Opinión

Callejero / Debate electoral

Generalmente en este espacio se habla del ciudadano, y pocas veces de la ciudad. Ese ente vivo que nace, crece, se escinde, se compacta, se mueve, tiene vida propia, absorbe o es absorbido, y que es posible que algún día muera. O quizá sólo cambie tanto que sea imposible reconocerla.

Este ente, reconocido, de aspecto gentil y cálido, que invita a la visita, o monstruoso , gris, bello en cuanto cosmopolita, de algunas cuantas calles o interminable tras hileras de casas, interconectado, desbordante en sus límites, es a su vez el espacio físico del ciudadano, donde vive, la hace suya, le permite la contabilización del tiempo como cuando los romanos comenzaron a contar desde la génesis de la urbe, la nombra e identifica por una cualidad como sus aguas calientes, su campo estrellado, el ombligo de la luna, el cerro de ranas o como consecuencia del homenaje de algún hijo pródigo, en uno de los premios más honrosos que pueden existir: la eternización del nombre propio en el espacio físico que trascenderá por los siglos contándonos la historia, su historia.

Y cómo no imaginar que la inmortalidad es premio, sólo para aquellos próceres que la circunstancia lo amerita. Hidalgo, Morelos, Michoacán de Ocampo, Veracruz de Ignacio de la Llave, Washington, Miranda en Venezuela, y que nos da lecciones gratuitas de historia como Leningrado o Stalingrado.

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Premio, de igual manera, el nombrar una calle como reconocimiento a los méritos, sean cuales fueren. Sin embargo, si bien la ciudad a la que nos referíamos con anterioridad es un ente vivo, la modificación externa es apenas perceptible. Mientras que al interior la dinámica la dicta el ritmo en que sus habitantes viven. Cambiar el nombre a una entidad representa un esfuerzo extraordinario como lo sucedido en la ahora Ciudad de México, que tampoco fue, digamos así un cambio radical, pues solamente se oficializó el término.

En otro sentido, el cambio de nomenclatura de las calles es mucho más frecuente y por diferentes causas. Se dice que en 1920 las calles del centro histórico de la Ciudad de México cambiaron sus tradicionales nombres por los de aquellos países que, tras el reconocimiento del gobierno revolucionario en turno, en un gesto de amabilidad se les otorgaba una calle en su honor para la posteridad, sea lo que sea que represente ese instante de tiempo.

En Aguascalientes no ha sido la excepción. En el barrio de San Marcos de mis ancestros, de niño alcancé a ver la calle Cesarita que se transformó en David Reynoso, digno homenaje a El Mayor. No me tocó vivirlo, pero dicen los antiguos que Puebla es ahora Dr. Pedro de Alba, y que, más céntrico, Laurel fue convertida en Ezequiel A. Chávez.

¿Quién puso los nombres y en qué pensaba? No lo sé. Dicen que por la calle Madero, alguna vez el ilustre presidente, en su tiempo de candidato bajó del tren y recorrió esa calle hasta el Hotel Francia en donde brindó un discurso desde un balcón. Y la tan mentada Avenida Oriente-Poniente bautizada con la ley del mínimo esfuerzo, cambió su nombre por el más decente de Adolfo López Mateos.

Las nomenclaturas trascendieron el juego político. A la administración de los López Mateos, Ruiz Cortines y de la Madrid, siguieron las administraciones de los Clouthier y Gómez Morín. Dignos cada uno de ellos de pasar a la posteridad mediante el nombre de una arteria. Hay incluso quien recuerda que en alguna delegación capitalina, las calles con los nombres de los revolucionarios fueron modificados por nombres de los obispos de esta tierra.

¿Quién puede decir si es justo o no que una calle se llame de tal o cual manera? La pregunta es retórica puesto que existe una autoridad municipal que propone y dispone la nomenclatura, por ahora eso no es lo importante. Me gustaría trasladar el debate a la acción de reconocer en la calle, el pedazo del terruño, el homenaje que se hace y que busca trascender, y que desafortunadamente puede perderse en el tiempo.

Esta columna no está a favor o en contra de que alguna calle cambie de nombre, cuestión que se vuelve natural dentro de la dinámica citadina. Lo que necesitamos es que se preserve el trayecto histórico que ha transitado desde el origen a la actualidad del espacio público, generando un catálogo en el cual se plasme por escrito la historia misma, las transformaciones que ha tenido y, lo más importante, deje testimonio de los fenómenos sociales que han impulsado dichos cambios.

Eso es callejero, un proyecto en el tintero que algún día se logrará, porque no solamente basta con saber si mi calle se llama David Reynoso, Francisco I. Madero o Av. De la Convención de 1914. Es menester que las futuras generaciones sepan quien fue “El Mayor”, los diferentes nombres que puede tener una calle que cambia de Madero a Moctezuma a Carranza, y sus nombres previos, y que en el terruño, alguna vez, hubo un anillo periférico que representó modernidad y la nueva orilla de la ciudad.

 

/LanderosIEE | @LanderosIEE

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Luis Fernando Landeros

Luis Fernando Landeros

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