Opinión

Comunicación y cooperación / El peso de las razones

 

 

¡Y hasta qué punto el lenguaje falso es menos sociable que el silencio!

Michel de Montaigne, “Los mentirosos”

 

Durante mucho tiempo los animales humanos se han hecho la siguiente pregunta: ¿colaboramos con otros espontáneamente, somos serviciales por naturaleza y es la sociedad la que luego nos corrompe; o somos naturalmente egoístas, restringimos nuestra ayuda a los demás y es luego la sociedad la que nos lleva por un mejor camino? La primera posición en este debate fue defendida por muchos, pero debemos a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) -filósofo, pedagogo, músico, botánico y naturalista suizo- su popularización. La segunda encontró en Thomas Hobbes (1588-1679) -el gran politólogo inglés, autor del Leviatán– a su máximo exponente.

Las preguntas filosóficas -se sabe- son difíciles de responder. Lo son porque casi nunca es la filosofía la que brinda las respuestas a las preguntas que ella misma se plantea. Una manera de explicar esta característica fundamental de la filosofía es considerar que esta disciplina da pasos atrás en nuestras indagaciones: trata, en otras palabras, de tener claridad con respecto al conjunto de supuestos de los que se parte al tratar de responder a una pregunta, y se cuestiona si dicho marco es el mejor para abordarla. David Ward -profesor de la Escuela de Filosofía, Psicología y Ciencias del Lenguaje de la Universidad de Edimburgo- así ha definido a la filosofía: la actividad de determinar la forma correcta de pensar las cosas. De este modo, cuando damos pasos atrás en una investigación tratando de identificar, clarificar y evaluar los supuestos que se encuentran detrás de la forma en la que pensamos o actuamos, estamos haciendo filosofía. Y eso fue lo que hicimos durante mucho tiempo cuando nos preguntamos si los animales humanos somos altruistas o egoístas. De cualquier forma, cuando muchos supuestos estuvieron clarificados -en particular, supuestos sobre qué cosa son los animales humanos y cómo podemos estudiar su pensamiento y su acción- la tarea de responder a la pregunta ya no fue filosófica.

Debemos a los científicos cognitivos el intento sistematizado y experimental por responder a la pregunta que hice al inicio, y al parecer han demostrado que la antigua respuesta de Rousseau iba por el camino correcto: los animales humanos somos cooperativos naturalmente. Elizabeth Spelke -científica cognitiva del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard- ha sostenido que durante los primeros años de vida de cualquier animal humano, éste ya muestra una inclinación por cooperar y hacerse útil en muchas situaciones, aunque no en todas. Carol Dweck -profesora psicología social en la Universidad Stanford- ha considerado que los animales humanos, posterior a su primer año de vida, merman su inclinación relativamente indiscriminada por cooperar a partir del juicio que hacen sobre la posible reciprocidad de otros miembros del grupo al que pertenecen, así como por la opinión que dichos miembros puedan tener sobre ellos. En otras palabras, las expectativas de reciprocidad y la influencia de la opinión ajena son factores que determinan, durante nuestro desarrollo ontogenético, nuestra natural tendencia a cooperar con otros. Lo cierto es que, pese a nuestra inclinación cooperativa, todo organismo tiene también rasgos egoístas. Como ha señalado Michael Tomasello -codirector del Instituto Max Planck de Antropología evolutiva en Leipzig- todo organismo viable se preocupa por su propia supervivencia y bienestar -de lo contrario, mermaría su descendencia-, de modo que el afán por cooperar y ser útil descansa sobre cimientos egoístas.

El propio Tomasello ha llevado a cabo interesantes experimentos comparativos entre animales humanos y primates. Lo cierto es que no somos la única especie naturalmente cooperativa. Tomasello ha clasificado tres tipos de altruismo según la mercancía de la que se trate -bienes, servicios e información-, lo que da lugar a tres maneras en las cuales cooperamos: ayudamos, informamos y compartimos. En un primer experimento con veinticuatro infantes de dieciocho meses, Tomasello reporta que veintidós ofrecieron ayuda por lo menos una vez y lo hicieron de manera inmediata. Por ejemplo, en uno de los experimentos trató de observar si los infantes acercaban un objeto a un adulto que estaba fuera de su alcance. Cuando los adultos no tiraban el objeto intencionalmente, la enorme mayoría de los infantes estuvieron prestos a brindar ayuda a un adulto que no conocían. Los animales humanos durante sus primeros años ayudan a otros acercando objetos fuera de su alcance, pero también les apartan obstáculos, les corrigen errores y les eligen el modo más apropiado para llevar a cabo una tarea. Estos comportamientos cooperativos, piensa Tomasello, son naturales por cinco razones: (1) aparecen relativamente temprano, entre los catorce y dieciocho meses de vida, previo a que los progenitores muestren expectativas serias sobre su comportamiento social; (2) los premios y los elogios de los padres no parecen influir en el comportamiento de los niños (las recompensas concretas no sólo no fomentan la colaboración de los niños sino que la reducen); (3) los chimpancés, tanto criados por seres humanos como por sus madres, muestran el mismo comportamiento, lo que demuestra que el comportamiento altruista de los seres humanos no es producto del ambiente cultural que nos caracteriza; (4) la conducta altruista se presenta en distintas culturas, tanto en las más tradicionales como en las occidentales; y (5) la actitud de ayuda de los niños está mediada por el interés empático, es decir, lo que mueve a los niños para ayudar no son los incentivos externos sino el interés por el otro.

