Opinión

Jünger y los grandes solitarios / El peso de las razones

Fue en Guadalajara, durante la Feria Internacional del Libro de 2008, donde descubrí -gracias a Franco Volpi- la obra de Ernst Jünger. Mientras caminaba por el Pabellón de Italia con Volpi -ese año su país era el invitado en la FIL- me hice de un ejemplar de I prossimi titani (Adelphi 1997). Lo leí esa misma noche en el hotel, y adquirí los dos tomos de Strahlungen al día siguiente, también incitado por Volpi.

Los titanes venideros, las tres conversaciones que tuvieron Antonio Gnoli y Franco Volpi con Jünger en Wilflingen, su última residencia, son un excelente ejemplo de lo que el escritor alemán considera una entrevista satisfactoria: “La mejor forma de una entrevista es la de una conversación amistosa que satisface a ambos interlocutores ya por el placer mismo que transmite. No es necesaria una convergencia de puntos de vista, que, más aún, con frecuencia es una desventaja -casi como una pintura en la que faltasen los matices. Lo común es el paisaje que se atraviesa durante el intercambio de puntos de vista”. En este tenor, Volpi no podía ser mejor interlocutor. Así como en sus entrevistas a Nolte, Mohler, Gadamer o Hofmann, Volpi siempre comparte con los entrevistados el paisaje, sólo a veces sus puntos de vista.

Quizá uno de los parajes de dicho paisaje a los que más vuelve Volpi y se detiene constantemente sea el de la técnica, no sólo con Jünger, incluso con mayor profundidad en sus conversaciones con Hofmann. La importancia de ese paisaje compartido entre Volpi y Jünger resalta en una de las respuestas de este último: “La técnica es la danza mágica que baila el mundo contemporáneo. Podemos tomar parte en las vibraciones y en las oscilaciones de este último solamente si entendemos la técnica. De lo contrario quedamos fuera del juego”. Pero a diferencia de Volpi, Jünger es pesimista: “No tengo una idea demasiado feliz y positiva [de lo que será el siglo veintiuno]. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en Pan y vino escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura”.

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Lo anterior explica el paso entre dos etapas de su pensamiento que algunos han visto con claridad como opuestas. En In Stahlgewittern, sus afamados Diarios de la Primera Guerra Mundial tan apreciados por los nacionalsocialistas, Jünger despliega lo que algunos han llamado “realismo heroico”. El joven soldado alemán tiene un estado de ánimo propicio para el combate, para la belleza de la lucha. Lee en las trincheras el Orlando furioso de Ariosto y la realidad se transfigura ente sus ojos. La guerra y la muerte adquieren tonalidades épicas. El joven y valiente Jünger sería condecorado con la medalla Pour le Mérite, la más alta orden que se podía obtener dentro del ejército, que Hindenburg dudó en otorgársela a un soldado tan joven y que no lo era de carrera. Años después, durante la Segunda Guerra Mundial, Jünger nos sorprende por su pacifismo. Este paso se garantiza por el objetivo mismo de la guerra. Ya no se combate por lo mismo ni bajo las mismas condiciones. Si antes la guerra podría ser espiritualizada a través del arte, la avasallante amenaza de la técnica ya tampoco lo permite. Esto queda claro en su conversación con Gnoli y Volpi: “Desde mi perspectiva actual puedo decir que la experiencia de la guerra fue importante, pero muy pobre si la comparamos con la riqueza de experiencias que he tenido a través de la literatura. Incluso durante la guerra, como les he dicho, la lectura de Ariosto fue para mí más apasionante que otras cosas vividas. Ariosto arrebata al lector y lo transporta en una visión espiritualizada que transfigura la realidad, en la que nos encontramos con demonios, con héroes y heroínas… y el alma se llena de una riqueza infinita. El problema es que la transfiguración y la espiritualización de la realidad mediante el arte están amenazadas por la técnica”. Para Jünger, en nuestro tiempo el arte se transforma y termina configurando el mundo del trabajo.

