Opinión

Vivir México / Debate electoral

Al hablar de alguna efeméride, de repente me ha tocado escuchar que hay quienes no distinguen entre los conceptos de celebrar y conmemorar. Si bien todas las fechas se “celebran” en el sentido estricto de la palabra, es decir, todas las fechas ocurren, resulta que la palabra celebración tiene un segundo significado que nos remite a jolgorio y alegría. Así, celebramos nuestro cumpleaños, nuestro aniversario de bodas o la consecución de un logro.

Para otras fechas en que se rememora algún acontecimiento que no implica ese festejo, entonces se utiliza la palabra “conmemoración”, y así entonces el pasado 11 de septiembre conmemoramos un año más del ataque a las Torres Gemelas, edificios icónicos que albergaban el Centro Mundial de Comercio en Nueva York, o también, en un tema que está de moda en estos días en la agenda, el próximo día 19 conmemoraremos un aniversario más del terremoto que en 1985 sacudió a la Ciudad de México.

A nadie en su juicio se le ocurriría “celebrar”, en el sentido de festejo, una catástrofe. En mayor o menor medida lo que hacemos es una remembranza de lo que aconteció, y sin dejar de lado el contexto, revisamos si aquel evento va perdiendo vigencia con el paso del tiempo, o al contrario, se va acendrado en la población un sentimiento que se arraiga de tal manera que puede llegar a convertirse en una fecha más que especial.

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Respecto de los dos eventos que he mencionado, además de que ambas efemérides suceden en un lapso corto de tiempo, merecen ser observadas detenidamente para analizarlas y obtener algunas conclusiones acerca de ellas. En primer término he de manifestar mi asombro porque a 16 años del ataque a Estados Unidos, situación que podríamos encuadrar en el pasado histórico muy reciente, por no decir contemporáneo, la fecha casi pasó desapercibida. Un evento que inevitablemente reconfiguró la alineación política mundial y que en su día mereció artículos y reportajes de toda índole (en el inicio del internet como medio de comunicación masiva) con el paso del tiempo ha salido de la agenda pública. Podemos pensar que los Estados Unidos ya encontraron un nuevo fundamento en la política actual para sus fines (cualquiera que estos sean), o hasta, malamente, dejar de asombrarnos y empezar a ver situaciones como esta (y bombazos en ciudades europeas) con una naturalidad que deshumaniza.

En cambio, y quizá por las circunstancias de un terremoto ocurrido en la capital del país hace una semana, la segunda efeméride adquiere relevancia. Increíblemente en una ciudad de alta actividad sísmica, con millones de habitantes, infraestructura impresionante y un sismo de mayor magnitud a aquel que recordamos sucedido hace 32 años, los daños no corresponden a ninguna de estas variables, por fortuna.

Si bien en algunas entidades el daño fue mayúsculo, y no debe ser minimizado, también es cierto que si algo merece mención respecto a ambos terremotos es que el acontecido en los ochenta, dentro de toda la estela de destrucción que dejó, también nos proporcionó la enseñanza de que contra la naturaleza no podemos enfrentarla de tú a tú, sino que, en tanto miembros de este ecosistema, más nos valía asumir que esos fenómenos, de tan frecuentes, se enfrentan de mejor manera a través de la prevención.

Por azares del destino, el movimiento telúrico me tocó vivirlo en la Ciudad de México y pude ser testigo del funcionamiento de la alerta sísmica, de los planes de protección civil en algunos lugares públicos y hoteles, e indirectamente, de la rigidez en la legislación urbana en los edificios construidos después de los años noventa.

Una fecha nos puede marcar, para bien o para mal, y a través de un evento y su recordatorio habitual podemos definir nuestro rumbo, ya como persona o ya como nación. Y esto lo comento a raíz de una de las efemérides más importantes que tenemos como mexicanos, y que es la conmemoración del Grito de Dolores como acto que inicia la lucha por la independencia de México.

Como cada año se alzan voces manifestando su repudio por la celebración (cosa curiosa, la fecha se conmemora y a la vez se celebra) basando su argumento en el dicho de que “no hay nada que celebrar” cuando volteamos y vemos baja credibilidad en las instituciones, inseguridad creciente, fenómenos más allá de nuestro entendimiento como el propio sismo, y una serie de situaciones negativas que hacen que en más de una ocasión alguien llegue a comprar dicha argucia.

Este día como ningún otro celebramos a México. No es el día de la consumación de su independencia, ni el día en que por primera vez hubo elecciones. No es el día en que se emitió el “acta de nacimiento” como país, y ni siquiera el día en que nos erigimos triunfantes ante el mundo. Celebramos a México en cuanto eso representa.

Para mí, México es más que su gobierno. Mucho más que un territorio que se ha ido definiendo artificialmente con el paso del tiempo. Más que un símbolo de tres colores y un escudo. Este sentimiento va más allá, para mi México se vive: es amanecer un día en el pacífico disfrutando los primeros rayos de sol y un mar increíble. Es el frío de Perote en el recorrido de México a Veracruz. Es la raza franca y trabajadora del norte y la hospitalidad de la gente del sur. Es su riqueza histórica incomparable, su gastronomía, una imagen bajo el agua en un cenote de Quintana Roo y una niña hermosa que vende pescado en Campeche.

México son sus artistas: escritores, pintores, músicos y escultores. También la maestra que viaja horas para llegar a la escuela a escribir en el pizarrón, el pintor de brocha gorda, el filarmónico que pasa desapercibido en la banda municipal y el niño que juega en la calle aún no pavimentada, con tierra y agua que todos los días moldea junto con los sueños de lo que quiere llegar a ser.

Que cada quien ejerza su libertad, porque también ese día podemos conmemorar vivir en un país libre. Que cada quien decida si quiere manifestar públicamente su orgullo de ser mexicano (no de ser partidario del gobierno, para eso habrá otros días) o si prefiere hacer noche mexicana en la intimidad de su familia. Si está en su ánimo rememorar una fecha en la que una vez al año nos hace sentir orgullo por ser mexicano, adelante. Si no se desea hacerlo, sus razones tendrán.

La forma de ejercer la democracia, de vivirla, es a través de los valores, y uno de ellos es el patriotismo: aprovechemos este día que recordamos lo bien que se siente ser mexicano y celebremos la suerte de haber nacido en esta noble tierra y la manera en que nos hemos ido transformado en la nación que hoy somos. En la medida en que sigamos celebrando y conmemorando efemérides, y así aprendiendo de nuestro pasado, es la manera en que vamos a perfilar nuestro futuro.

¡Viva México!

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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