Opinión

Desusado lenguaje legislativo / Análisis de lo cotidiano

Atendiendo la amable petición de la diputada Estela Cortés, asistí a la sesión solemne del Congreso del Estado que con ello inicia su nuevo período legislativo y cambio de mesa directiva. Es un territorio ignoto para mí, no soy asistente asiduo y todo lo que ahí se hace me parece interesante, precisamente por desconocido y ajeno a mi vida cotidiana. Solo que estando ahí, me pregunté ¿y por qué me resulta tan ajeno? ¿No debería ser un compromiso personal el asistir a estas sesiones?

Yo al igual que muchos de mis conciudadanos, acostumbre comentar en el café con los amigos, en las reuniones sociales sobre lo mal que se hacen las cosas, los errores de nuestras autoridades y entre ellas suelen ser clientes favoritos los diputados. Lo único que se necesita es que uno empiece y los demás continuamos atizando la hoguera en la que incineramos, cual imperturbables inquisidores a nuestros funcionarios. Solo que ese día reflexioné, que he caído en la fácil trampa de criticar sin analizar, cuestionar sin aportar y quejar sin ver. Solo que ese día sucedió algo para mí sorprendente, el diputado (no diré su nombre porque este comentario no tiene intenciones personalizantes) que dirigió el mensaje, utilizó un lenguaje desacostumbrado. Habló del cuidado emocional que ameritan los ciudadanos de nuestro estado, mencionó el amor y la felicidad como objetivos a alcanzar dentro de la labor obligada de todo el cuerpo legislativo. Señaló algunas carencias sustanciales de nuestra sociedad tales como la pobreza, la marginación y la angustia social. Y fue realmente motivador que no acusó a nadie en lo particular, no tomó postura partidista ni glorificó su conducta ni siquiera su discurso. No sé si otros legisladores ya lo hayan hecho anteriormente, insisto en que no soy visitante frecuente del Congreso, pero creo que su mensaje además de mí tomó por sorpresa a la audiencia, porque al concluir nadie aplaudió de inmediato, ni siquiera por cortesía. Unos segundos después alguien gritó un ¡Bravo! y entonces sí aplaudimos los demás. Soy optimista y me gusta pensar que el lenguaje de nuestros diputados comience a cambiar. Ya pasamos por aquella racha de los dichos populares, cuando se puso de moda usar frases de rancheros o albures para agredir a los miembros de otras bancadas. Tal parece que ya estamos dejando atrás las palabras raras, cuando en un afán de ser originales y parecer cultos, algunos legisladores y otros funcionarios hablaban de denostar, diatribas, detonar, insacular, tejido social, la cultura de, el escenario y muchas otras expresiones domingueras, muy lucidoras pero que a nosotros, el pueblo nos decían poco o casi nada.

Ahora caigo en cuenta de que hablar, es un hecho tan cotidiano para todos nosotros que hemos creído que es fácil. Los médicos hablamos un idioma exclusivo entre colegas, pero tenemos que aprender otro lenguaje, el de nuestros pacientes y traducir fielmente expresiones como desguanzamiento, desconchabado, atiriciado, patriciado y agorzomado que al enfermo le resultan clarísimas. Y cada oficio tiene sus propias expresiones muy auténticas, que deben ser interpretadas. Ahora solo resta que nuestros diputados reciban de nosotros el respeto que se merecen, porque los elegimos. Y que ellos a su vez se dirijan a nosotros sus conciudadanos en lenguaje normal, casero, culto sin pretensiones y claro sin rebuscamientos, pero particularmente utilizando la voz interior, esa que habla de amor, felicidad, emociones, espiritualidad y fe. ¿Qué les parece amigos diputados? ¿Creen que estaría bien? Seguramente los sentiríamos más cercanos.

 

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Héctor Grijalva

Héctor Grijalva

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