A pesar de su aparente pesimismo, Jünger percibe esta inconsciente pérdida de sentido a consecuencia del nihilismo y la técnica: “…los teólogos e intelectuales que actualmente practican con tanto celo la desmitologización se parecen a un ejército de hormigas que ha entrado en una pingüe cocina: devoran y destruyen todos los manjares que encuentran, pero no acaban nunca de comentar entre sí qué exquisitos son”. El nihilismo es el sino de los tiempos, la esencia del Zeitgeist. Aun así, el pesimismo de Jünger sólo es aparente, y sólo atañe a la perspectiva temporal humana. No es así desde la perspectiva del Weltgeist. Aunque estemos ante los umbrales de una nueva era, “para entender lo que ocurre es necesario, por decirlo así, desplazar la mirada de la historia humana a la historia de la tierra, hay que dirigirse de la consideración del tiempo histórico a la del tiempo cósmico, de la naturaleza. La humanidad es parte del acontecer del cosmos”. Así, la posición de Jünger, aunque no se deje calificar sencillamente de pesimista, parece al menos pasiva.

La alternativa práctica por la que Jünger opta parte de un binomio conceptual: el elitismo y la emboscadura (Waldgang). Por una parte, cree que en una sociedad masificada, caracterizada por escenas significativas y actores insignificantes, las elites juegan un rol indispensable y crucial. Serían una especie de custodios del espíritu y la cultura: “Definiría a la nuestra como una sociedad de individuos masificados que, por eso, necesita elites muy restringidas, destinadas a desarrollar una función importantísima. Sobre este extremo me atengo a la sentencia heraclitea que dice: «Uno solo, para mí, es diez mil». Hoy por hoy ese número debería elevarse a potencia”. Ahora bien, poco más adelante de la conversación con Gnoli y Volpi, matiza: “La definición sociológica de elite ya es un indicio de la corrupción del concepto. Para mí, una advertencia para no confiar ya ni siquiera en las elites, sino, a estas alturas, solamente en los grandes solitarios”. En una sociedad que orilla a algunos de sus miembros a exiliarse, sólo habría que confiar en los grandes solitarios, pues las elites podrían no ser más que grupos que juegan una lógica idéntica que la de la masa. El bosque, así, fungiría como el territorio del exilio: una metáfora, más que un lugar -a diferencia de Heidegger- ya que se puede ser solitario en las ciudades, en los desiertos o en los bosques. Dice Jünger: “No, para mí el bosque no es como para Heidegger el sitio natural concreto en que viven y actúan los campesinos de la Selva Negra. Ciertamente hay también una dimensión natural, pero es sobre todo una metáfora para indicar un territorio virgen al que retirarse de la civilización ya marcada por el nihilismo, donde librarse de los imperativos de las iglesias y de las garras del Leviatán”. Para Jünger, es en el bosque donde el hombre, convertido en Rebelde, Anarca, o Emboscado, puede enfrentar y vencer la angustia, la duda y el dolor.

Así como el Trabajador y el Soldado Desconocido son para Jünger dos de las grandes figuras de nuestro tiempo, el Emboscado (Waldgänger) surge como una tercera figura que se divisa cada vez con una claridad mayor: “Llamamos Emboscado (…) a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos -no es posible dejar de añadir, por tanto, una precisión. Y ésta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante una lucha, una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad; vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo”.

Sin duda Jünger fue un Waldgänger. Desde 1950 se retiró a Wilflingen, sustrayéndose del mundo. La conversación con Gnoli y Volpi termina con su respuesta -una radical apuesta por el arte y la soledad- a la pregunta por si tenía algún viaje planeado: “sigo viajando por el mundo de la literatura y por ese pequeño cosmos que es mi jardín. A veces, en los días soleados, me entretengo haciendo pompas de jabón que el viento lleva entre las plantas y las flores. Son para mí una imagen simbólica de la fugacidad, de su inasible belleza”.

Jünger tenía razón: quizá en este mundo sólo queda espacio para los grandes solitarios.

 

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Mario Gensollen

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