Opinión

En favor de la educación generalista / El peso de las razones

En los años setenta, Henry Rosovsky, entonces decano de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Harvard, lideró desde su institución lo que se llamó “la revolución humanista del currículum”. Su objetivo era claro: depurar la enseñanza universitaria de su tinte tecnocrático e hiperespecializado, para brindarle unos tonos más generalistas que asumieran la integridad propia del ser humano. El currículum que planteó Rosovsky en Harvard era suficientemente ambicioso. La idea consistía en que cualquier universitario, antes de elegir su especialidad, requería de una serie básica y medular de conocimientos y destrezas: pensar, escribir y hablar con claridad; poder apreciar y criticar obras de arte y literatura; comprender problemas humanos actuales dentro del contexto de sus antecedentes históricos; dominar los conceptos básicos y las técnicas y métodos de las ciencias sociales; conocer los principales métodos matemáticos y los fundamentos de la física; y, ser capaz de reflexionar ante las numerosas alternativas éticas que se le presentaran en su vida privada y pública. Fruto de estas reflexiones, Rosovsky escribió años después The University: An Owner’s Manual (1991), una obra imprescindible para cualquiera que desee reflexionar sobre los fundamentos, vicios y retos de las instituciones universitarias. En ella, Rosovsky retoma los elementos centrales de la educación superior y los amplía en pos de formar personas cultas. Para Rosovsky, una persona educada debe, al menos:

  1. Ser capaz de escribir en forma clara y efectiva. Comunicar con precisión, congruencia, coherencia y fuerza. Además, debe adquirir el entrenamiento necesario para pensar críticamente.
  2. Tener una apreciación crítica de la forma y los métodos mediante los cuales se adquiere el conocimiento, y ser consciente de sus limitantes. Además, tener una comprensión básica del universo, la sociedad y el hombre mismo. Todo esto implica poseer una familiaridad informada con: los métodos matemáticos y experimentales de las ciencias físicas y biológicas; las fundamentales formas de análisis, y las técnicas históricas y cuantitativas que permiten investigar y reflexionar sobre el funcionamiento y desarrollo de nuestras sociedades; algunos logros académicos, literarios y artísticos del pasado; y, las más importantes concepciones religiosas y filosóficas de la humanidad.
  3. Conocer otras culturas y épocas, para poder visualizar la propia experiencia vital en contextos más amplios y en su esencial complejidad.
  4. Poseer cierta comprensión y experiencia en problemáticas éticas y morales, para fortalecer y promover una capacidad de juzgar informada que permita hacer elecciones morales discriminativas y prudentes.
  5. Haber adquirido profundidad en algún campo del conocimiento, y contar con los datos, teoría y métodos que permitan definir algún problema concreto (especialización). Desarrollar la evidencia y los argumentos que se pueden proponer en las distintas facetas de un mismo problema y llegar a conclusiones basadas en una evaluación convincente de la evidencia que se posee (incrementar y generar conocimiento).   

Como se puede intuir en (5), Rosovsky no es ingenuo. La formación generalista sólo funge como la base de la educación universitaria sobre la cual se edifica el saber especializado y técnico. La educación, para Rosovsky, implica necesariamente el desarrollo total del individuo, por lo que a la “formación profesional” debe sumarse la “formación humanista”: ninguna de las dos debe ser excluida. El currículum generalista permite que el universitario posea una cultura amplia y algunas destrezas necesarias para cualquier ámbito; los conocimientos especializados, por su parte, apoyan la futura estructura del empleo.

Ahora bien, está claro que para recuperar la formación integral del ser humano -para armar el rompecabezas fruto de la fragmentación del saber-, resulta indispensable proponer una reforma de la enseñanza. Hay que contemplar, detectar y promover las verdaderas finalidades educativas, y hay que implementar un programa de enseñanza que contemple todas las variables necesarias.

Por el momento resulta necesario al menos proponer las líneas básicas que un currículum adecuado, generalista a la vez que profesionalizante, debe contemplar. Edgar Morin ha sugerido lo siguiente: con la finalidad de ensamblar el puzzle que nos ha legado la educación tecnocrática e hiperespecializada, se debe instituir en todas las universidades y facultades un diezmo epistemológico o transdisciplinario, el cual deduciría un 10% del tiempo del curso para una enseñanza común que trataría de las premisas de los diferentes saberes, y de las posibilidades de hacer que se comunicaran.

Este diezmo epistemológico estaría dedicado, entre muchas otras cosas, al conocimiento de las determinaciones y premisas del conocimiento (al conocimiento del conocimiento); la racionalidad, el carácter científico y la objetividad; la interpretación, la argumentación y el pensamiento matemático; la relación entre el mundo humano, el mundo vivo, el mundo físico-químico y el cosmos mismo; la interdependencia y las comunicaciones entre las ciencias; la cultura de las humanidades y la cultura científica; la literatura y las ciencias humanas; la ciencia, la ética y la política, etcétera.

Uno de los grandes vicios de nuestras universidades consiste en la creencia de que la especialización es el único camino que permitirá a sus egresados desempeñarse con éxito en sus empleos. La especialización, las más de las veces, atrofia la mesura que se requiere en la capacidad de juzgar. Sin ella, los hombres y las mujeres, aunque sepan mucho de algo, terminan por actuar con premeditación e ignorancia. Incluso en las mejores universidades del mundo y en los círculos científicos de mayor peso, la especialización es un mal que es preciso remediar: nos hace ciegos a asuntos que nos competen en tanto seres humanos.

La hiperespecialización genera una abdicación reiterada de responsabilidades. Yo, científico o abogado, renuncio a mi responsabilidad de alzar mi voz contra las guerras injustas, no participo de manera activa en la política de mi país, y evado cualquier plática que tenga que ver con asuntos ajenos a lo que hago en mi laboratorio o en mi despacho. Esta sordera especializada envilece al ser humano. Uno de los retos más importantes de nuestras universidades consiste en, mediante la educación generalista y la cultura global, lograr que sus alumnos asuman las responsabilidades que les competen como seres humanos y no como especialistas de su área.

No hace falta un estudio de campo para detectar el déficit de la educación mexicana respecto a un proyecto educativo, generalista y profesionalizante, de esta envergadura.

 

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Mario Gensollen

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