Opinión

La universidad, la investigación y sus vicios / El peso de las razones

Dentro del marco de la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior, sostenida en la sede de la Unesco en París el 9 de octubre de 1998, los asistentes aseveraron en el primer artículo de la Declaración: “Reafirmamos la necesidad de preservar, reforzar y fomentar aún más las misiones y valores fundamentales de la educación superior, en particular la misión de contribuir al desarrollo sostenible y el mejoramiento del conjunto de la sociedad, a saber: (…) c) promover, generar y difundir conocimientos por medio de la investigación y, como parte de los servicios que ha de prestar a la comunidad, proporcionar las competencias técnicas adecuadas para contribuir al desarrollo cultural, social y económico de las sociedades, fomentando y desarrollando la investigación científica y tecnológica a la par que la investigación en el campo de las ciencias sociales, las humanidades y las artes creativas”.

A muchos les sonará extraño que los asistentes a la Conferencia afirmen desde el primer artículo de la Declaración que la investigación puede favorecer el desarrollo sostenible y el mejoramiento de la sociedad en su conjunto. ¿Acaso la investigación, esa tarea de roedores solitarios, puede contribuir de alguna forma a que la universidad cumpla su compromiso social? Cuando la universidad ni hace ciencia ni enseña a hacerla, sufre una crisis en alguno o algunos de sus fundamentos. La apatía, el aburrimiento y el hastío tanto de profesores como de alumnos son los peores virus que colapsan la misión central de la universidad: mediante la investigación, mejorar la sociedad.

Existen cinco vicios recurrentes en nuestras universidades que irrumpen en cualquier intento por hacer investigación, por indagar verdades nuevas, y colapsan la misión social de la Universidad. En primer lugar, existe un vicio que Carlos Pereda denomina simplificador.

En “Funes el memorioso”, uno de sus geniales relatos, Borges narra la historia de Ireneo Funes, mentado por rarezas del tipo de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, cual reloj. Funes, el hombre de la memoria infalible, era capaz de intuir plenamente las aborrascadas crines de un potro, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra, las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos… A diferencia del resto de los mortales, Funes era incapaz de analizar, pensar, abstraer. Su mundo se multiplicaba en una cantidad ilimitada de datos concretos. No resulta difícil comprender la idea que Borges tenía en la cabeza al escribir este relato. El ser humano, por naturaleza, es un ser idealizante, trabaja con conceptos y representaciones que dejan de lado las particularidades de la realidad. Nuestro lenguaje, nuestras ideas, las teorías científicas más sofisticadas que podamos imaginar, generalizan, sintetizan, y gracias a ello nos permiten pensar, hablar y hacer ciencia. Sin embargo, este hecho genera una paradoja: ¿acaso no son los singulares la realidad por antonomasia? Lejos de cualquier problemática puramente filosófica, este hecho configura uno de los conflictos más fuertes que cualquier institución de educación superior debe afrontar y resolver. Cara al conocimiento, los medios simplificadores mutilan, más que dar cuenta de aquellos fenómenos y realidades mediante sus elegantes teorías. El conocimiento científico, así, muestra su más fuerte paradoja, pues durante mucho tiempo su misión fue concebida como la de disipar la aparente complejidad de los fenómenos, a fin de revelar el orden y la simplicidad que les subyace. A pesar de ello, ha señalado Edgar Morin, se ha mostrado imponente frente a la complejidad que constituye esencialmente a la realidad que intenta elucidar. La hiperespecialización, la cual se encierra en sí misma sin permitir su integración en una problemática global, genera una inadecuación cada vez más grande y profunda entre nuestros saberes -encasillados en disciplinas amuralladas y soberanas-, y las realidades y problemas que día a día se nos revelan radicalmente multidisciplinarios. Ahora bien, esta problemática termina por escindir la relación entre las ciencias particulares y las humanidades, generando dos culturas opuestas que sospechan mutuamente de sus desarrollos. Por un lado, una cultura humanista que alimenta la inteligencia general y se enfrenta a los grandes interrogantes humanos; por otro, una cultura científica que separa los campos del saber, generando admirables conocimientos, pero desentendiéndose de una reflexión sobre el destino humano y el curso de la ciencia misma.

