interés, de dejar de hablar de sí mismo, de quererme como soy. A esa altura de la noche, con más de tres tragos encima lo único que ella necesitaba era consuelo, uno que yo no supe ofrecerle. El amor depende de nuestras expectativas personales y al parecer nada tiene que ver con los demás. Tan fácil como que al encontrar todos esos “defectos” nos alejáramos porque no necesitamos que nadie venga a completar aquello que “nos hace falta”.

Pero, ah, la práctica, la maldita práctica que se burla de nosotros y nos escupe. Inexpertas en amarnos solas, en procurarnos ternura, estamos bajo la espera del que nos satisfaga, desarrollamos un sentido de propiedad y de necesidad de compañía porque tal vez, solo tal vez, no nos bastamos nosotras solas. Ya nadie habla de amor si no es para mencionar a otro, nadie habla de amor estando solo, a menos que sea en desazón.

También pienso en las mujeres que no conciben la vida sin el que sienten suyo, en las que desligarse significa quedar en la pobreza, destrozadas, desprotegidas ellas y los hijos, anémicas de amor. Pero nosotras, Helena y yo, mujeres con pretensiones libertarias venidas a menos y provenientes de una casta con privilegios, ¿que no sería más fácil evadir la subordinación, esa que no nos deja pensar o tomar decisiones para hacernos responsables de nuestra vida?, ¿que no se supone que no nos permitimos depositar en el otro nuestra estabilidad emocional?

Por supuesto que hay razones en todo esto para hablar del amor romántico y de incapacidades, incompetencias, historias sobre los dogmas de lo masculino y lo femenino, pero me pregunto ¿cómo seguimos hablando de esto en servicio de la tan mal llamada liberación femenina?, ¿cómo llevamos ese discurso a los otros y los prevenimos del imaginario amoroso cuando en la realidad aún nos cuesta desligarnos del objeto amado?, qué bueno que existan personas que no sufren por amor, ¿qué hacemos con las que sí?, ¿qué tanto repensamos nuestro egoísmo antes que el ajeno y por qué lo veríamos como un acto de maldad? Si no escuchamos de deconstrucciones puede que de egoísmo sí, el nuestro, “nadie es tierno, ni bueno, ni grandioso en el amor más que para sus vísceras”. He ahí tal vez el principio (ya vendrá toda la teoría dura) del asunto para no morir de amor. Una muerte literal o metafórica.  

Helena, sigo sin poder consolarte como esperas, si no piensas en ti, si no eres un tantito egoísta, esa Troya que llamas amor siempre te quedará chica y te dejará insatisfecha.

 

@negramagallanes

The Author

Tania Magallanes

Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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