Opinión

Suicidio en el nombre de Dios / Análisis de lo cotidiano

 

Hoy se conjugan dos fechas conmemorativas. Ayer en todo el mundo se realizaron eventos científicos y académicos por el Día Mundial de la Prevención del Suicidio y este día se honrará a los fallecidos en el atentado terrorista 9/11 en la Torres Gemelas de New York y el Pentágono. Los terroristas que estrellaron los aviones contra los edificios, los que estrellaron los camiones de carga contra las personas, los que se hacen volar con explosivos atados a su cuerpo en medio de una multitud, lo hacen en el nombre de Dios. Esta modalidad de suicidio, ahora tan comentada no es un tema nuevo. Ha existido prácticamente desde los inicios de la civilización. En la Biblia, el rey Saúl se ve rodeado por los filisteos y pide a su escudero que le mate para no caer en manos de esos herejes incircuncisos, que le escarnecerán. Como el asistente se niega, él mismo se arroja sobre su espada. La lista que sigue es infinita. Pero además, los suicidas que se llevan junto con ellos a un conglomerado de personas ajenas a su decisión, tampoco es novedad. Los líderes políticos, religiosos o político-religiosos han encontrado en el nombre de Dios una buena razón para matarse o para hacer que otros se maten en su lugar. Las guerras santas comenzaron en el Antiguo Egipto y continúan hasta la fecha. ¿Qué ocurre en la mente del ser humano que acepta destruirse y destruir a otros, yendo así en contra de los dos instintos más fuertes que son el instinto de conservación de la vida y el instinto de conservación de la especie? La convicción religiosa va dirigida precisamente a vencer los instintos. En aras de la sublimación del espíritu un hombre puede contravenir las funciones naturales y dejar de comer, de beber, hacerse daño a sí mismo, privarse de la actividad sexual y la reproducción. ¿En qué momento una persona entra en la convicción de que para ser mejor y ganarse el paraíso, lo adecuado es dejar de hacer lo que hacen todos? La explicación es sorprendente por lo sencilla, entre menos humano te comportes, más espíritu te conviertes. Los dioses son superiores, gozan de todos los privilegios y son inmortales y para ello la condición es que no sean humanos y por lo tanto no hagan cosas tan rupestres como comer, beber, tener relaciones sexuales y envejecer. Si el hombre quiere llegar a convertirse en dios, lo único que tiene que hacer es no comportarse como cualquier humano y finalmente morir en sacro oficio (sacrificio) para así ascender a los cielos. Nanahuatzin un dios feo y deforme, se suicidó arrojándose a la hoguera y esa manera se convirtió en el Quinto Sol, dios de los teotihuacanos. El 11 de junio de 1963 el vietnamita Tich Quang Duc , monje budista se bañó en gasolina y se prendió fuego para protestar contra su presidente. Inició así los suicidios estilo bonzo que se repitieron por todo el mundo. El suicida que elige este modelo, de muerte en el nombre de Dios, entra en otra categoría diferente de los habituales. No se matan por depresión o conflictos familiares, sino por una meta muy elevada, que les garantiza en su creencia la entrada al paraíso y su conversión en santos, mártires o dioses. Aprendemos entonces que el suicidio sigue siendo un tema extraordinariamente complejo, con una dinámica tan profunda que amerita ser estudiado con paciencia, dedicación y responsable enfoque científico. No existen las soluciones fáciles.

 

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Héctor Grijalva

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