Opinión

Una temporada en Grindr / Piel curtida

To him who took the Bruno B. photos

and spat on me the non-safe state to pleasure in Mexico

 

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Sigo recurriendo a Jesús Martín Barbero para expresar que en América Latina las -ya ni tan- nuevas tecnologías de información y comunicación llegaron de una forma sorpresiva, multiplicando los problemas de sociedades con diferentes carencias y resistencias al acceso a la información, a la multiculturalidad, la diversidad. Además de las necesidades más apremiantes frente a la pobreza, el desempleo y violencia, existen prácticas cotidianas que requieren de atención y análisis pues, aunque inmiscuyen a grupos cuantitativamente o políticamente minoritarios, representan focos rojos de riesgo para la integridad y seguridad de las personas que, además, se conectan con una amplia serie de problemáticas veladas.

Después de una temporada en Grindr, una aplicación para citas y encuentros entre personas de la disidencia sexual, en su mayoría varones homosexuales y hombres que sostienen relaciones sexuales con otros hombres, surgieron diferentes cuestionamientos; no sólo teóricos como la violencia introyectada por algunos osos, nutrias, lobos y toros, discretos, varoniles y machines, sino de índole pragmática que involucran a una mayor parte de la población y sistemas más allá de la alcoba: la heteronormatividad y sus estigmas que abonan a prácticas sexuales inseguras entre hombres que no sólo tienen sexo con mujeres, escenarios propensos para agresiones y crímenes de odio, la sextorsión y pornovenganza que no son denunciadas por revictimización, los pocos conocidos sistemas de seguimiento de infractores/agresores sexuales. En suma: el rezago de los derechos sexuales y reproductivos en nuestra sociedad y sus correlaciones que impiden consolidar un Estado de Derecho y un ambiente de seguridad integral.

Al dirigirse a un público particular, Grindr plantea un aparente código de honor entre sus participantes a favor del anonimato y la protección mutua, como en su momento lo fueron grupos de Latinchat, por lo que el atractivo de la clandestinidad convoca en gran medida a hombres que, sin asumirse como gays, sostienen relaciones sexuales con otros hombres, y en ocasiones recurriendo a prácticas de riesgo, como el no usar condón y no realizarse exámenes médicos de rutina por miedo a ser descubiertos, en su caso, por las parejas del sexo femenino. “No se meta con jotillos, uno me pegó una infección”, me dijo un taxista que ya le andaba con su esposa cuando le ocurrió y que sólo le preocupaba no embarazar a otra más. La homofobia generalizada, estereotipos e ideas sobre la sexualidad y la salud derivados de lo heterosexual, además de la negación a hablar de este tipo de temas en lo público, fermentan escenarios nocivos.

Por otra parte, también se presentan casos donde este tipo de hombres pueden sentirse ofendidos y agredir a su contraparte durante el encuentro, tanto que se ha identificado a través de investigaciones científicas, como las de Langarita Adiego, que el silencio no sólo funge como una garantía para la secrecía, sino también de seguridad; pues en ocasiones el cuestionar la heterosexualidad del interlocutor o proponerle ciertos roles, prácticas o posiciones detonan la violencia para dejar claro al otro que no se es puto, que el maricón sólo es el penetrado, el que da sexo oral, o que el sexo entre machos sólo es un recurso satisfacción en el cual, el que se asume como gay, puede llegar a ser golpeado o asesinado al posicionarlo en el sitio de lo femenino en una construcción donde lo masculino tiene el poder, incluso para quitar la vida.

También el entorno aparentemente oculto impulsa a otras personas malintencionadas a la extorsión o la venganza recurriendo a la captura de pantalla de los usuarios que participan en Grindr o exponiendo los semidesnudos o desnudos que se le compartieron en aras de ser aceptado para un encuentro, ante lo cual se requiere “desacralizar” el cuerpo e impulsar la denuncia, que sería posible si se consolidara un entorno más tolerante e incluyente a la diversidad de realidades. ¡Imagínese llegar al ministerio público para decir que estaba Grindr!

Jonas… o Bruno B., si sus fotos eran reales, dijo venir de Los Ángeles y buscaba un rato de compañía, por lo que me propuso visitarlo en el hotel donde se quedaba, no sin antes verificarme en el Registro Nacional de No Agresores Sexuales (National non-sex-offender registry), una plataforma gestionada entre los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Australia y Reino Unido para la protección de niñas, niños, mujeres y personas de la disidencia sexual. Lo cual es entendible aún más considerando que, según estadísticas, en México se albergan más de 2 mil 800 agresores. Por otra parte, las aplicaciones de monitoreo derivadas del Sex Offender Registry se han implementado como herramientas de procuración y protección, sin embargo, en México, a causa de un ambiente de inseguridad y poca legitimidad de las instituciones, podrían ser empleadas de manera inquisitiva, lo cual representaría otro problema de gran controversia.

No se pueden negar y dejar de mencionar los beneficios de desarrollos tecnológicos como Grindr, por ejemplo: ampliar las posibilidades de conexión entre las personas que, según estimaciones probabilísticas, apenas llegan al 10 por ciento de la población; facilitar la cristalización de prácticas que se mantienen como fantasías por miedo y un ambiente punitivo que rechaza la diferencia; reconocer que los estereotipos se rompen en la vida real; buscar amistades o pareja estando en comunidades conversadoras… como aquel chico temeroso de su cuerpo que encuentra libertad en la noche en compañía de alguien que le invita a ir a su paso en la experimentación.

En Grindr, podría encontrarse nuestro amigo, hijo, compañero de trabajo… ¡qué mejor que contar con la información necesaria, sin prejuicios y estigmas, y mostrarse abierto al diálogo para poder brindar acompañamiento, fuerza o defensa en caso de ser necesario! Quienes contamos con el privilegio de la educación y el conocimiento sobre nuestros derechos, del afecto de amistades y familiares conscientes, de haber perdido el miedo a la represión, debemos asumir el compromiso de al menos abonar a la discusión de lo que acontece en nuestro alrededor, pues no se sabe en qué momento brindará lucidez o un espacio seguro de reflexión a alguna otra persona.

La pasión del encuentro fortuito de frente a frente seguirá teniendo su encanto, ya sea por romance o simple placer carnal, pero mientras persisten elementos que amedrentan el saludo lacónico de invitación tendremos otros recursos… criticables, prohibidos, negados, cercenados, clausurados o cercados pero al menos libres; por lo que tenemos la responsabilidad de mantenerlos seguros mediante la protección mutua y la información.

 

@m_acevez | [email protected]

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Juan Luis Montoya Acevez

Juan Luis Montoya Acevez

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