Opinión

Nuestras efímeras victorias / Disenso

“Los seres humanos constituyen un triunfo ecológico. Son probablemente el animal grande más abundante de todo el planeta. Existen casi seis mil millones de ellos, lo que asciende colectivamente a algo así como trescientas toneladas de biomasa. Los únicos animales grandes que rivalizan o exceden esta cantidad son los que hemos domesticado -vacas, pollos y ovejas- o los que dependen de los hábitats artificiales: gorriones y ratas. En contraste, hay menos de mil gorilas de montaña en el mundo. Antes incluso de que empezáramos a aniquilarlos y a erosionar su hábitat puede que no haya habido más de diez veces ese número. Además, la especie humana ha revelado una capacidad extraordinaria para colonizar diferentes hábitats, cálidos o fríos, secos o húmedos, altos o bajos, marinos o desérticos. Las águilas pescadoras, las lechuzas y las golondrinas rosadas son las únicas otras grandes especies que se desarrollan bien en todos los continentes, excepto en la Antártida, y quedan estrictamente confinadas a determinados hábitats. Indudablemente, este triunfo ecológico del ser humano tiene un precio muy alto y en breve estamos condenados a la catástrofe: para ser una especie triunfadora, somos notablemente pesimistas acerca del futuro. Pero por ahora somos un éxito. Sin embargo, la verdad es que procedemos de una larga serie de fracasos. Somos simios, un grupo que casi se extinguió hace quince millones de años compitiendo con los monos mejor diseñados. Somos primates, un grupo de mamíferos que casi se extinguió hace cuarenta y cinco millones de años compitiendo con los roedores mejor diseñados. Somos tetrápodos sinápsidos, un grupo de reptiles que casi se extinguió hace doscientos millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados. Descendemos de peces con patas que casi se extinguieron hace trescientos sesenta millones de años compitiendo con los peces de aletas radiadas. Somos cordados, un filo que sobrevivió por los pelos a la era cámbrica hace quinientos millones de años compitiendo con los artrópodos, brillantes triunfadores. Nuestro éxito ecológico se dio a pesar de todos los factores humillantes en contra.”

Cito el larguísimo párrafo anterior que aparece en Genoma de Matt Ridley porque no tengo forma de ser más sucinto ni más preciso que él. La historia sobre nuestras cuasi derrotas y nuestros casuísticos triunfos es contundente. Solemos hablar ufanos sobre el lugar que ocupamos evolutivamente. A poco que lo pensemos, el inconsciente colectivo, religioso o no, acostumbra encumbrarnos en el más alto lugar del podio filogenético: amos y señores del universo. Nuestras diferencias con las demás especies son pocas y más bien humildes. Aunque parezca obvio, estamos bien diseñados para la matemática, no así para la memoria visual donde un chimpancé nos aventaja considerablemente. Aunque seamos un triunfo, nuestra victoria es aún efímera considerando los años que tenemos habitando este planeta. Unos 300 mil en nuestro filo más cercano, apenas más de 30 mil desarrollándonos como humanos modernos. La historia de nuestras pírricas victorias es fugaz comparada con la historia de la vida, de la tierra, del universo.

Estamos atestiguando estragos que hemos ocasionado nosotros mismos. Para nadie con dos dedos de frente es desconocido el terrible daño climático que hemos provocado. No sólo eso: seguimos generando violencia desmesurada. Amenazándonos con bombas nucleares. Mostrándonos ufanos con el poder que podrá sostenerse apenas unas décadas: un pestañeo para la historia global. Acumulamos riqueza desmesuradamente. Dimos con el sistema perfecto para su generación: el capitalismo ha demostrado ser un sistema sin rival, pero no hemos entendido que la riqueza mal distribuida sólo trae calamidades e injusticia. Generamos dictaduras que benefician a unos cuántos y hacen miserable la vida de miles, de millones.

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No hemos entendido que tenemos espacio y oportunidad para hacer el trance de la vida armónico, justo, divertido, feliz. Hacemos que el sistema prolifere. Somos ciudadanos apáticos, nos involucramos poco, intentamos sobrevivir nuestras propias carencias o disfrutar nuestros propios privilegios sin preocuparnos demasiado por la comunidad. Hemos triunfado más de lo esperado, pero también mucho menos de lo posible. Si alguna inteligencia ulterior analiza a posteriori nuestra historia, parece que se encontrará con un sino inefable: la destrucción de la especie entre unos y otros, o el mantenimiento de una cúpula minúscula en la que ganan los de siempre y perdieron los de siempre. Esa inteligencia hipotética podrá saber, sin duda, que pudimos haberlo hecho mejor.

 

/aguascalientesplural

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Alejandro Vázquez Zuñiga

Alejandro Vázquez Zuñiga

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