Opinión

Votar y ser votado / Debate electoral

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Hemos hablado algunas veces sobre el concepto de democracia visto como la forma de vida que dista un tanto del concepto de democracia como forma de gobierno. Mientras al primero lo hemos tratado de explicar en su acción con el ejercicio de los valores, el segundo tiene como uno de sus principales pilares el ejercicio del voto activo y el voto pasivo, es decir, la posibilidad de votar y ser votado, vinculados de tal manera que en esa dualidad derecho-obligación, en la práctica se convierte en una simbiosis: no existiría uno sin el otro para llegar al máximo ideal de la representación.

Por un simple ejercicio lógico, existen más votantes activos que votantes pasivos, lo cual no hace a unos más valiosos que otros. El votante activo (que comúnmente conocemos simplemente como votante) requiere de ir a las urnas a ejercer su obligación (que en la dualidad también es derecho) y para ello se necesita que en la boleta se encuentre el votante pasivo (que adquiere el nombre de candidato) que, para finalizar con este galimatías, está ejerciendo su derecho político de poder ser votado.

Por candidato, pues, se entiende a la persona a la cual se le reconoce el derecho a participar de una elección en ejercicio de su privilegio de ser votado, y que cumple con las características y requisitos del puesto al que aspira. Este concepto se comprendió dentro de nuestra realidad contemporánea como una potestad exclusiva de los partidos políticos: solamente estos entes de interés público por una cuestión legal, que no constitucional, tenían el monopolio de la acción de proponer a una persona para que contendiera en las elecciones, cerrando el círculo de la disposición que prevé que la función esencial del partido político es la de permitir el acceso de la ciudadanía al ejercicio del poder mediante las elecciones.

Revisando la historia política mexicana, la preeminencia de los partidos políticos sobre los candidatos, se da con el inicio de su institucionalización a mediados de la década de los 40 y su consolidación en el Sistema Político Mexicano, ocurrida a finales de la década de los 70 ambas del Siglo XX, pues existen antecedentes posteriores a la revolución y hasta el año de 1945 donde surgieron algunos candidatos sin el respaldo de una agrupación política registrada como partido.

La figura de candidatos sin partido, entonces, no es desconocida totalmente en el sistema mexicano, si bien en esta época de maximización de derechos humanos, entre los que se encuentran los derechos políticos, necesitó del antecedente del caso llevado a la Corte Interamericana por Jorge Castañeda, demostrando que la vía partidista no era necesariamente la única para que la ciudadanía accediera a los cargos de representación mediante la vía electoral.

El panorama en Aguascalientes para este proceso electoral que nos llevará a las urnas el próximo 1 de julio de 2018, para elegir localmente a nuestros diputados, amén de los cargos que elegiremos el mismo día y lugar para el ámbito federal, es propicio para la reflexión.

Si atendemos al antecedente inmediato, para la elección que tuvimos en el año 2016, se registraron un total de 16 propuestas independientes a los diferentes cargos en disputa, 1 candidato para gobernador, ocho planillas para ayuntamientos y siete fórmulas para diputaciones locales, de entre los cuales por la vía de mayoría relativa solamente obtuvo el cargo al que aspiraba la propuesta encabezada por el ahora Presidente Municipal de Cosío Juan Manuel Villalpando. Es decir, en un criterio estrictamente numérico, el seis por ciento de quienes aspiraron por la vía independiente obtuvieron el triunfo, cantidad que se incrementa por las posiciones que se obtienen por el principio de representación proporcional de algunos regidores en un par de ayuntamientos.

Si, por el contrario, vemos las condiciones novedosas en que habrán de actuar quienes pretendan una candidatura sin el patrocinio de un partido político, habremos de decir en términos generales que el aspirante necesitará para su registro el apoyo ciudadano equivalente a mil 262 firmas de la ciudadanía de su distrito en promedio, recolección que se hará a través de una herramienta tecnológica proporcionada por el INE que promete hacer más eficiente la labor de conseguir las firmas.

Por ahora, la discusión no está centrada en estas situaciones, sino en la pertinencia de llamarlos o no “independientes” cuando pueden existir lazos que unan al aspirante a candidato con los partidos políticos. La doctrina ha utilizado los términos “candidato ciudadano”, “candidato sin partido” o “candidato independiente” de manera indistinta para referirse a aquellos que, siendo registrados por la autoridad electoral, no cuentan con una estructura formal de partido político tras de su candidatura. Dejo para la reflexión la importancia y trascendencia de la figura como espacio ganado por la sociedad, esperando que la participación dentro del proceso electoral que se avecina, ya como votante activo o ya como votante pasivo, sea una participación con pleno dominio de voluntad y con conocimiento de causa.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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