Opinión

La huella intangible / Favela chic (3ra. y última parte)

 

En plena adolescencia, Remedios fue vendida por sus padres a un hombre que le doblaba la edad y sufrió quince años de maltrato físico y emocional en la sierra norte de Oaxaca. En la tercera y última parte de su testimonio, cuenta cómo sentó un precedente legal contra la violencia de género en una comunidad regida por los usos y costumbres. Concluye, entre sollozos, explicando cómo luchó consigo misma para recobrar su amor propio.

El arte de la fuga

 

Cuando denuncié a Genaro por violencia doméstica y el alcalde de Tamazulápam se negó a intervenir, alegando que mi esposo podía hacer conmigo lo que quisiera, tomé dinero y huí de la casa. Dejé a mis tres hijos para no ponerlos en riesgo, con la promesa de volver por ellos en cuanto pudiera. Estuve escondida en la vivienda de una comadre, pero mis parientes políticos dieron pronto con mi paradero. Me forzaron a regresar a casa, donde recibí una nueva paliza en señal de bienvenida. Sin embargo, ya no estaba dispuesta a soportar sus abusos y me fugué dos veces más. Entonces descubrí una oficina recién inaugurada del programa “Solidaridad”, donde pedí asesoría. Me contactaron con Minerva, una abogada del DIF. Por ella supe que el estado de Oaxaca castigaba con prisión el adulterio, tanto femenino como masculino. Esa ley era prácticamente desconocida en el pueblo y podía servirnos para intimidar a Genaro.

En esos momentos, él se paseaba por la plaza con su nueva conquista, una mujer mayor a la que había conocido en el PRI. Se exhibía en público para resarcir su honor, que había quedado en entredicho cuando yo lo abandoné. En palabras de Minerva, la amenaza de ser juzgado por tribunales de mayor jerarquía y de ser encarcelado, lo obligaría a firmar el divorcio. Su amante aceleró el proceso, pues me buscó de buena gana para entregarme pruebas de su amasiato, como fotografías y cartas, a condición de que mantuviera mi fuente en secreto. Por las fechas de la correspondencia, me percaté de que, en realidad, llevaban casi diez años viéndose a escondidas. Sólo ejerciendo una fuerte presión jurídica, Genaro firmó el divorcio seis meses después. Consumada la separación, mis parientes políticos me retiraron el habla. Había humillado a Genaro y manchado el apellido de la familia. Antes las amas de casa sólo tenían dos opciones. Aceptaban esa vida miserable o se escapaban como delincuentes. Yo fui la primera mujer en divorciarse al amparo de la ley. Abogando por mi causa, transmití un claro mensaje para todos: hay límites que no pueden cruzarse sin pagar las consecuencias.

 

Casa tomada

Cuando me separé definitivamente, no contaba con la solvencia económica para comprar una casa. Por medio de Minerva, logré que mi exsuegro cediera un título de propiedad para sus nietos, donde construí una vivienda modesta en un lapso de dos años. Como el terreno se hallaba justo al lado de mi antigua casa, solicité una orden de restricción en contra de Genaro. El divorcio no le había arrancado aún el sentimiento de propiedad e intentó abusar sexualmente de mí. Levanté unos carrizos para delimitar la frontera entre una vivienda y otra. Pero en más de una ocasión, mis antiguos parientes los echaron abajo. Estaban acostumbrados al hacinamiento y a la propiedad colectiva. Interpretaron mi medida de seguridad como un agravio. Sin embargo, volví a levantar los carrizos hasta que se cansaron del juego. Pero a la distancia vigilaban a mis hijos y notaron que los varones me apoyaban en los quehaceres del hogar: barrían, lavaban, planchaban, hacían tortillas, cocinaban con mejor sazón que yo. Muchas veces los insultaron por ese motivo. Les gritaban “putos” o “jotos”. Pero yo les enseñé a despreciar la opinión de cretinos así. No permití que se contaminaran de esa mentalidad.

