Opinión

Las hembras frías / Favela chic | Entrevista (1ra. Parte)

 

En México la violencia contra las mujeres ha llegado a extremos de pesadilla. La misoginia criminal no nació de manera espontánea: se gestó durante décadas, a veces en complicidad con las propias familias de las víctimas. Entrevisté a una mujer que fue vendida por sus padres. A continuación les comparto la primera parte de su testimonio:

 

Me llamo Remedios. Nací en la Ciudad de México, donde viví hasta los 14 años. Corría el año de 1988 cuando terminé la secundaria. Había sido aceptada en la vocacional Luis Enrique Erro para cursar la carrera de Técnico en Informática. Pero mi padre sufrió una embolia y necesitaba apoyo económico. Mis dos hermanas, Soledad y Libertad, eran demasiado pequeñas. Yo nunca fui una estudiante sobresaliente. Sacaba puros sietes y ochos, a diferencia de Soledad, la más aplicada de las tres. Mis papás decidieron que yo no merecía seguir estudiando y me consiguieron un trabajo como ayudante de limpieza en una fábrica. Poco después el dueño me ascendió a aprendiz de capturista, porque había cursado la secundaria. En esa época las computadoras eran armatostes pesados, tipo televisión, y grababan los datos en unas cintas enormes. Los procesadores tenían el tamaño de un ventanal y debían permanecer refrigerados. Ganaba 60 pesos a la semana por una jornada completa, pero mi sueldo estaba destinado al gasto familiar. Debía entregar el sobre íntegro a mis papás y ellos sólo me daban dinero para los pasajes.

 

Como agua para chocolate

La mentalidad de mis padres era muy cerrada. Cuando Libertad, mi hermana menor, tuvo su primera regla se espantó y gritó: “¡Me salió sangre de entre las piernas!”. Mi mamá le respondió “De eso no se habla” y le soltó una cachetada. Por tradición, a Libertad le correspondía quedarse con mis papás hasta que murieran, pero no aceptó su destino y se fugó. Un día, sin previo aviso, regresó a visitarnos. Aunque estaba embarazada, mi mamá la corrió con estas palabras: “Para mí estás muerta y sepultada”. Mi hermana Soledad, la de en medio, nunca se casó. Tuvo que asumir las obligaciones de Libertad y hasta la fecha vive con mis papás. Trabaja fuera de casa media jornada y el resto del día los cuida. A todas luces nunca ha sido feliz. Soñaba con formar una familia, con tener hijos, pero no quiso rebelarse por temor al repudio y también por piedad. Mi padre tiene ahora 101 años y es hipertenso. Mi madre tiene 86 años y es diabética. Soledad, a sus 47 años, ya perdió todas las ilusiones.

 

La ofrenda del perdón

En la fábrica conocí a Genaro, que trabajaba como capturista. Era oriundo de Tamazulápam del Espíritu Santo, Oaxaca. Pertenecía a la comunidad de “mixes” de la sierra norte. Siguiendo una costumbre de su tierra, no me cortejó. Me observó durante un tiempo y decidió, unilateralmente, que yo era apta para realizar labores “propias de mi sexo”: tener hijos, velar por la casa, los animales y la cosecha. Un día, a la salida, se me acercó y me plantó un beso de buenas a primeras. Lo hizo con la intención de que nos viera mi padre, que siempre iba a recogerme. Llegando a la casa, mi padre me acusó de ser una exhibicionista y mi madre, de ser una cualquiera. Genaro siguió guardando distancias en la fábrica, pero ya había hecho un trato con mi padre sin que yo lo supiera. El 24 de junio, día de San Juan Bautista, llegó a mi casa en compañía de mis futuros suegros y de un anciano, el “tonixano” (en mixteco significa “el que habla por uno”). Como Genaro me había deshonrado con un beso, es decir, me había “manoseado”, traían la “ofrenda del perdón”, compuesta de diferentes viandas (carne, pan, fruta, mezcal, cerveza). El “tonixano” les preguntó a mis padres si yo era virgen y, cuando respondieron afirmativamente, les entregó la cantidad de 20 mil pesos. Yo no estuve presente. Sellaron el pacto y sólo me hablaron para anunciarme mi boda próxima. El 24 de agosto me entregaron el anillo y no pude regresar al trabajo porque, en palabras de mi madre, a partir de entonces estaba a disposición de Genaro y debía obedecerlo por siempre. Celebraron la boda con rapidez para que no tuviera tiempo de rebelarme: en noviembre nos casamos por el civil y en diciembre por la Iglesia. En enero ya vivía en Tamazulápam.