Ahora concentrémonos en el altruismo con respecto a la información: cuando brindamos información necesaria para otro. Una primera consideración es que el lenguaje no es indispensable. Tomasello reporta que desde los doce meses de vida, los animales humanos brindan información lingüística señalando. Una segunda consideración es que este tipo de altruismo sí es específico de los animales humanos: ni los chimpancés ni otros grandes simios señalan cosas para brindar información a sus compañeros, tampoco utilizan otro medio de comunicación para ofrecer datos que puedan ser de ayuda para sus semejantes. Sólo los animales humanos intentan ayudar dando información sobre cosas que son relevantes para sus interlocutores, no para sí mismos.

Paul Grice (1913-1988) -quien fuera profesor de filosofía en la Universidad de Oxford y en la Universidad de California en Berkeley, y cuyas contribuciones fueron determinantes en el ámbito de la pragmática dentro de la Lingüística y en las ciencias cognitivas en general- llamó a algo como lo anterior Principio de cooperación. A Grice le interesaba estudiar el significado del hablante, el significado lingüístico, así como las interrelaciones entre ambos. Proporcionó y desarrolló un análisis de la noción de significado lingüístico en términos de significado del hablante. De manera adicional, distinguió lo que un hablante dice de lo que insinúa cuando lo dice.

El Principio de cooperación afirma que las partes involucradas en una conversación normal usan el lenguaje de un modo que contribuye a alcanzar la meta común de los involucrados: les dice que deben cooperar. Las personas racionales que, en general, desean alcanzar metas comunes deben seguir ciertas restricciones en sus actividades. Dado que las conversaciones cooperativas son un tipo de actividad práctica, los hablantes que deseen cooperar entre ellos deben seguir ciertas reglas. Grice llamó a estas reglas “máximas”, que son formas de especificar el Principio de cooperación. Para Grice, todos los animales humanos que cooperan comunicativamente deben: (a) hacer que su contribución a la conversación sea tan informativa como sea necesario y que no resulte más informativa de lo necesario; (b) ir al grano o ser relevantes; (c) evitar ser oscuros, ambiguos, escuetos, innecesariamente prolijos y desordenados al expresarse; y (d) tratar de que su contribución sea verdadera o, al menos, no decir lo que creen que es falso o aquello de lo que carecen de pruebas adecuadas. Grice consideró que la última máxima -a la que llamó máxima de Cualidad– era un tanto especial. Alguien que se expresa de manera excesivamente prolija se haría blanco de comentarios más suaves que quien ha dicho algo que cree que es falso. Para Grice, la importancia de la máxima de Cualidad es que las otras máximas entran en consideración sólo sobre la base de que se satisface esta máxima: sobre la base de que no se miente.

Para los biólogos, el término “cultura” se usa cuando se produce un aprendizaje social tal que distintas poblaciones de una misma especie desarrollan maneras también distintas de hacer las cosas. Muchas especies animales viven en grupos que difieren culturalmente: algunas aves, mamíferos marinos y primates. La cultura de los animales humanos es tanto cuantitativa como cualitativamente única en comparación con la de otros animales: esto se debe a los artefactos acumulativos y a las instituciones sociales. Así, detrás del hecho de que los animales humanos son el paradigma de las especies culturales, se encuentran un conjunto de habilidades cooperativas y motivaciones para cooperar que son exclusivas de nuestra especie. No podemos minimizar la importancia de la cooperación para comprender la maravilla de nuestra especie. Por lo mismo, los animales humanos hemos tomado medidas importantes para sancionar a todos aquellos que violan las reglas de cooperación. Cooperamos de muchos modos, y entre ellos se encuentra la cooperación comunicativa. Si Grice tiene razón, mentir -violar la máxima de Cualidad comunicando aquello que creemos falso, o simplemente aquello en lo que no creemos- arruina toda cooperación comunicativa. Quizá sea esa la razón de nuestra natural reticencia frente a los mentirosos.

 

[email protected] | /gensollen | @MarioGensollen

The Author

Mario Gensollen

Mario Gensollen

No Comment

¡Participa!