El segundo vicio, ahora complicador, es paralelo al vicio simplificador. Para ganar una comprensión más profunda de un asunto es útil, en principio, tener en cuenta nuevos elementos. Pero, cuando ese agregar materiales puede resultar inapropiado para el caso que se discute, quizá, se genera un vicio complicador que sólo se usa como medio para distraer y hasta desorientar, y así, bloquear la discusión. De esta manera, piensa Pereda, el que sucumbe ante el vicio complicador disfraza de prudentes cautelas lo que en realidad es un mero culto de la mistificación y la oscuridad: la complicación como excusa.

En ambos casos -tanto en el vicio simplificador como en el complicador- se generan tendencias sectarias y arrogantes que buscan más y más de lo mismo. Carlos Pereda lo ha dicho con elegancia e imaginación: “Por eso, la expresión de Borges, ‘Secta de Monótonos’, formula un pleonasmo feliz: toda secta, por vasta y compleja que sea, se integra, más allá de cualquier apariencia de diversidad y hasta de anarquía, de un montón ordenado o desordenado de monótonos, porque la aspiración básica de cualquier secta consiste en requerir, con apasionada e ininterrumpida avidez, más y más de lo mismo. Por eso también es previsible que una secta no conozca mayor ansiedad que la amenazante presencia de lo otro: de lo que hasta ahora nunca ha sido parte del “nosotros”, por nimia que resulte la discrepancia y hasta el matiz o el repliegue. De ahí la furia de cualquier sectario cada vez que ocurre alguna desviación de una de sus reglas: furia que suele poner en marcha desde el temible discurso de la censura o, en tiempos apacibles, desde al aburrido discurso de las reprobaciones y los tirones de oreja, hasta la persecución entusiasta y armada”.

El problema de las dos culturas -humanista y científica-, se acrecienta por medio de los vicios simplificadores y complicadores, los cuales impiden que la investigación universitaria llegue a buen puerto: indagando verdades nuevas y uniendo los descubrimientos de las diversas disciplinas en una cosmovisión más rica, completa y compleja del mundo humano.

Los últimos tres vicios respecto a la investigación son los vicios de la pseudo-autenticidad. Carlos Pereda los ha denominado fervor sucursalero, afán de novedades y entusiasmos nacionalistas. Con fervor sucursalero se entiende la tendencia de la razón perezosa a no investigar más allá de una línea, corriente o tradición preestablecida. Así, el investigador reduce su capacidad reflexiva a la administración diligente de una sucursal de pensamiento en su pequeño poblado. Por los pasillos vemos a los orgullosos “iusnaturalistas”, a los “positivistas jurídicos”, a los “marxistas”, “tomistas”, “nietzscheanos”, etcétera. La reflexión se vuelve un proceso de administrar el pasado y no se arriesga a pensar algo nuevo. No hay peor vicio para la investigación universitaria que el establecimiento en sus oficinas de simples sucursales del pensamiento.

Con respecto al afán de novedades, el investigador adopta la creencia implícita de que los criterios de validez del conocimiento los marcan las tendencias actuales. En las universidades mexicanas los pseudo-investigadores no hacen otra cosa que mirar fuera, principalmente a las grandes capitales del pensamiento como Nueva York o París, e imitar lo que se hace allí. Ser investigador se reduce a la capacidad de estar al día con las modas, con las publicaciones foráneas y los descubrimientos extranjeros. Es mucho más fácil hacer el esfuerzo por enterarse día a día de lo que otros hacen, que realizar el esfuerzo por hacer algo propio.

Por último, los entusiasmos nacionalistas, a diferencia del afán de novedades, buscan descolonizar el pensamiento y llevarlo hacia su propia identidad. Sin embargo, pese a sus buenas intenciones, el investigador que sucumbe ante el entusiasmo nacionalista cae en otro vicio falaz: debemos buscar la verdad allí donde esta se encuentre -ya sea fuera o dentro del país propio-. Además, se debe tener la capacidad para formular ideas propias, las cuales no son extranjeras o nacionales, sino individuales.

 

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Mario Gensollen

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