Opinión

Fiesta / Debate electoral

Las referencias que tengo de Barcelona, ciudad que conozco aunque no personalmente, vienen de varias fuentes. Cuando niño, una de las historias que más honda huella dejó fue la de aquel cantautor catalán que era obligado a cantar en otra lengua, porque, aunque ya en las postrimerías, el franquismo había proscrito cualquier lengua que no fuera el castellano. Recuerdo haberme sentido triste pensando en el supuesto de que alguien me dijera cuál lengua tendría que hablar.

Otra de las referencias sucedió, como para muchos de mi generación, durante los juegos de la vigésimo quinta olimpiada que tuvieron su sede precisamente en La Ciudad Condal. Fue tanto el auge de aquellos juegos, quizá porque los anteriores en Corea del Sur habían sido distantes no solo físicamente, sino en horario, en idioma, en cultura… prácticamente habían pasado desapercibidos. En cambio, la ceremonia de inauguración de 1992, homenajeaba a las culturas que habían emergido a las orillas del Mediterráneo, el español mezclado con el catalán en todos los sentidos, las ramblas, el arquero Antonio Rebollo lanzando una flecha al cielo estrellado (y Ponchito en la televisión mexicana mostrando que la flecha cruzó el pebetero para encenderlo) y por supuesto, la magia de la selección de basquetbol de los Estados Unidos con lo mejor de su repertorio inaugurando el equipo de ensueño.

Ya últimamente, y con el deseo de algún día recorrer sus calles, las referencias van de Rafa Márquez y Lionel Messi a la Sagrada Familia, la senyera, la ola separatista, sin olvidar ninguna de las anteriores, sobre todo, y vuelvo al principio del relato, al cantautor, a Serrat.

Más que cantor, un contador de historias en apenas unos minutos. Es capaz de tejer una historia con principio, nudo y desenlace como en Penélope o ironizar finamente y con un lenguaje cotidiano como en Los macarras de la moral atreviéndose a decir lo que muchos quisieran (o quisiéramos). Lo mismo musicaliza a Machado que hace pareja con su alter ego Tarrés o con su otro yo Sabina. Un deleite escuchar, con la atención debida y poniendo un poco más para alcanzar a comprender lo que quiere dejar entre líneas. Porque él interpreta, pero cuando uno escucha también puede interpretar las frases como uno quiera.

Así me pasa con la canción Fiesta, uno de los primeros éxitos de Serrat (debe ser de principios de los 70) donde el autor nos contagia, desde el inicio rítmico de unos tambores (que parecen los de Teruel), de un día de fiesta en la calle donde habita.

Y describe en dos estrofas cómo cambia de un instante a otro la calle y la gente, del momento de la tranquilidad a la fiesta. Mientras el lugar permanece siempre en la oscuridad, por virtud de la fiesta se ilumina y adorna con carteles y pendones de colores; así la gente, de cualquier ralea, que ayer no se conocía, hoy es capaz de compartir hasta tortilla y gabán. ¡Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta!, grita el supuesto anfitrión como si hubiera necesidad de invitarnos o de justificar con ello la alegría.

Todos los convidados, el noble y el villano, el prohombre y el gusano, saben que la fiesta solo durará unas horas, pero eso no importa, siempre y cuando todos estemos en el entendido: lo que pasa en la fiesta se queda en la fiesta, y mañana será otro día. Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual.

La interpretación que desde siempre le di a esta pieza fue la de una elección. Aún antes de dedicarme a estos menesteres. No sé si son las referencias conscientes a los papeles de colores de extremo a extremo de un poste que terminó por asociarlas con aquellas campañas políticas a la vieja usanza de las que fui testigo en mi niñez, de carteles con imágenes y gallardetes de tonalidades multicolor. Quizá la referencia a que todos los que participan en la fiesta, por un instante, somos iguales, sin importar a qué nos dedicamos, qué tan buenos somos o cuánto dinero tenemos ese día en la bolsa.

Justamente el día de hoy se declara el inicio de un proceso electoral más en el Estado, en el que habremos de renovar al Congreso local. A esa fiesta estamos todos convidados y, aunque a algunos nos toque ser anfitriones y a otros invitados, lo importante va a ser que cada quien tome para sí lo que le corresponde. Como en la fiesta de Serrat, el próximo 1 de julio, por un instante si se quiere, seremos todos iguales. No importará la música que nos guste, nuestra profesión o aficiones. Si creemos en alguna deidad, o si creemos en que por un instante podemos ser capaces de dejar de lado las diferencias, los estratos, todo aquello que nos distingue, y participamos.

Como ciudadanos, espero que nos podamos apropiar de la elección. Que hagamos nuestra particular fiesta en el ejercicio del derecho a expresar nuestra participación de una manera responsable, a lo que nos exige su dualidad de obligación. Actuemos, y con ello reivindiquemos el acto de que el poder está de manera originaria en el ciudadano. ¡Vamos subiendo la cuesta, que está por comenzar la fiesta! y hagamos lo que esté en nuestras manos para que en esta nueva construcción que pretendemos como sociedad, la base se encuentre firme en el quehacer democrático cotidiano.

/LanderosIEE | @LanderosIEE

 

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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