Opinión

Garantismo y derecho penal del enemigo: me gustan, pero me asustan / Cinefilia con derecho

 

Me gusta, pero me asusta, es una peli filmada por Beto Gómez también director de Salvando al Soldado Pérez, que trata sobre un joven sinaloense de campiranas modas: botas, camisa de cuadros, cinto piteado, sombrero vaquero, camionetona, (incluidos unos simpáticos cuernos en la defensa) y por su puesto guaruras y pistolas a la orden; el pintoresco personaje llega a la capital para ampliar el “negocio” de la familia, pese a todo, es un chico de amaneradas costumbres, llamémosle delicadas, pues prefiere el sashimi a la carne roja y jugosa, su bragado padre lo manda a la Ciudad de México a abrir brecha, en realidad busca hacerlo “hombre”. En su aventura capitalina, se enamora de una fresísima nini que vive en la Condechi, la que sufre también el flechazo pero, los turbios indicios del pretendiente, le hacen recordar a los sangrientos narcos, tenemos así, todos los elementos de una sencilla comedia de enredos. Alerta de spoiler: la protagonista decide dejar al amor de su vida porque piensa que es un matón, posteriormente se da cuenta que en realidad es acaudalado ganadero exportador de cortes finos; un prejuicio que estuvo a punto de cortar su amor, pero que es superado y la pareja termina felizmente unida. Hasta aquí el spoiler.

Como vemos, la cinta trata sobre prejuicios, y de ellos es que justamente habla el excelente libro de la editorial Marcial Pons, El derecho penal del enemigo en un estado constitucional: especial referencia a México del Dr. Eduardo Astrain, mismo que se enfoca en cómo, por estos juicios falsos, nace en México una serie de leyes que son calificadas como derecho penal del enemigo, que no es más que una legislación que busca combatir de forma excepcional conductas antisociales de gente que llamamos o consideramos parias, como los narcos, asesinos de mujeres, secuestradores, etcétera. En el primer capítulo, el autor hace análisis de las causas que han transformado el derecho penal en México, en especial las nuevas formas de criminalidad y la manera en que ha respondido el estado a ellas, agravando penas, generando cuestiones de excepción y sobretodo expandiendo el derecho penal, y aquí me detengo un poco, porque nuestro legislador se ha transformado en una suerte de Tremenda corte, como el juez dictatorial de aquel clásico programa cubano, todo lo transforma en tipos penales: poeticidio, españolicidio, cafetericidio, fotograficidio y, en el contexto de la FIL, no puedo dejar de mencionar el librericidio, capítulo donde el tremendo Tres Patines roba un montón de libros a Nananina y a Rudesindo Caldeiro y Escobiña.

El capítulo II es un repaso histórico de la evolución del estado hasta llegar a nuestro moderno constitucional de derecho, el tercero es una excelente exposición, clara y concreta, de los principios que guían el garantismo penal: legalidad, última ratio, proporcionalidad, culpabilidad, etcétera. El cuarto, es un análisis de lo que podríamos llamar filosofía del enemigo, un recuento sobre cómo los autores más importantes de la época ilustrada, conceptualizaron a ese ciudadano que, por sus acciones extremadamente perjudiciales, se ubica en un lindero donde se cuestiona si ha perdido participación en el pacto social y por lo tanto debe ser extirpado de él.  En el último capítulo, el Dr. Astrain analiza los principales tipos penales en México que, de manera excepcional y al amparo del presunto combate a la criminalidad extrema, violan derechos humanos, ya sea adjetiva o sustantivamente y hace patente las contradicciones entre esta política y la nueva tendencia constitucional mexicana del garantismo.  

Cuando termino de leer la obra, no puedo dejar de tener en mi mente a un joven adolescente de apenas 18 años que hace unos días, dejó de oler a espíritu adolescente, su vida fue cegada, fría, inútil y sobretodo impunemente, por un sicario; también, vienen a mi mente todos esos secuestrados que, a pesar del pago del rescate, son privados de la vida; pienso de igual forma, en la reciente estadística revelada por el Inegi con motivo del día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, que nos demuestra que en los últimos diez años han crecido no sólo asesinatos sino la saña con que se cometen en contra de las féminas; cuando medito sobre todas estas injusticias, me gusta un derecho penal del enemigo, que duplica plazos, que permite el arraigo, que impone penas de hasta cien o más años; me gusta, como a la mayoría de este país, pensar en que todos estos criminales deberían ser extirpados de una vez por todas de la sociedad, porque no forman parte de nuestra comunidad, para ellos, todo el rigor de la ley, pero no una ley cualquiera, sino una que se ensañe, que los degrade, que los marque, les ponga chips o, como en el secuestro, incluso, una vez que cumpla su pena el reo, puede ser monitoreado.

Me gusta, pero me asusta, porque a pesar de que el derecho penal del enemigo comenzó su avance en nuestra legislación hace unos 20 años, lo cierto es que su crecimiento ha ido a la par del aumento de la criminalidad, o sea, no ha funcionado, la restricción de derechos humanos pareciera que lejos de disminuir los hechos antijurídicos, provoca lo contrario, solo como ejemplo, está el tipo especial de feminicidio, que no ha logrado, en ninguno de los estados donde se ha regulado, disminuir este lamentable fenómeno.

Me gusta la postura garantista del autor, pero asustan algunos puntos no tocados, que dejo aquí, como preguntas desde la perspectiva de un lego en la materia, de un ciudadano cualquiera: ¿Por qué no se analizó este garantismo desde la realidad de un México que no ha logrado consolidar un estado democrático de derecho? ¿Qué tan factible es el garantismo para los cuerpos policiales que se ven avasallados por la violencia? Es cierto lo que decía Enrique Peña Nieto, cuando recriminaba que la sociedad hace bullying a los policías, porque al final de cuentas éstos, se enfrentan a tres fenómenos complejos, una violencia desbordada de los criminales, una crítica acérrima y sin piedad de la sociedad y cada vez mayores protocolos de actuación que no solo los limitan, sino que ponen en riesgo su propia integridad. Por otra parte, hay cierta soberbia intelectual, de todos los penalistas, de hablar del derecho penal como última ratio, cuando históricamente siempre ha sido el recurso estatal para combatir fenómenos antisociales, es decir, me parece que se quedan absortos en su burbuja teórica y no asumen una realidad que pareciera ineluctable.

Dejo una última preocupación, pues el mes pasado fue el más violento en la historia del México moderno, nos muestra que estamos claramente en una situación de excepción, y pareciera que, históricamente, la mayoría de los estados modernos han resuelto estas excepciones justamente a sangre y fuego, no por la vía de las leyes. Analizo el garantismo, veo las normas del derecho penal del enemigo, y la realidad es que, como ciudadano, ambas me gustan, pero me asustan.

 

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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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