Opinión

La fiesta de los lectores / FLAGS2017 | El peso de las razones

Disfruto escribir, pero nunca me he considerado un escritor. Escribo, entre otras cosas, porque al menos tres cuartas partes de mi salario me exigen que lo haga. Escribo en este espacio semanalmente, y en otros esporádicamente, con un inmenso gusto; también lo hago en revistas académicas, y tengo que dar conferencias, ponencias y participar en presentaciones de libros a lo largo del año. Escribir es una rutina interesante, que disfruto, pero repito: no me considero a mí mismo un escritor. Y no lo hago porque hay algo que sí me considero: un lector, uno desordenado, multifacético, extravagante, un poco torpe, a veces desmemoriado, pero ante todo lector.

Mi puesto de trabajo indica que debo ser un lector: investigar es leer, leer con detenimiento, con atención, sopesando razones, elaborando las propias, leyendo más y repitiendo el ciclo constantemente. Para un filósofo-investigador los libros son su mejor compañía. A diferencia de la página en blanco a la que se enfrenta el escritor con el arma de su imaginación y el arsenal de la palabra, a mí la hoja en blanco más de una vez me ha causado miedo. No me sucede así con la página impresa. Los libros han sido amigos y extensiones de mí mismo. La lectura -aunque algunos posmodernos atolondrados consideren que va desde leer un libro hasta leer los ingredientes de los Chocokrispis o los subtítulos de una película- es un acto profundamente solitario. Leer es aprender a estar solo. A compartir, pero en otro plano, un refugio con el autor. Leer es un acto paradójicamente solitario: estamos solos y como nunca acompañados. La compañía de los seres que habitan los libros de mi biblioteca me causa mucho menos ansiedad y preocupación que la convivencia con otras personas. Los lectores somos personas extrañas y, al menos en mi caso, de difícil trato. Ser lector es una de tantas cosas que me pertenecen no accidentalmente.

Confieso que no soy muy afecto a las ferias del libro. ¿Cómo puede ser así si los libros son mis mejores amigos? Una curiosa rata de biblioteca debería sentirse a sus anchas entre cientos de miles de libros. Pero no es así. Y no lo es porque muchas ferias del libro son espacios construidos principalmente para los grandes consorcios editoriales. Mancillan los libros como mercancía de supermercado. Mancillan y humillan a los autores con migajas. Los lectores son tratados como clientela estandarizada. Sé que para algunas personas simularse lectoras está de moda, como lo está llevar bufanda en verano, el cabello engrasado y bigotitos ridículos. Pero una feria del libro debería ser todo menos una experiencia análoga a la compra de enseres domésticos o a una pasarela hípster. Una feria del libro debería ser, antes que cualquier otra cosa, una fiesta para los lectores. Porque los buenos libreros son grandes lectores: saben qué recomendarte, saben compartirte sus particulares gustos, así como sus manías y sus fobias. Los buenos editores también son grandes lectores: hacen que los libros que editan y publican cobren la vida que ellos le brindan, y lo hacen porque como lectores desearían que esos libros empezaran a poblar las bibliotecas de los miembros de su solitaria secta.

El trabajo que más he disfrutado y disfruto es el de editor. Lo he hecho en revistas, suplementos culturales y casas editoriales. Lo disfruto porque es el único trabajo que me paga casi sólo por leer. Por compartir lo que leo y me gusta. Como editor siempre muestro mis pocas virtudes y mis innumerables defectos lectores: leo de todo. Mis filtros nunca se activan por género o por especialidad. Disfruto igual leer una novela negra, de terror y un western, que un clásico, una colección de cuentos, un ensayo literario, uno argumentativo, un poemario, tira cómica, novela gráfica, libros culinarios, memorias, crónicas, autobiografías, biografías, historia novelada y lo que se cruce en mi camino. Creo que debo leer libros con texto, sin texto, con dibujitos, sin ellos, largos, muy largos, cortos, muy cortos, indispensables y prescindibles. Creo que casi siempre debo leer a mis amigos y siempre a mis enemigos. Leer ajeno: de eso se trata ser editor. Pero leer con gusto y sin él, de día y de noche, con hambre y sin ella. Leer de pie, sentado o en la cama. Leer a mujeres y a hombres. Leer lo más cercano y lo más lejano. Se trata de abrigarse de libros y que estos pueblen tu casa, tu oficina, tus sueños y vigilias.

Como lector, admiro cuando una feria del libro es una fiesta para los lectores y no para los ricachones de las grandes editoriales. Cuando puedo detenerme con curiosidad infantil a hurgar las pocas novedades de las editoriales independientes. Mis grandes joyas en mi biblioteca las he encontrado así: hurgando como cuando lo hacía en el baúl del abuelo. Las ferias del libro deberían ser ese baúl e incitarnos a buscar de manera traviesa tesoros escondidos.

La 49 Feria del Libro de Aguascalientes, pienso, es una fiesta de los lectores. Ha sido planeada con esmero y cuidado al detalle. Quizá lo sea así porque sus organizadores son ante todo lectores y no sólo empleados gubernamentales. Los invito  a visitarla, a perderse en sus rincones, a escudriñar con detenimiento. También asistan los que empiezan a leer: es una feria que no asusta a los no iniciados. Quizá pueda ser, incluso, un espacio de iniciación. Felicito la iniciativa del espacio que la alberga y las actividades planeadas. Y también aprovecho para invitarlos el sábado 7 de octubre, a la 1 de la tarde, en el Aula Amparo Dávila, a la presentación de Editorial Eximia, mi actual refugio de lector-editor. ¡Nos vemos toda esta semana en esta fiesta de los lectores!

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Mario Gensollen

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