 

Lunas de hiel

Irme a provincia fue muy doloroso por distintos motivos. Nunca había salido de la Ciudad de México ni sabía a dónde iba a llegar. No conocía a mi marido ni él me conocía a mí. Había dejado atrás a mis hermanas, con quienes tenía un vínculo muy fuerte. Mi noche de bodas fue una experiencia traumática. Nunca me explicaron cómo era una relación sexual. No estaba preparada. Además no vivíamos en una casa propia, sino en la casa de mis suegros, donde había otras ocho personas, contando a mis cuñados, a sus parejas y a sus hijos. Tampoco teníamos un cuarto propio. Lo único que nos separaba del resto era un cortinero improvisado con hilo caña, clavos y sábanas viejas. Nuestro colchón estaba sobre el piso. Lo que pasó no se lo deseo a ninguna mujer. Perdí mi virginidad en condiciones indignas y sin privacidad alguna. Genaro fue muy violento, muy agresivo. Sentí que había abusado sexualmente de mí, pues aquello no fue un acto de amor sino una imposición. Él no me quería: hombres así no se enamoran. Ven a las mujeres como sirvientas con derecho a cama y yo no fui la excepción. Debido a la pobreza extrema, en el pueblo todos se casan entre los 14 y 16 años y su paso por la escuela es fugaz. Cuando Genaro me conoció era un “quedado” a los ojos de su pueblo. Tenía 28 años y había permanecido soltero porque tenía una discapacidad motora y caminaba con bastones. Como lo habían rechazado varias veces por ese motivo, se fue de Tamazulápam. Pero en cuanto nos casamos regresó a trabajar para el PRI en el Palacio Municipal.

 

Las hembras frías

Me embaracé cuatro años después de nuestra “luna de miel”. Genaro temía que nuestro hijo heredara su discapacidad y se cuidaba de no preñarme. Pero mis suegros platicaron con él, pues creían que ya se me estaba pasando la edad fértil. Había cumplido 18 años y allá las niñas alumbran entre los 15 y 16. Después de esa charla, quedé embarazada al poco tiempo. Di a luz a una niña sana, a quien llamé Esperanza. Pero mi hija no valía nada para mi familia política, simplemente por ser mujer. Genaro no me hizo ningún reproche verbal, pero se mostró indiferente con la niña. Mis suegros y mis cuñados se portaron igual. Cuando nace un varón, los parientes y amigos celebran con un banquete de machucado de papa, típico de la región. Pero cuando nació Esperanza, mi suegra me explicó: “Es una niña, Remedios. No hay nada que celebrar”. Si una mujer engendra sólo niñas, si no da a luz a un varón, la gente suele decir despectivamente: “Esa hembra está fría”. Se considera un motivo de vergüenza.

 

@jimmyboton | @GabyLiraRosiles

 

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Gabriela Lira Rosiles

Gabriela Lira Rosiles

1 Comment

  1. Fmolina
    17/10/2017 at 23:03 — Responder

    Creo que el relato es atractivo pero hay inconsistencias. Si la familia era conservadora tuvieron a sus hijas muy grandes, de más de 40 años, además en el lejano 1988, 20mil pesos no era nada. Terrible la situación de la mujer, por cierto.

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