Opinión

La universidad y la empresa / El peso de las razones

La confianza en el poder mágico de la educación ha resultado uno de los componentes más persistentes del ideario liberal y el más fácilmente asimilado por ideologías hostiles al resto del liberalismo. Aun así, la democratización de la enseñanza ha conseguido verdaderamente poco como para justificar esa confianza.

– Christopher Lasch

 

La universidad nunca ha estado exenta de ambigüedades. Desde su instauración en Bolonia, Salerno o el París medieval, su lugar en el cuerpo político, en las estructuras de poder ideológicas y fiscales de la comunidad circundante, nunca ha sido claro. La universidad siempre ha estado sometida a tensiones fundamentales. En palabras de George Steiner: “Ninguna institución, ninguna organización de enseñanza superior, ha logrado conciliar de manera satisfactoria las contradictorias exigencias planteadas por la investigación, el conocimiento especializado o la conservación bibliográfica y archivística con las demandas de la educación general y la formación cívica. Las universidades albergan parroquias diversas y, a menudo, rivales”.

Quizá la relación más problemática que tenga hoy en día la universidad, que acosa tanto a las universidades privadas como a las públicas y que entra en colisión directa con su misión y sus fundamentos, sea la que tiene con la empresa.

La universidad no es una empresa común y corriente, es una empresa sui generis. Este hecho recoge una de las paradojas más fuertes que acosan a cualquier institución de educación superior: a pesar de que el fin principal de la universidad no es lucrar -puesto que la educación no se reduce a un simple producto sujeto a las leyes del mercado-, es imposible que se sostenga en pie sin un mínimo de estabilidad económica.

Esta paradoja ha llevado a que la mayoría de las universidades olviden cuál es su deber frente a la sociedad y frente a sus estudiantes. Evadiendo sus responsabilidades y compitiendo dentro de las leyes del mercado, las universidades ahora centran sus esfuerzos en áreas que hubiesen resultado impensables hace cincuenta años: administración y operación, relaciones públicas, torneos deportivos, tiempo de presencia en los medios, departamentos de prensa e información, etcétera.

Las universidades viven un proceso ya sea de vaciamiento, ya sea de reconstrucción. Estos procesos, opuestos en su perspectiva, son fruto del ingente crecimiento cuantitativo de la educación superior. Cada día hay más universidades, por tanto, cada día hay más oportunidades de que la educación llegue a más personas. Sin embargo, este aumento cuantitativo ha repercutido negativamente en la calidad de la educación que se ofrece a los estudiantes, los cuales, la mayoría de las veces, eligen una universidad con criterios que nada tienen que ver con la calidad académica de la institución. La democratización de la enseñanza no ha cosechado los frutos que de ella se esperaban. Para Christopher Lasch, “no ha mejorado la comprensión, en el nivel popular de la sociedad moderna ni elevado el nivel de la cultura popular, ni reducido la brecha entre pobres y ricos, que sigue siendo tan basta como siempre. Como contrapartida, ha contribuido al declive del pensamiento crítico y a la erosión de los estándares intelectuales, obligándonos a considerar la posibilidad de que la educación masiva, tal y como los conservadores vienen diciendo desde hace mucho tiempo, sea consustancialmente incompatible con la calidad de la educación”.

La democratización de la enseñanza, de la manera en que se ha producido, ha sido contraproducente: no sólo no ha incrementado la cultura y la educación de los ciudadanos, sino que ahora tenemos una ingente cantidad de licenciados o ingenieros incapaces de resolver los problemas que se les presentan en su trabajo y en la vida. Cada día es más difícil distinguir si alguien está o no bien preparado. Cuando la enseñanza era para pocos, la injusticia solía ser económica. Ahora, hay miles de licenciados que seguramente no se han parado más de un día en la escuela, junto a otros con el mismo grado académico, pero que se han partido el lomo por conseguir su título. Ésta es una injusticia cultural.

Frente a este proceso, las universidades han optado, o bien por vaciarse académicamente y fortalecer rubros secundarios, pero que pueden atraer a los jóvenes; o bien por reconstruir su visión y misión desde la misma médula.  

Muchas universidades contemporáneas surgieron y siguen surgiendo bajo el paradigma empresarial. La regla de oro, como en cualquier empresa, es sencilla: minimizar el costo, maximizar el beneficio. A pesar de su aparente plausibilidad, las universidades no pueden y no deben funcionar así. No son, no pueden y no deben ser simples empresas. Las leyes del mercado se dan de bruces frente a la realidad universitaria, pues su alma la constituye la academia, la cual por esencia es siempre deficitaria. Ninguna universidad vive largo plazo de sus colegiaturas, y ninguna universidad seria se limita a impartir conocimientos gastados en bellas aulas modernas. Este paradigma tiene un período de corta duración.

La universidad no debe caer en el vicio empresarial. Es mediante los financiamientos públicos y privados -como bien ha sugerido la European University Association (2006)-, como la Universidad puede subsistir y a la vez cumplir su misión social.

Por último, cabe reiterar que el peor vicio que acecha a nuestras universidades es la poca o nula reflexión que hacemos en torno a ellas. La universidad necesita ser pensada y transformada, continua e ininterrumpidamente, con inteligencia e imaginación, o firmará definitivamente su acta de defunción. Es éste su mayor reto.

 

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Mario Gensollen

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