Opinión

La muerte de los mitos / Opciones y decisiones

Mucho me impresionó el tono sereno y determinante con que el célebre arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, concluía un reportaje televisado y transmitido hace apenas un par de semanas, acerca de su vida y obra. Sus palabras, parafraseo de memoria: “Hay que hacer bien las cosas aquí, porque al morir todo acaba, no hay más”.

Mi sorpresa, probablemente peque de ingenua, fue como al recibir un balón a botepronto que debes patear; y no era para menos, la altura académica, científica y la fama internacional de su persona, le otorgan gran contundencia a su convicción. Para mí, su gran trayectoria como investigador de los vestigios antiguos de la cultura mexica y mesoamericana, lo hacen toda una autoridad en materia de ritos, mitologías, creencias y prácticas religiosas que intentan darle un sentido interpretativo al fenómeno de la vida y la muerte del ser humano. Su confesión deliberada de ateísmo me hizo topar con la roca inamovible de su pasión vital que acaba aquí, en la Tierra, en el polvo de la materia.

No más allá, no pervivencia después de la muerte, no espíritu que trascienda el límite intraspasable del espacio y el tiempo universal, no una justificación moral del dios que otorgue la vida después de la vida. La certidumbre de cesar de ser, punto. El silencio absoluto, después de morir. La no consciencia después del acto último consciente. La nada como afirmación absoluta contra toda esperanza de per-vivir. El nihilismo como punto terminal del existir. Eso me sorprendió de la expresión categórica de uno de los hombres contemporáneos más autorizados -en el ámbito mundial- en materia de mitos, ritos, leyendas e ideologías en torno a la muerte.

Desde luego, lo último que le podríamos exigir es que sea creyente. Su probada pasión vital por desentrañar los vestigios mistéricos de civilizaciones antiguas es su confesión única de trascender, en la memoria y en el afecto de quienes lo sobrevivan, más allá de su muerte. Su espíritu científico es el único epifenómeno personal mientras dure su vida. Después de sí mismo, sólo habrá memoria en el acto inteligente de los vivos. Por sí mismo, no habrá ya autoconsciencia, autoconocimiento, y menos capacidad de afecto con otro.

De nueva cuenta, se traba la lucha contradictoria del ser humano entre el cientificismo y la fe en la Trascendencia. Que, por cierto, otro científico, paleontólogo, Pierre Teilhard de Chardín (1881-1955) sí se atrevió a postular: “El fenómeno humano”, “El medio divino”, “La energía humana”, en que afirma la vocación espiritual de la materia.

Retomando a Matos: “Parece que la muerte ha menguado con el tiempo. O la vida después de la muerte. Antes de que el clero empezara a desmontar la mitología mexica en el siglo XVI, la mayoría de los muertos viajaba largo tiempo hasta el noveno inframundo, el Mictlán. Luego los frailes trataron de explicar que el más allá era uno y trino. Ibas al cielo, al infierno o al purgatorio. Acababas en un sitio u otro por voluntad de Dios. Luego llegó el ateísmo y la otra vida ya no eran nueve mundos, ni tres, ni uno. El alma se convertía en una reacción química…” (Fuente: El País. Cultura. Entrevista | Eduardo Matos Moctezuma. La muerte menguante del arqueólogo Matos Moctezuma. México 28 FEB 2017 – 15:33 CET).

El hilo de su pensamiento continúa en esta sentencia: “Ciertas filosofías y religiones”, dice el arqueólogo, “siempre tratan de encontrar una salida a la muerte, crear una vida después de la muerte. Desde esa perspectiva, había una diferencia muy grande entre el pensamiento mexica y el cristiano. Una de las diferencias fundamentales es que en el catolicismo impera un orden moral: si te portas bien, vas a gozar eternamente. Si no, vas irremediablemente al infierno. O si tus pecados no son tan graves, vas al purgatorio”.

Actualidad y momentum, histórico y mediático. El arqueólogo Eduardo Matos inaugura cátedra que lleva su nombre. “La arqueología como ninguna otra disciplina, puede penetrar en el tiempo en la manera en que lo hace para llegar y estar frente a frente con la obra del hombre, con el hombre mismo”, aseguró el destacado arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma, al inaugurar anoche la cátedra que lleva su nombre, en el Museo Nacional de Antropología (MNA). (Fuente: Notimex. 04.10.2017 – 10:11h).

Convicción que desglosa en su ponencia “De la vida a la muerte, tres momentos distintos y una pasión verdadera”, el investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) habló sobre cómo nació su amor por la arqueología, la influencia que ejerció en él Manuel Gamio, su formación profesional y una serie de reflexiones de lo que ha encontrado en el Templo Mayor. (Ut supra, ibídem).