Cuando salía a comprar víveres, sentía el rechazo de la comunidad entera. Las mujeres del pueblo me señalaban despectivamente. A veces era objeto de reproches explícitos: “No aguantaste nada”, “¿Pues qué habrás hecho tú?” o “No diste el ancho”. Los hombres me miraban como una mujerzuela a quien podían faltarle al respeto, pues ya no contaba con la protección de un marido. Dejé de usar el traje típico femenino y empecé a vestirme de pantalones. También aprendí a defenderme con un machete, arma exclusiva de los hombres. Luego compré una pistola para echar tiros al aire en caso de peligro. Para alimentar a mis hijos realizaba un sinfín de actividades: cortaba leña, vendía tortillas, lavaba ajeno, trabajaba en una mezcalería… Pero allá los salarios son muy bajos y Genaro sólo destina 800 pesos quincenales a la manutención de nuestros hijos. Cuando Esperanza fue aceptada en la Universidad de Oaxaca, tuve que regresar a la Ciudad de México para aumentar mis ingresos y costear su carrera de medicina. De otro modo, habría tenido que desertar. Aunque siguen vigentes los usos y costumbres de la región, ya no existe el peligro de que mi hija sea vendida como yo, porque acaba de cumplir veintitrés años. Para los lugareños, desde hace rato es una “quedada”. Por las tardes, cuando vuelve de la escuela, se hace cargo de sus hermanos menores y así se protege también, pues los desconocidos piensan que es mamá. Su abuela paterna, con quien he mantenido relaciones cordiales, convive a ratos con ellos. Hablamos diario por teléfono y siguen al pie de la letra mis recomendaciones. Sienten amor y respeto hacia mí porque me he desvivido por sacarlos adelante.

 

La huella intangible

Cuando peleaba por la custodia de mis hijos, Minerva me sugirió tomar una terapia psicológica. Si yo era la madre, se suponía que por usos y costumbres debían quedarse conmigo. Pero dichos preceptos jamás se aplican a favor de las mujeres. Debía comprobar mi salud mental para obtener la patria potestad. Nadie me la regaló. Yo luché por ella. En las sesiones entendí que no sólo debía pensar en los demás, sino también prestarme atención. Durante muchos años viví deprimida, obedeciendo sin chistar. Poco a poco, he aprendido a decir no y a dominar mis miedos. Si estaba en un espacio cerrado, abría compulsivamente puertas y ventanas. Me sentía acechada por un peligro latente y buscaba posibles vías de escape. En Tamazulápam, mi familia política me encerraba en una letrina para castigarme. Muchas veces pasé hasta una noche entera recluida en la penumbra. Había desarrollado un sentimiento de claustrofobia.

Desde hace dos años tengo una pareja, Ricardo. Cuando escuchó mi historia, soltó un puñetazo a la pared en señal de protesta. Por la televisión se había enterado de casos como el mío, pero no daba crédito. Él me oyó gritar entre sueños, llorando, “¡No me pegues!”. Me vio caminar sonámbula y forcejear con un enemigo imaginario. Pero nunca ha intentado sacar partido. Por el contrario, siempre reconoce mis cualidades. Una vez me lanzó un piropo: “¡Qué bonita eres!”. Pero mi reacción inmediata fue ofenderme. Estaba acostumbrada al menosprecio y pensé que lo había dicho con ironía. A veces yo me comparaba con otras mujeres y pensaba “Nunca estaré a su altura”. Pero Ricardo alimentaba mi amor propio, como si leyera mi mente. Cuando llegaba del trabajo, preparaba la comida o lavaba la ropa por iniciativa propia. A diferencia de Genaro, no ponía sobre mis hombros el peso de todos los deberes. Hoy acepto y agradezco sus muestras de afecto, porque recobré mi autoestima. He velado sola por mis hijos, tengo una buena relación de pareja, una casa, empleo y dinero propio. Ahora sé que valgo y valgo mucho.

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

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