Es así que nace, por la Universidad de Harvard “The Eduardo Matos Moctezuma Lecture Series”, la primera en casi 400 años de historia de la universidad en honor a un mexicano, la cátedra tiene como propósito vincular a los especialistas más destacados del mundo en el tema del México prehispánico. El establecimiento de esta cátedra ha sido posible gracias a la generosidad de José Antonio Alonso Espinosa y la iniciativa de David Carrasco, Neil L. Rudenstine, profesor de Estudios Latinoamericanos en Harvard. (Ver más en https://goo.gl/MV6TA6 )

Este punto climático de su vida y carrera corrobora su serena e ilustrada personalidad que se trasluce a través de una vasta obra: La muerte es una vieja confidente de Eduardo Matos Moctezuma. El arqueólogo mexicano ha dedicado años de trabajo a su estudio, a entender cómo otros la entendían. En una conferencia dictada en 2014, leyó: “El hombre se ha negado a morir. Por eso ha creado mundos a los que ir después de la muerte”. Algunos de esos mundos son complejos y otros relativamente simples, pero Matos transita entre ellos con la misma elegancia. Igual menciona el cielo cristiano que teoriza sobre el Mictlán de los aztecas. Aborda la neutralidad del purgatorio con la misma serenidad que el paraíso de los guerreros del viejo imperio de Tenochtitlán.

En sus más de 40 años de carrera, el arqueólogo le ha dedicado tres libros a la muerte. El primero, en 1975, Muerte a filo de obsidiana: los nahuas frente a la muerte. El segundo en 1986, Vida y muerte en el Templo Mayor. Y el tercero, La muerte entre los mexicas, publicado en 2010. Los tres aluden a la interpretación que los aztecas -­la academia mexicana prefiere decir mexicas o nahuas-­ hacían del más allá. (Cfr. El País. Opus cit., ut supra).

Datos biográficos, en breve. Eduardo Matos Moctezuma. Nació en la Ciudad de México el 11 de diciembre de 1940. Es maestro en Ciencias Antropológicas con especialidad en Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y la Universidad Nacional Autónoma de México, además de ser fundador de la maestría en Arqueología en la ENAH. Es Miembro Honorario del Archaeological Institute of America. Ha datado los inicios de la arqueología mexicana hacia 1790, con los hallazgos de la Coatlicue y la Piedra del Sol. Una de sus aportaciones más significativas se enmarcan en la coordinación en 1978 del Proyecto Templo Mayor, cuando se emprendieron las tareas de excavación arqueológica de este recinto sagrado de la antigua Tenochtitlan, mismo que continúa vigente, además de su trabajo en Comalcalco, Tepeapulco, Bonampak, Cholula, Coacalco y Tlatelolco y coordinó los proyectos Tula y Teotihuacan.

Además de su papel como investigador, Matos Moctezuma se ha distinguido también como formador de nuevas generaciones de arqueólogos mediante su labor docente en la ENAH, donde a lo largo de 30 años ha impartido las cátedras de Arqueología General, Historia de la Arqueología, Seminario Regional Mexica, Laboratorio de materiales, entre otras. Ha sido maestro invitado en instituciones de diversos países como Francia, Francia, España, Estados Unidos, Puerto Rico. (Fuente: Academia Mexicana de la Lengua. http://www.academia.org.mx/Eduardo-Matos-Moctezuma).

Eduardo Matos, en una entrega a la Revista de la Universidad de México. (Nueva Época • Núm. 100 • Junio 2012: Vivir el tiempo, vivir la muerte. https://goo.gl/7LaCj1 ) recoge con gran afecto algunas palabras definitorias de su amigo. “Ocurrió el 15 de mayo de 2012: murió Carlos Fuentes. Dejó la palabra hablada para pasar a la palabra escrita. Un día dijo acerca de la muerte: “Enemiga y más que enemiga, rival, cuando nos arrebata a un ser amado. Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”. Y más adelante agrega: “La muerte de un joven es la injusticia misma. En rebelión contra semejante crueldad, aprendemos por lo menos tres cosas: la primera es que al morir un joven, ya nada nos separa de la muerte. La segunda, es saber que hay jóvenes que mueren para ser amados más. Y la tercera, que el joven muerto al que amamos, está vivo, porque el amor que nos unió sigue vivo en mi vida”. Y esto implica pervivir en el afecto. Su inmanencia en la Tierra a través de otros.

Afecto al que, por cierto, tributó San Agustín, la más fuerte apología de la trascendencia. Si el afecto no tiene objeto, entonces es un absurdo, un sinsentido. Y luego su frase perenne: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón no descansa hasta que reposa en Ti”.

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Francisco Javier Chávez Santillán

Francisco Javier Chávez Santillán

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